- ámbito
- Edición Impresa
Entre la economía de “Armageddon” y la de “Yoyonomics”
Fernando Navajas - Economista jefe de Fiel
Que las cosas cambiaron bastante surge de la última encuesta realizada a los mismos participantes (que respondieron en ambos años y también hicieron pronósticos para 2013). Aquí el promedio de crecimiento para este año se ajusta a un 1,7% y ahora -al revés que un año atrás- no hay nadie que cree que la economía en 2012 va a terminar creciendo por encima del 3%. Pero las cosas además vuelven a cambiar para 2013. Aquí existe ahora el comienzo de un consenso de que la economía va a repuntar. El promedio de crecimiento esperado para el año que viene para este grupo es del 3,1%. La mayor parte se ubica entre el 2% y el 3% y un grupo más reducido y optimista se anima a remontar vuelo en su pronóstico por arriba del 3% y hasta el 5%. El dato para tomar nota es que, como un año atrás, nadie espera que la inversión vuelva a caer, si bien nadie le otorga una recuperación de dos dígitos. Este tema de la inversión es el más espinoso y difícil. Equivale a decir que una causa central del error de pronóstico cometido por la mayoría de los encuestados es considerado como un fenómeno transitorio y reversible, dadas las condiciones que se esperan en la economía.
Ahora bien, si parados en septiembre de 2012 sabemos que se cometieron errores de pronósticos para este año y que estos errores pueden no haber sido uniformes o similares, ¿por qué volver a calcular un promedio de pronósticos que significa ponderar por igual a los que cometieron errores grandes o errores pequeños? Recalcular un promedio ponderado según el error de pronóstico que hayan cometido los participantes significa adoptar algún criterio, del cual pueden depender los resultados. Por ejemplo, si adoptamos un criterio extremo o conservador y tomamos como válido sólo el pronóstico de aquel que cometió el menor error de pronóstico, nos encontramos con que el crecimiento esperado para 2013 debería ser del orden del 1,4%. Sin embargo, si en cambio adoptamos un criterio más general y que usa toda la información de los errores y ponderamos según la inversa del error absoluto del pronóstico (la diferencia entre lo esperado hace un año y el promedio de lo que se espera ahora para 2012) volvemos a un valor del 3,1% para 2013. Es decir que los errores de pronóstico no fueron uniformes o similares, pero se compensan aproximadamente y el 3,1% para 2013 resulta bastante robusto al hecho de que antes se hayan cometido errores de pronóstico. Esto, vale la pena repetir, es siempre condicional a nueva información o cambio de escenario.
Toda la presentación anterior es casi descriptiva y no hace comentarios sobre las posibilidades de que el ejercicio de pronósticos vuelva a llevar a errores tan significativos para 2013. Los pronósticos son destilados de ejercicios numéricos -más o menos sofisticados- hechos por gente que sabe bastante de gramática coyuntural y tiene olfato para leer el ciclo económico. Dicho esto, se puede agregar que estos ejercicios están, en promedio, bastante alejados de dos visiones polares y extremas que a veces circulan en los debates de opinión y que podríamos denominar «Armageddon» y «Yoyonomics». La primera enfatiza los desbalances macroeconómicos que está acumulando la economía y presagia una disrupción violenta del ciclo económico. Yo llamo a esta visión la macroeconomía de «esta película ya la vi» y tengo diferencias que radican no tanto en el reconocimiento de desbalances, sino en el hecho de que estoy convencido de que esta película todavía no la vimos y existe mucho cambio estructural afuera y adentro del país que hacen que las cosas no puedan extrapolarse desde el pasado. La segunda visión está asociada con la visión de que la combinación de QE3, apreciación brasilera y buena campaña sojera nos hace rebotar como un «yo-yo» en 2013. Yo llamo a esta visión la macroeconomía del «pida tres deseos», no tanto porque no coincida con la lectura de los vientos que ahora soplan (así como leí en su momento lo que se venía en 2012), sino porque ahora estamos tratando con una economía que tiene el régimen cambiario roto y no piensa repararlo. O quiere hacerlo por la vía de controles directos. Y eso no es nada bueno para la inversión, que -en última instancia- fue la que ocasionó que estemos yo escribiendo y ustedes leyendo esta nota.

Dejá tu comentario