14 de abril 2009 - 00:00

Elissamburu: desde la irrealidad al compromiso

«Crucigrama rojo», de Oscar Elissamburu. Una trayectoria de cuatro décadas que se inició en 1969 con su participación en el Premio Braque.
«Crucigrama rojo», de Oscar Elissamburu. Una trayectoria de cuatro décadas que se inició en 1969 con su participación en el Premio Braque.
Desde que fue invitado al Premio Braque 1969, en el Museo de Arte Moderno, hasta su actual participación en la muestra «A Piazzolla», Oscar Elissamburu ha desarrollado una singular trayectoria de cuatro décadas. La exposición forma parte del programa homenaje al compositor marplatense organizado por la Secretaría de Cultura de General Pueyrredón. Se exhibe en el Centro Cultural Villa Victoria Ocampo (Matheu 1851, Mar del Plata), que fue residencia de la intelectual reconocida por su labor en la difusión del arte y lugar de encuentro para los escritores de su época.

Las propuestas de Elissamburu recurren a la multiplicidad de materiales, soportes y géneros, pintura, grabado, instalaciones, libros de artistas, objetos y sus originales objuguetos. «Como se suele apreciar en los realizadores contemporáneos, de inquietudes y diversificaciones, sin actividad plástica unidireccional, Oscar Elissamburu busca, a través de toda su obra, algo que permanece y que a lan vez cambia, en su realidad y en su ideología, en la tela y en la mente del verdadero artista que es.», escribió Rosa María Ravera.

Interesado en la realidad y la irrealidad, lo concreto y lo virtual, fascinado por las múltiples posibilidades del lenguaje del arte, Elissamburu es también un artista comprometido con su tiempo. Hace diez años, cuando presentó «Envases», en el Centro Cultural Recoleta (1999), señalamos algunas de sus preocupaciones sociales y exploraciones estéticas.

Medio cuerpo de un hombre, que tiene los brazos cruzados sobre el pecho y sonríe, tomada quizá de algún anuncio publicitario físiculturista, da oportunidad a Elissamburu de iniciar sus ideas, al presentar esta imagen con el título Nuevo hombre para el Primer Mundo.

Es toda una alegoría: la disolución de los regímenes comunistas de Europa (1989-91) borró el llamado Segundo Mundo, puso al Tercero, globalización económica mediante, en la necesidad obligatoria de sumarse al Primero, junto con las volcadas súbitamente a la democracia y a la economía de libre mercado, hoy nuevamente en crisis.

Este «nuevo hombre» de Elissamburu ironiza, pues, acerca del orden universal de hoy. Sin embargo, el artista diferenció el concepto: una serie de pinturas posteriores convierte al «nuevo hombre» en un ser anónimo. Ha desaparecido la cabeza y su sonrisa de confianza, hasta terminar en un torso que apenas conserva los brazos. Una leyenda traída también de la publicidad fue insertada por Elissamburu en esta serie: «Emplear antes de....», título de una de las pinturas.

Se interna entonces en un tema escalofriante de nuestros días: la falta de empleo. De tal modo, el torso, repetido, se torna en otra imagen-símbolo de una de estas obras, Desocupados. El «nuevo hombre», descabezado, dueño tan solo de sus brazos - sinónimo del trabajo anterior al de nuestra época, basado en las condiciones mentales, es El protagonista (título de una obra) de la actualidad representativa de la economía globalizada, y el caos y la crisis que comentó Luis Felipe Noé en sus instalaciones del Museo Nacional de Bellas Artes, en 1996.

Si recordamos que esa palabra «protagonista» viene de «agonía», esto es, «lucha», «angustia», advertiremos que el desocupado también puede ser Frágil y Explosivo (otro titulo de la serie), hasta llegar a Peligro de muerte. La pintura así llamada nos muestra un torso crecido en dimensiones como los genios buenos o malos que se escapaban de una lámpara o una botella en las narraciones fantásticas (esta imagen del torso aparece también en las tres versiones de Podio para desocupados, de mordaz impacto satírico).

Elissamburu propone otra definición del «nuevo hombre»; se trata ahora de un simple envase, de un Envase desocupado, con lo cual remite al packaging con su técnica publicitaria. A partir de esa definición, el artista marplatense asume la idea del envase para avisos de indumentaria y cosméticos. El tema de la desocupación laboral cede, entonces, ante el tema del vacío y la soledad que deparan las sociedades de hoy.

Somos envases: ni hombres ni mujeres. Pero envases desocupados, vaciados de todo contenido, meras representaciones figurativas; envases descartables, que son propuestos por la publicidad como un adelanto de la técnica y el marketing, en busca de una mayor comodidad y un mejor consumo. La advertencia «Emplear antes de....» cobra ahora su sentido último: antes de que el «nuevo hombre» de cualquier mundo a secas, se vea transformado en algo menos que un autómata, en un recipiente inservible, no después sino antes de ser utilizado.

De ahí a la idea del mundo como envase desocupado y descartable, inútil, sin destino, hay en verdad un paso, y Elissamburu no necesita darlo; lo damos nosotros. En un viaje a Portugal descubrió el lenguaje de los azulejos que incorporó a su poética. «Después de toda una obra de fuerte contenido social, Oscar Elissamburu entra en el remanso de sus azulejos. Los invita a entrar en su pintura, en su grabado, porque entiende que en ellos están el hombre y el tiempo. Más allá del sortilegio de sus colores, de sus arabescos, de sus escrituras, están la síncopa de otras épocas, historias y memorias», señaló el crítico santafesino Taverna Irigoyen. Elissamburu nació en Mar del Plata, en 1946. Se formó en la Escuela Superior de Artes Visuales Martín A. Malharro de esa ciudad. Integró los grupos «Cinco artistas marplatenses» y «Grupo CAM» (1983).

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