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El SMS de Bernanke a mercados: “Leen mal nuestras intenciones”
¿Exageran los inversores? Si la Fed decidiera reducir la potencia del QE3, la inyección de estímulo mermaría pari passu. Pero el banco central no dejaría de expandir su hoja de balance y la relajación monetaria. Desde que Ben Bernanke expuso sus ideas en el Congreso, el 22 de mayo, lo que prevalece no es una relajación más lenta. Es pura y llana destrucción. El valor de los mercados financieros globales decayó en unos 3 billones de dólares. La Fed pretende desacelerar la provisión de estímulo, y los mercados se han embarcado en una tarea fulminante de astringencia. Comenzaron motu proprio un ajuste severísimo. ¿No será demasiado? Así es, según el mensaje informal que nos llega de las cercanías de la Fed. ¿Y, hurgando fino, cuál es la principal exageración que se buscó apuntar? ¿Quiénes reflejaron mayor alivio? Los que se creyeron destinatarios de la prédica: los bonos del Tesoro. La Fed no renuncia al estímulo, quiere dosificarlo pero no que se convierta en asfixia. No lo conseguirá -como no lo está logrando- si las tasas largas no tienen "techo". De ahí, el énfasis en que las tasas cortas no se moverán un ápice.
Tasas cortas
La Fed ejecuta dos iniciativas de estímulo en paralelo. Mantiene las tasas cortas en la zona cero (invariablemente desde fines de 2008) y compra bonos de largo plazo -que financia con expansión de base monetaria- a razón de 85 mil millones de dólares por mes, el coloquialmente denominado QE3. No hay que confundirse. Las tasas cortas llevan candado. Lo que está en el tapete es sólo la posibilidad de ajustar la dosis del QE3. Este programa, a diferencia de sus versiones 1 y 2, no tiene una fecha de caducidad prevista (ni un tope de compras). Se quiso evitar, desde un principio, el efecto de una desconexión automática o brusca, y facilitar una administración flexible, vinculada al cumplimiento de un objetivo específico: promover una "mejoría sustancial" del "panorama laboral" en un marco de estabilidad de precios. El mensaje oficioso nada dice sobre la intención de comenzar a desmontar el QE3 este mes, o no, pero desde que se oyó la queja de Bernanke, hay tres razones para pensar que la Fed se tomará más tiempo. Los lentos progresos del mercado de trabajo, la desinflación y el ajuste fiscal -a destiempo y de torpe diseño- que se gatilló a partir de enero. Un cuarto motivo puede añadirse hoy: cesó la ansiedad por la búsqueda de rendimientos a cualquier costa. Lo que era fervor ahora es rencor. Y obra un quinto argumento: por lo visto, no se entendió la lógica de la Fed. Si Bernanke soltó un globo de ensayo y ya hay suicidios -algunos en masa, como en los mercados emergentes- más vale insistir con la palabra, y no pasar a la acción.
¿Será la reunión una formalidad sin relevancia? No. La Fed necesita afinar la comunicación. La ocasión es ideal. La doble jornada permite, puertas adentro, procesar la información a fondo y encauzar el debate interno (que siempre ha sido feroz, al menos, desde que se lanzó el QE2). Bernanke, que dispondrá de una conferencia de prensa posterior, podrá explayarse allí con los detalles que no tienen cabida en el texto adocenado del comunicado oficial (sin tener que esperar tres semanas a la difusión de las minutas), contestar dudas, y desplegar las sutilezas. El desafío que le espera no es sencillo: tendrá que corregir exageraciones, calmar las tensiones infundadas, pero sin incitar el regreso del júbilo y el desenfreno como si aquí no hubiera pasado nada. O no fuera a pasar más adelante.

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