7 de mayo 2009 - 00:00

“Es duro ver al barrio natal hecho un tugurio”

Terence Davies: «Me hubiera gustado ser como cualquier otro chico, y no pude. Pero ahora es al revés: sé que no soy como cualquier viejo, y eso me alegra».
Terence Davies: «Me hubiera gustado ser como cualquier otro chico, y no pude. Pero ahora es al revés: sé que no soy como cualquier viejo, y eso me alegra».
Las películas de Terence Davies, como «Del tiempo y la ciudad» (ver pág. 4), son todas inmensamente melancólicas. Nostálgico de una breve felicidad, resentido a ultranza, culto hasta la exquisitez, y desdeñoso de las artes populares, empezando por el fútbol, podría pensarse que es un hombre triste. Quizá lo sea, pero la charla de este diario con él se hizo en el último Festival de San Sebastián, y allí estaba exultante. Inclusive era divertido oírlo canturrear viejos temas de Hollywood, para explicar por qué hasta los mayores bodrios tienen algo memorable.

Periodista: ¿Qué es lo que salva de esas películas?

Terence Davies: Todos recuerdan al compositor Bernard Herrmann por el tema de «Psicosis». Pero oiga esto, la escena en que Richard Burton abandona a Jean Simmons en «El manto sagrado». Es una mala película, pero la música que hizo Herrmann para esa escena, bien al gusto de Hollywood, es hermosa. Era todavía niño cuando la ví, y me quedó grabada para siempre. No me impresionó tanto que fuera la primera película hecha en cinemascope, sino la música. Y he crecido amando los grandes temas y las canciones de aquella época.

P.: Dicen que decidió hacer su documental «Del tiempo y la ciudad» precisamente por una canción de los '50.

T.D.: Sí, «The Folks Who Live on the Hill», que grabó Peggy Lee. Ella le canta a su enamorado, sueña con la casita que harán en la cima de una colina, que irán ampliando a medida que lleguen los niños, donde van a ser felices hasta viejitos, y que todos van a conocerlos como «los que viven en la colina».

P.: Y usted contrapone ese sueño de la casita con unos monoblocs espantosos al borde de la ruta.

T.D.: Eran muy modernos cuando se hicieron, para trasladar mucha gente de los barrios viejos de Liverpool, como aquel donde yo me crié, y que ya no existe. Del Liverpool de mi infancia no queda casi nada, de los 60 cines que había quedó uno solo, a la iglesia no va nadie, está ruinosa y cualquier día de estos van a demolerla. No me gustan los curas, pero me da lástima el edificio.

P.: ¿Queda el lugar donde tocaban los Beatles?

T.D.: Los desprecio, no me haga hablar de ellos, con su poesía barata. No sé siquiera cuál es ese lugar.

P.: ¿Cómo es eso? Usted lo incluye en su película.

T.D.: También están ellos, sí. Casi todo es material de la British Movietone News, el North West Film Archive, y otros reservorios, mejor cuidados que la propia ciudad. Yo hacía años que no iba. Volví, porque me ofrecieron rodar este documental, y me sentí mal. El barrio donde fui feliz, cierto que por unos pocos años, ahora es un tugurio donde venden droga. La ciudad está en decadencia. Pero aún así, le vi cierto ánimo de recuperarse. Por eso termino con la Segunda Sinfonía de Mahler, «Resurrección».

P.: Después de variarnos con Haendel, Fauré, Listz, Benny Goodman y programas radiales de otros tiempos. Disculpe la indiscreción. ¿Por qué dice que fue feliz solo unos pocos años?

T.D.: No es indiscreción. Todo mi cine gira alrededor de eso. Yo era el menor de diez hermanos, tres de los cuales murieron cuando pequeños. Nuestro padre era alcohólico, violento, nos vivía pegando. Cuando murió, después de sufrir y hacernos sufrir dos años por el cáncer, para todos fue como una liberación. Mamá puso cortinas de colores, recibíamos visitas, hacíamos reuniones, salíamos de paseo los domingos, íbamos al cine, yo amaba ir con ella, mis hermanas, y sus novios, a ver melodramas y musicales de Hollywood, y siempre, de complemento, alguna comedia británica, muy festejada por el público. De los 7 a los 11 años, fue feliz.

P.: ¿Y después?

T.D.: A los 11 percibí que estaba mirando demasiado a mis amiguitos, y a los hombres, y sentí una terrible aflicción. Era algo que no podía dominar, por más rezos y penitencias que hiciera. Luego, en la secundaria, todos me golpeaban, todos los días, porque me veían distinto. Ni se hablaba entonces de ciertas cosas, y ser homosexual estaba penado por ley. Lo estuvo hasta 1967. Me costó mucho aceptarme, sufrí mucho, inútilmente. Pero ya no debería quejarme. Hace poco, una de mis sobrinas vio otra película mía, «El largo día termina», y me dijo «¡qué sólo te habrás sentido cuando niño!»

P.: Viendo esa película, más que solo.

T.D.: Y hoy me doy cuenta de que no. Que en todos mis recuerdos de infancia estoy con alguien de la familia. Fui siempre melancólico, contemplativo, no me gustaban los juegos bruscos, ni los deportes, ni siquiera hoy sigo al Liverpool, pero me sentía dentro de la familia. Lo que pasa es que me hubiera gustado ser como cualquier otro chico, y no sabía cómo lograrlo. Pero por suerte ahora es al revés: sé que no soy como cualquier viejo, y eso me alegra.

Entrevista de Paraná Sendrós

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