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El transporte aéreo se recicla una vez más
Aviones llenos no garantizan un futuro para ninguna línea aérea. Pan Am se fundió con vuelos repletos. Dado que a nadie le sobra la plata, salvo a muy pocos, el operar una aerolínea sin la conciencia de que es imperioso poder planificar la actividad -con criterios lo más profesionales posibles- es un juego sin futuro y una inversión en saco roto.
Ahora bien, después vino una sequía financiera mundial como la que tenemos, y todo el mundo se volvió loco. El transporte aéreo ha perdido, en pocos meses, decenas de miles de empleados y hasta gerentes muy aquilatados. A muchos de los que no despidió los suspendió sin goce de sueldo, en algunos casos, por períodos nada breves. Han desaparecido vuelos que no daban ganancia o ni siquiera cubrían costos, se han cercenado servicios y hasta se modificó el esquema de cosas que una línea aérea hacía por sus pasajeros sin costo extra alguno. No sabemos aún a ciencia cierta si nos van a cobrar por ir al baño en vuelo, pero por las dudas ahorremos plata bebiendo menos.
Aun así, todo tiene un límite y ese límite es cómo hacer para que esos pasajeros que han quedado deseen volar con nuestra compañía (cualquiera sea). Ahí hay que seguir ofreciendo calidad de servicio en tierra y a bordo. Ahí hay que transportar carga con los menores tiempos de entrega posibles, ventaja que a menudo se derrite en una terminal de cargas aéreas. Ahí hay que hacer mejor uso de la comunicación con el público en vez de olvidarse de ella, como si un mercader se pudiera dar el lujo de callarse porque han bajado las ventas. Ahí hay que aguzar el ingenio. Sobre todo, mimar al cliente en vez de patearle la cara como solemos ver y padecer.
Otro costado de la crisis es que vuelven a llenarse los estacionamientos de aviones al aire libre ubicados en los desiertos de los Estados Unidos. En uno solo de ellos ya han entrado, en poco tiempo, más de 1.000 máquinas; su capacidad se colmará pronto. De estos aviones, alrededor del 80 por ciento no va a volver a volar. Estamos hablando de un solo sitio con más de 800 aviones que van a ir a desguace. Desarmaderos argentinos, presten atención, que no todo es autos, aunque para hacer las cosas bien habría que adoptar el método Pamela, que recupera el 90 por ciento del avión sacrificado.
El hecho de que 800 o 900 aviones ya muy baqueteados no vuelvan a volar conlleva también un gran beneficio ecológico, dado que sus reemplazantes serán mucho más eficientes y de mejor perfil medioambiental, con menor consumo de combustible, menores emisiones al aire y menor nivel de ruido, para bien de las ciudades cercanas a los aeropuertos. También habrá un beneficio industrial, porque las fábricas de aviones no tendrán que reducir sus cadencias de producción demasiado. Lo están haciendo, pero con mucho cuidado, porque una línea de montaje no se pone en marcha ni se frena de un día para el otro.
Para cerrar con aviones y haciendo una reflexión bien local, sería interesante consultarles tanto a Airbus como a Boeing y Embrer si fabrican aviones que no sean susceptibles a fallas gremiales que alteren las programaciones de vuelos. La semana pasada, muchos aviones de Aerolíneas Argentinas se descompusieron en llamativa sintonía, el mismo día y casi invariablemente en aeropuertos del interior.


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