- ámbito
- Edición Impresa
“En teatro pedimos lo mismo que la Iglesia: un espectador creyente”
Daniel Veronese: «Si bien no empecé a creer en Dios, al menos contemplo la posibilidad de que alguien crea, y siento que los artistas estamos más cerca de la actividad religiosa que de otra posición».
El mismo día en que Gran Bretaña entró en la Segunda Guerra Mundial, Freud recibió en su consultorio londinense a un Lewis temeroso de haber incomodado al «padre del psicoanálisis». Sin embargo, cuando le pregunta a Freud si uno de sus libros lo ofendió, éste le responde: «Ah, ¿escribió más de uno?». A los 83 años y a punto de ser vencido por un demoledor cáncer de mandíbula, Freud está interesado en discutir temas mucho más importantes, como la existencia de Dios, la guerra, el sexo, el amor y el sufrimiento. Dialogamos con Veronese.
Periodista: El debate sobre la existencia de Dios es central en esta obra ¿Por qué la eligió siendo usted ateo?
Daniel Veronese: Le explico. Yo no tuve ningún tipo de formación religiosa. El otro día mi hermano me recordó que fuimos bautizados. Lo tenía olvidado. Fue algo que mi padre negoció con mi madre. El aceptaba bautizarnos pero no quería que tomáramos la comunión. Pese a estos antecedentes no puedo ser ajeno a un pensamiento que mueve a gran parte del mundo. Yo por decantación estoy más cerca de Freud y de sus razonamientos, pero los argumentos de Lewis también me resultan sumamente interesantes. Si bien no empecé a creer en Dios, por lo menos ahora contemplo la posibilidad de que alguien crea y empecé a sentir que los artistas estamos más cerca de la actividad religiosa que de otra posición. Arriba del escenario soy creyente.
P.: ¿Por qué lo dice?
D.V.: Mi forma de trabajar, por ejemplo, tiene que ver con cierta religiosidad a la hora de encontrarnos con los actores en un escenario y de experimentar fenómenos inexplicables que van más allá de lo aparente y que son verdaderos. O que nos proponemos hacerlos verdaderos. En el teatro, como en la religión, uno más uno nunca es dos. La Iglesia pide que uno crea en determinadas verdades; al espectador le pedimos lo mismo. Y cuando el espectador cree, yo puedo imaginarlo como esa persona que está rezando un domingo en misa. No creo en Dios, pero soy espiritual. Tampoco rezaría, ni imagino que alguien o algo me va a resolver los problemas. Sí creo que hay energías y situaciones muy especiales que podría asociar con la espiritualidad y la trascendencia.
P.: Las armas que utilizan Freud y Lewis son ante todo intelectuales y filosóficas...
D.V.: Es una lucha tenaz entre un creyente y alguien «poseído por la dictadura de la razón», como dice Freud, y uno termina compenetrado con los argumentos de los dos. Lo valioso de esta obra es que tiene contradicciones y abre muchos interrogantes. El que no cree tiene buenos argumentos y el que cree también. Como es una lucha de intelectos, para mí fue muy estimulante darle humanidad a la discusión, si no el interés del público acabaría a las cinco minutos. Es una lucha a puro palo, pero no hay un ganador.
P.: ¿Ni vencedores ni vencidos?
D.V.: Freud cuenta un chiste al respecto. El ateo del pueblo era un excelente agente de seguros y en su lecho de muerte pide hablar con el pastor. La familia queda perpleja: «¿se está muriendo y pide por el pastor?». Este va a verlo y se la pasan discutiendo hasta la madrugada, hasta que por fin sale el pastor exhausto. El ateo había muerto ateo, en cambio el pastor se llevaba un seguro contra todo riesgo.
P.: ¿Qué otros rasgos de Freud aparecen en escena, además del humor?
D.V.: Su tozudez, su fe ciega en la razón. Tal vez para evitar caer en ciertos lugares de vacío que no tienen explicación y lo enfrentaban al abismo. Tenía una mente brillante, pero no podía disfrutar de la música, decía que manipulaba sus sentimientos. Raro ¿no? Averigüé y parece que fue así. Por otro lado el dolor lo alteraba mucho: «Mi ánimo está regido por mi cuerpo» explica en un momento. Aun así nunca pierde su exquisito sentido del humor.
P.: Promediando la discusión salen varios trapitos al sol...
D.V.: Yo creo que Lewis buscaba un padre en Freud, aunque él lo acuse de buscarlo en Dios. Al calor de la discusión se meten con temas personales y hay algunas ofensas. Cuando hablan de sexo y bigamia, Freud le pregunta: ¿Pero usted, con quién vive? Y Lewis, a su vez, lo acusa de tener una relación perversa con su hija Anna, la única persona a la que Freud le deja tocar su herida. El es muy humano, declara no tener miedo a la muerte, pero después sugiere que va a optar por un suicidio asistido.
P.: Su consultorio es un refugio de la civilización tras la huida de los nazis y con la guerra estallando a su alrededor.
D.V.: Hay dos momentos de alarma antiaérea que los pintan de cuerpo entero a él y a Lewis. Cuando todo parece venirse abajo, ellos comentan: «se nos cae el techo y nosotros acá discutiendo sobre si hay Dios o no». Así son, no pueden dejar de preguntarse sobre cuestiones filosóficas ni siquiera en situaciones tan límites como la guerra.
Entrevista de Patricia Espinosa


Dejá tu comentario