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Elissamburu: desde la irrealidad al compromiso
«Crucigrama rojo», de Oscar Elissamburu. Una trayectoria de cuatro décadas que se inició en 1969 con su participación en el Premio Braque.
Se interna entonces en un tema escalofriante de nuestros días: la falta de empleo. De tal modo, el torso, repetido, se torna en otra imagen-símbolo de una de estas obras, Desocupados. El «nuevo hombre», descabezado, dueño tan solo de sus brazos - sinónimo del trabajo anterior al de nuestra época, basado en las condiciones mentales, es El protagonista (título de una obra) de la actualidad representativa de la economía globalizada, y el caos y la crisis que comentó Luis Felipe Noé en sus instalaciones del Museo Nacional de Bellas Artes, en 1996.
Si recordamos que esa palabra «protagonista» viene de «agonía», esto es, «lucha», «angustia», advertiremos que el desocupado también puede ser Frágil y Explosivo (otro titulo de la serie), hasta llegar a Peligro de muerte. La pintura así llamada nos muestra un torso crecido en dimensiones como los genios buenos o malos que se escapaban de una lámpara o una botella en las narraciones fantásticas (esta imagen del torso aparece también en las tres versiones de Podio para desocupados, de mordaz impacto satírico).
Elissamburu propone otra definición del «nuevo hombre»; se trata ahora de un simple envase, de un Envase desocupado, con lo cual remite al packaging con su técnica publicitaria. A partir de esa definición, el artista marplatense asume la idea del envase para avisos de indumentaria y cosméticos. El tema de la desocupación laboral cede, entonces, ante el tema del vacío y la soledad que deparan las sociedades de hoy.
Somos envases: ni hombres ni mujeres. Pero envases desocupados, vaciados de todo contenido, meras representaciones figurativas; envases descartables, que son propuestos por la publicidad como un adelanto de la técnica y el marketing, en busca de una mayor comodidad y un mejor consumo. La advertencia «Emplear antes de....» cobra ahora su sentido último: antes de que el «nuevo hombre» de cualquier mundo a secas, se vea transformado en algo menos que un autómata, en un recipiente inservible, no después sino antes de ser utilizado.
De ahí a la idea del mundo como envase desocupado y descartable, inútil, sin destino, hay en verdad un paso, y Elissamburu no necesita darlo; lo damos nosotros. En un viaje a Portugal descubrió el lenguaje de los azulejos que incorporó a su poética. «Después de toda una obra de fuerte contenido social, Oscar Elissamburu entra en el remanso de sus azulejos. Los invita a entrar en su pintura, en su grabado, porque entiende que en ellos están el hombre y el tiempo. Más allá del sortilegio de sus colores, de sus arabescos, de sus escrituras, están la síncopa de otras épocas, historias y memorias», señaló el crítico santafesino Taverna Irigoyen. Elissamburu nació en Mar del Plata, en 1946. Se formó en la Escuela Superior de Artes Visuales Martín A. Malharro de esa ciudad. Integró los grupos «Cinco artistas marplatenses» y «Grupo CAM» (1983).


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