Con los comunicados de cada Gobierno, las partes dieron por salvado el método de negociar la realización de un juicio en un tercer país de los acusados por la Justicia argentina, entre ellos un colega del gabinete de Salehi, el ministro de Defensa Ahmad Vahidi. Hasta el mediodía de ayer, cuando Timerman leyó el breve comunicado que resume el balance argentino de las tres reuniones en Ginebra (dos el lunes, una el martes), las señales habían sido de escepticismo para la suerte de esta vía que pidieron desde Teherán, y que Buenos Aires aceptó pese al costo político que implica sentarse a conversar con funcionarios de un país al cual la Argentina acusa de apañar a responsables de un atentado en el cual murieron 86 personas, hubo centenares de heridos, daños y, además, constituye una herida para la Argentina que no se ha cerrado.
Alimentó este clima pesimista el silencio oficial en Buenos Aires, que no dio detalles de lo hablado, y la prensa tuvo que consolarse sólo con el equívoco y desmentido comunicado iraní, que parecía patear el tablero. La Cancillería prefirió esperar la llegada ayer de los negociadores (ver nota aparte) para pedir detalles a Teherán, informar a Cristina de Kirchner, y dar desde Casa de Gobierno el cortísimo comunicado que leyó Timerman antes de subirse a un avión rumbo a Sudáfrica. Esta reticencia es comprensible por la delicadeza del tema, pero va de la mano con el estilo oficial de crear secretos en donde no debería haberlos. Un ministro recordó ayer un diálogo con Néstor Kirchner cuando le aconsejaba informar a la prensa de un asunto. «Tenemos que dar algo porque los periodistas tienen que hacer un diario todos los días, y si no tienen datos, inventan». «Que inventen, no den nada», respondió el expresidente.
El entuerto se enreda por esta pasión por el secreto, las posiciones enfrentadas de sectores de la comunidad judeoargentina sobre esta negociación, y la ambigüedad del Gobierno iraní, que honra la tradición islámica del averroísmo, filosofía que puso en discusión el principio aristotélico de no contradicción y que admite que puede haber dos órdenes de verdad. (De paso, conocer esa tradición es imprescindible para entender el Gobierno de Carlos Menem, el averroísta máximo de la política argentina, que podía sostener dos verdades sobre un mismo tema sin sonrojarse.)
Por ese clima que oscurece la información sobre el tema es conveniente hacer algunas precisiones en respuestas a preguntas que siguen abiertas y las que responden los papeles que llegaron ayer al despacho de Cristina de Kirchner:
Un moderado que sabe, el exvicecanciller Andrés Cisneros, un crítico de la política exterior del Gobierno, confió ayer a una radio en que el camino debe por lo menos recorrerse. «No me gusta esta política exterior, pero en este punto más bien confío -afirmó el hombre que acompañó en la Cancillería a Guido Di Tella-. A lo mejor da resultados, o un resultado que nosotros no vemos. No creo que el Gobierno haga esto por un tema vinculado a la economía, como dicen. Esperemos».
En temas de este tipo se sabe, desde la prensa y demás curiosos, a veces sólo la punta del iceberg, y todos buscan alguna otra explicación al entusiasmo del Gobierno por avanzar por este surco. Sobre el tema AMIA pesa escepticismo sobre alguna verdad después de casi dos décadas. No sólo por el fracaso de la investigación local, que lleva ahora a juicio a Carlos Menem, algunos de sus funcionarios y al exjuez Juan José Galeano. También por la complejidad política del atentado, algo que movió en su momento al hoy diputado Jorge Yoma a una ingeniosa expresión. Cuando se discutía en el Senado la integración de la comisión bilateral para investigar los atentados a la Embajada y a la AMIA se preguntó a viva voz delante de sus colegas: «¿Ustedes creen que lo que no pudieron resolver la CIA, el FBI, la KGB o el Mossad lo vamos a resolver el Choclo Alasino, el Pájaro Branda y yo?».


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