29 de abril 2014 - 00:00

Emilio Fatuzzo, o el arte de crear “a dos manos”

“La herida donde habló mi silencio”, una de las obras que Emilio Fatuzzo expone en el Centro Cultural Borges.
“La herida donde habló mi silencio”, una de las obras que Emilio Fatuzzo expone en el Centro Cultural Borges.
Las experiencias de creación colectiva no son demasiado frecuentes en las artes. Sin embargo, tal es lo que propone el artista Emilio Fatuzzo (1981), quien pese a su juventud ya tiene una vasta experiencia en la pintura. Fatuzzo está exponiendo hasta el 4 de mayo en el Centro Cultural Borges una serie de obras creadas, en los últimos diez años, a dúo con artistas como León Ferrari, Luis Felipe Noé, Clorindo Testa, Eduardo Stupía, Ricardo Roux, Eduardo Médici, Milo Lockett y Marino Santa María, entre otros.

"Esto empezó como un juego", dice el artista a este diario. "Una tarde, estábamos trabajando en el taller de mi admirado maestro Yuyo [Luis Felipe] Noé, y él hacía una serie de dibujos que después tiraba a la basura. Yo rescaté uno de ellos y lo continué. Entonces se me ocurrió proponerle la creación de una obra en conjunto, cosa con la que se mostró de inmediato de acuerdo", evoca Fatuzzo.

Cuando estuvo terminada, por indicación del propio Noé, el siguiente fue el fallecido León Ferrari. "Con él trabajamos de otra forma; no fue simultánea, como con Noé y la mayoría de los otros artistas. Él me dio un bosquejo a medio hacer, yo lo continué en mi taller, luego se lo alcancé y él le dio el toque final".

Fatuzzo recuerda hoy, con humor, que en algunos casos el trabajo fue complicado por razones físicas. "Con Carlos Regazzoni, por ejemplo, se hizo difícil. El es un hombre muy corpulento, y como pintábamos a la vez terminábamos a veces a los codazos. Fue muy divertido. Con Ricardo Roux, en cambio, era extremadamente agradable y todo se hizo en dos días intensos. Almorzábamos juntos y después nos poníamos a trabajar. Claro, estos artistas no sólo son maestros y admirados por mí, sino que marcan una línea estética. Salvo a Clorindo Testa, yo conocía a todos, y había estudiado con todos. Con Testa, en cambio, debí presentarme, llamarlo por teléfono y explicarle cómo era el proyecto. Lo aceptó encantado", señala.

Ante la pregunta, inevitable, de cómo se dividirían los beneficios de la venta de alguno de estos cuadros, Fatuzzo vuelve a sonreír: "No, no están en venta. Se trata de una experiencia que se inició y termina acá mismo. No recuerdo que se haya hecho alguna otra vez, salvo quizá lo que hicieron juntos Bastiat con Andy Warhol. Pero esto no va a tener continuidad. Además, no me gustaría que la colección se dispersara, que un cuadro terminara en Tucumán, otro en Italia, otro en Chile. No. Llegado el caso, si aparece algún coleccionista que los desea, deberá llevárselos todos juntos. O un museo. Pero no están expuestos con la idea de venderlos", concluye.

La exposición se organiza en tres áreas, o tres "climas", como las define el artista. La de las obras compartidas es la segunda. La primera corresponde a la obra propia de Fatuzzo, de carácter abstracto, llamada por el "paisajes ínternos". "Las imágenes son ambiguas", explica. "Si bien son manchas, de carácter abstracto, en su mayor parte son paisajes, a veces de manera más explícita y otras menos". La tercera parte corresponde a una gran tela "autobiográfica", de 10 por 2,50 metros. "Esa tela cubría mi taller, como protección, durante cinco años. Hay manchas de pintura, anotaciones con lápiz, ideas que se me iban ocurriendo, apuntes. Hasta cuando tenía que anotar un número de teléfono lo escribía allí. Me decidí a exponer esa tela, que naturalmente no tenía ese fin sino, repito, el de simple protección de mi taller, porque me pareció una forma apasionante de reflejar esos cinco años de vida".

A los 17 años, Fatuzzo trabó una larga amistad con Ernesto Sábato, a quien acompañó en su casa de Santos Lugares durante los últimos años de su vida. "Nos llevábamos70 años. Podría haber sido mi abuelo, o mi bisabuelo, y sus consejos fueron de gran importancia en mi formación. Yo también le leía cartas, libros, porque él ya estaba perdiendo la vista, y muchas veces debía también aplacar algunas de sus frecuentes rabietas", recuerda.

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