Entre lo más brillante de Camilleri

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Andrea Camilleri «La danza de la gaviota» (Bs.As., Salamandra, 2013, 221 págs.)

Otra noche de insomnio para el comisario Salvo Montalbano. Sale a la playa de su Vigata. Y se conmueve con el baile de una gaviota moribunda. La mete en una bolsita y la tira al mar. Para Salvo es un signo macabro. Y una vez más su intuición acierta. Algo debe estar por ocurrir. Y eso, justo cuando llega su novia Livia para pasar unas vacaciones. Y con ella las habituales peleas. Va a esperarla al aeropuerto. El avión en que viene se retrasa. Su malhumor lo atropella. Mira desganadamente un diario, mientras toma un café. «El gobierno parloteaba, la oposición parloteaba, la Iglesia parloteaba, la patronal parloteaba, la los sindicatos parloteaban, la prensa parloteaba. Todo era puro parloteo y cháchara». Montalbano piensa que sin duda «había que modificar el artículo 1 de la Constitución en los siguientes términos: Italia es una República basada en la venta de droga, el retraso sistemático y el parloteo vano».

Y esta novela tendrá que ver con todo eso. Con la vejez que siente el comisario pueblerino a los 57 años. Con esa novia que lo reta. Y con otra que soñará. Y con la que logrará un nuevo desánimo. Con el tráfico de drogas y de diamantes desde África. Con un transexual muerto y desfigurado, y un magnate que la tuvo como secreta pareja. Con Sicilia y la mafia. Con los políticos corruptos. Con las revelaciones que «no sirven para nada». Y con la desaparición del inspector Giusseppe Fazio, su mano derecha. Y a veces izquierda también. Su más querido amigo, como saben bien los seguidores de este magnífico conjunto de novelas policiales.

Montalbano compite desde Italia, sin saberlo (¿sin saberlo?), con el Inspector Kurt Wallander de Suecia. Los dos van, libro a libro, evolucionando. Cambiando. Siendo mayores. Enfermando. Los dos tienen sus series de televisión. Y en «La danza de la gaviota» Montalbano pasa por donde están filmando una de sus historias. Y prefiere no ver al actor que lo interpreta.

Para los argentinos, Montalbano y su gente son más cercanos. Son parientes de los personajes de Arlt, Asís y Soriano. Acaso por italianos. O por gallegos, por haber nacido parientes del Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán. O porque «para sobrevivir en este país es preciso cultivar la ironía». Es fácil compartir gustos con Camilleri. Un pasaje de Don Quijote o de la Iliada. Reconocer el guiño literario, referencial, a «La ventana indiscreta».

Esta novela, la 16 de la saga de Montalbano, es una de las más brillantes. La publicó a los 87 años el prolífico escritor, guionista, director teatral y televisivo Andrea Camilleri, y ya ha escrito nueve historias más de su famoso comisario. Camilleri, que empezó a escribir la serie de Montalbano a los 70 años, no siente acercarse a la senectud, idea que preocupa a su personaje. Cada tanto saber que uno de sus episodios ha vendido 700.000 ejemplares o que en la lista de best sellers compiten varios títulos suyos, lo deben hacer rejuvenecer. Algo que le viene bien a él, y a los numerosísimos lectores que disfrutan de sus intrigantes historias.

M.S.

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