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“El primer mandamiento de la literatura es no aburrir”
Savater: «Estoy en la promoción de mi novela. Porque lo fácil es escribir un libro, lo difícil es venderlo. Y en una situación de crisis entre dejar la empanada con que voy a comer hoy y el libro, dejo el libro, que no se come».
Periodista: Con su novela «Los invitados de la princesa», ¿buscó hacer un libro divertido?
Fernando Savater: El primer mandamiento de la literatura es no aburrir. Lo que he intentado es escribir un entretenimiento inteligente. Nunca he entendido a esa gente que te dice: ese libro o esa película es una tontería pero es muy divertido. A mi las tonterías no me divierten. Salvo que estén hechas de una manera especial. Pero en general las tonterías me aburren enormemente. En cambio, me he divertido leyendo «La montaña mágica» de Thomas Mann, por ejemplo. Las cosas inteligentes suelen ser divertidas. Un ser racional con imaginación se debe divertir con lo que le ayuda a razonar e imaginar. Espero que el lector con mi libro se divierta y se entretenga sin sentirse intelectualmente humillado cuando lee.
P.: En su novela usa el modelo de Boccaccio, Chaucer, Jan Ray, de gente que se reúne casualmente y cuenta historias.
F.S.: Con ese recurso inventaron una parte de la literatura. A mí me gusta la narrativa, pero me aburren esas novelas que están llenas de capítulos que sólo sirven para pasar del 12 al 14. El capítulo 13 es sólo una cosa que está ahí para cumplir ese servicio. Borges tenía una frase, creo que dedicada nada menos que a Proust, donde decía: hay páginas y capítulos a los que uno se resigna como a lo aburrido de cada día. A mí me gustaría escribir una libro que no tuviera esos tiempos muertos. En mi novela he luchado para que sea así. La forma es varias historias, personajes diferentes, etcétera.
P.: Eso le permite entrar en sus temas del placer de leer, la novela policial, la literatura fantástica y de terror, la filosofía y la política como un debate de lo inmediato.
F.S.: Es lo que me ha gustado toda la vida. Me aburre a muerte la novela psicológica, las descripciones veraces de cómo viven en Tailandia, y siempre me ha gustado la literatura de imaginación, de ficción. Un crítico le elogiaba un grupo de pintores realista y Picasso le contestó: sí, esos pintores son realistas pero su pintura no es real. A mí me gusta la literatura real, no la literatura realista. Intento practicar la literatura no realista que permite géneros como el policial, la ciencia ficción, el relato de terror, las aventuras.
P.: ¿El periodista, protagonista central, es su alter ego?
F.S.: Los personajes son un poco como la criatura de Frankenstein, están hechos de pedazos. No de cadáveres, pero de pedazos de uno mismo y de trozos de los demás que uno junta. Todos son como un puzzle de tendencias, de personas que se ha visto, que uno exagera o reduce a su gusto para formar un ser aparte. Hay cosas de ese personaje que las siento como él, y otras que hace mucho que no siento pero me divierte recordar.
P.: Los invitados llegan para un Festín de la Cultura. Y la parte del festín tiene que ver con una exposición gastronómica, algo con lo que usted se dedica a ironizar.
F.S.: Es que a mí me gusta mucho comer, y me molesta esa idolización de la gastronomía donde los cocineros son como Leonardo Da Vinci. Cuando sacan las cosas de quicio, las cosas en vez de tomar relevancia la pierden. Todo lo exagerado es insignificante. La exageración de la gastronomía la ha convertido en una cosa insignificante, vulgar y absurda. Como vengo de donde hay una hipertrofia de eso de los grandes chefs, invento una isla dominada por la pasión del festín de cada día.
P.: ¿Qué país le inspiró esa isla latinoamericana gobernada por una presidente, en donde entra en ebullición un volcán, lo que impide entrar o salir de allí?
F.S.: Necesitaba un lugar del que irse o llegar por mar no fuera cómodo y por aire momentáneamente imposible. La idea surge de que yo me quedé en una ocasión atrapado por el volcán islandés que dejó a toda Europa sin aviones. Después, lo que ocurre está tomado del mundo en que estamos. El volcán desorganiza los planes del congreso cultural. Los imponderables hacen interesante la vida cotidiana. Nos muestran que cuando creemos estar controlando todo, no controlamos nada, y todo se puede venir abajo.
P.: ¿Esa isla le permite mostrar que «lo que nos corrompe políticamente no es la pasión de mandar, sino el afán de obedecer»?
F.S.: Evidentemente hay personas que quieren mandar, pero lo verdaderamente corrupto es la pasión que tiene todo el mundo por obedecer. Si esto no existiera sería imposible que los tiranos mandasen. La mayor parte de los seres humanos están esperando tener un amo, alguien que les mande. Eso viene de lejos.
P.: Usted que relaciona humor e inteligencia a la vez señala que esa unión no es bien vista.
F.S.: Es curioso porque en grandes literaturas, como la española, las grandes obras son humorísticas. Sin embargo, seguimos considerando que los grandes autores son dramáticos o hasta melodramáticos, desgarrados, o en cambio el que hace reír es un payaso. Si hay algo que me gusta de Borges es que ha logrado hacer historias muy profundas pero siempre con la presencia de un sentido de humor. Miguel de Unamuno escribió «El sentimiento trágico de la vida», y yo siempre he pensado en el sentimiento cómico de la vida, y que la mirada con humor puede ser otra forma de ahondar en los temas.
P.: ¿Por qué en los últimos años ha pasado en forma creciente de la filosofía a la literatura?
F.S.: Era casi una deuda que tuve desde siempre. A mí desde el comienzo me gustó la literatura. Cuando era joven quería escribir cosas como las que leía, cuentos, novelas. Cuando entré en la Facultad de Filosofía y Letras no había una especialidad en Literatura como hay hoy, en Literatura Comparada, por ejemplo. Elegí Filosofía como una opción, porque me interesaba, y no me arrepiento. Pero siempre pensé que cuando me jubilase como profesor intentaría pagar esa deuda que tengo conmigo mismo. Lo he venido haciendo con obras de teatro, cuentos, novelas. Quería dedicarme a eso porque así como los libros de ensayos los manejo, puedo suspender su escritura, viajar, regresar y seguir escribiendo, las novelas exigen crearse una cabeza, un estado de ánimo, una permanencia, y si no no se las puede hacer. Ahora quiero ver eso, cosa que no me está resultando fácil, tener el tiempo para una novela.
P.: En el caso de «Los invitados de la princesa» parece que lo controló bien, y con buen resultado porque hasta ganó un importante premio.
F.S.: Pero luchando como un desesperado. El libro me llevó un par de años arrancando el tiempo de todas las demás cosas que me lo exigían.
P.: ¿Está escribiendo algo?
F.S.: No, estoy en la promoción de mi novela. Porque lo fácil es escribir un libro, lo difícil es venderlo. Y en una situación de crisis entre dejar la empanada con que voy a comer hoy y el libro, dejo el libro que no se come. Y esto aunque el mercado del libro no sufrió tanto porque dentro de todo era un regalo barato, algo que te dura mayor tiempo entre las manos y después se lo puede pasar a otro, aún así se está sufriendo con la crisis y con el incremento de la piratería.
Entrevista de Máximo Soto

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