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“Es duro ver al barrio natal hecho un tugurio”
Terence Davies: «Me hubiera gustado ser como cualquier otro chico, y no pude. Pero ahora es al revés: sé que no soy como cualquier viejo, y eso me alegra».
T.D.: Eran muy modernos cuando se hicieron, para trasladar mucha gente de los barrios viejos de Liverpool, como aquel donde yo me crié, y que ya no existe. Del Liverpool de mi infancia no queda casi nada, de los 60 cines que había quedó uno solo, a la iglesia no va nadie, está ruinosa y cualquier día de estos van a demolerla. No me gustan los curas, pero me da lástima el edificio.
P.: ¿Queda el lugar donde tocaban los Beatles?
T.D.: Los desprecio, no me haga hablar de ellos, con su poesía barata. No sé siquiera cuál es ese lugar.
P.: ¿Cómo es eso? Usted lo incluye en su película.
T.D.: También están ellos, sí. Casi todo es material de la British Movietone News, el North West Film Archive, y otros reservorios, mejor cuidados que la propia ciudad. Yo hacía años que no iba. Volví, porque me ofrecieron rodar este documental, y me sentí mal. El barrio donde fui feliz, cierto que por unos pocos años, ahora es un tugurio donde venden droga. La ciudad está en decadencia. Pero aún así, le vi cierto ánimo de recuperarse. Por eso termino con la Segunda Sinfonía de Mahler, «Resurrección».
P.: Después de variarnos con Haendel, Fauré, Listz, Benny Goodman y programas radiales de otros tiempos. Disculpe la indiscreción. ¿Por qué dice que fue feliz solo unos pocos años?
T.D.: No es indiscreción. Todo mi cine gira alrededor de eso. Yo era el menor de diez hermanos, tres de los cuales murieron cuando pequeños. Nuestro padre era alcohólico, violento, nos vivía pegando. Cuando murió, después de sufrir y hacernos sufrir dos años por el cáncer, para todos fue como una liberación. Mamá puso cortinas de colores, recibíamos visitas, hacíamos reuniones, salíamos de paseo los domingos, íbamos al cine, yo amaba ir con ella, mis hermanas, y sus novios, a ver melodramas y musicales de Hollywood, y siempre, de complemento, alguna comedia británica, muy festejada por el público. De los 7 a los 11 años, fue feliz.
P.: ¿Y después?
T.D.: A los 11 percibí que estaba mirando demasiado a mis amiguitos, y a los hombres, y sentí una terrible aflicción. Era algo que no podía dominar, por más rezos y penitencias que hiciera. Luego, en la secundaria, todos me golpeaban, todos los días, porque me veían distinto. Ni se hablaba entonces de ciertas cosas, y ser homosexual estaba penado por ley. Lo estuvo hasta 1967. Me costó mucho aceptarme, sufrí mucho, inútilmente. Pero ya no debería quejarme. Hace poco, una de mis sobrinas vio otra película mía, «El largo día termina», y me dijo «¡qué sólo te habrás sentido cuando niño!»
P.: Viendo esa película, más que solo.
T.D.: Y hoy me doy cuenta de que no. Que en todos mis recuerdos de infancia estoy con alguien de la familia. Fui siempre melancólico, contemplativo, no me gustaban los juegos bruscos, ni los deportes, ni siquiera hoy sigo al Liverpool, pero me sentía dentro de la familia. Lo que pasa es que me hubiera gustado ser como cualquier otro chico, y no sabía cómo lograrlo. Pero por suerte ahora es al revés: sé que no soy como cualquier viejo, y eso me alegra.
Entrevista de Paraná Sendrós


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