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“Es mi ‘Lohengrin’ más despojado”
Oswald: «En ‘Lohengrin’ hay algunas escenas donde se puede entrever al Wagner del futuro».
Periodista: ¿Qué características tendrá esta régie?
Roberto Oswald: Es más despojada que las anteriores. La enfoco como un choque de luz y sombra, de civilizaciones, de las culturas barbáricas que están siendo cristianizadas. Hay quien lo acepta y quien se rebela, entre ellos Ortrud, pero sobre todo es un choque de códigos: los del paganismo, que están más basados en la fuerza física o sexual de los dioses, y los del cristianismo, basados principalmente en los 10 mandamientos. También creo que cada personaje se entrega a distintas expectativas de la vida, de acuerdo a sus códigos. Elsa es un temperamento fuerte, pero es fácilmente influenciable por los criterios externos. En esta tendencia de caracteres opuestos que se enfrentan entre sí decidí diseñar toda la ópera como si fuera el sueño de Elsa. Desde el momento en que ella pide que aparezca el caballero y él no viene, ella se arrodilla, reza y se desvanece. La aparición de Lohengrin y todo lo que sucede después es un sueño para ella. El mundo real, chato, opresivo, se abre y se hace enorme. Él no es real, es una idea, es la persona soñada.
P.: ¿Cómo tomó el elenco esta propuesta «onírica»?
R.O.: Tanto al equipo técnico como los cantantes les encantó. Especialmente a la protagonista le fascinó la idea, y la llevó a la práctica como yo nunca lo hubiera soñado.
P.: ¿Está de acuerdo con la teoría de que Wagner se personificó a sí mismo en este héroe?
R.O.: Creo que es cierto, y también que en la época en que creó esta ópera, cuando era pobre e incomprendido, es cuando más bueno y generoso fue, y pienso que eso lo impulsó a identificarse con Lohengrin. En cambio con los otros héroes no pudo identificarse: los entroniza, son héroes, pero todos fallan en algo y devienen en antihéroes. Siegfried termina vendiendo a su mujer amada, Tristan traiciona a su tío, Parsifal, Walther y el Holandés nunca son héroes, TannhTMuser se corrompe, pero Lohengrin sí es un héroe. Wagner estaba en ese tiempo más cerca de comprender al prójimo, y a la vez no era comprendido ni siquiera por su mujer, Minna Planner. También es cierto que la vida lo endureció mucho y pagó el talento con mucho infortunio.
P.: En esta ópera hay influencia de la mitología griega, especialmente de las historias de Psiquis y Eros y Orfeo y Eurídice. ¿Le interesó este aspecto?
R.O.: Sí, la prohibición de preguntar, de ver, de saber... la felicidad -y el amor es felicidad- no necesariamente está basada en el saber, creo que el saber enfría las cosas. Vamos en busca de él, pero a veces pagamos caro por eso. Los coros de la ópera en sí están basados en el del teatro griego, y también la forma en que Wagner estructura su dramaturgia: un primer acto donde se entrevé una posible felicidad, un segundo donde aparece el choque y un tercero de desenlace, donde la frustración de aquella felicidad inicial se hace más dolorosa. Los griegos dominaban este tipo de resortes para capturar al público, también Shakespeare y Calderón, y Wagner, que los admiraba, sin duda. Volviendo al coro, en «Lohengrin» no es un comentarista aislado y lejano sino que tiene vida propia, por eso le imprimo cierta acción y le doy una gran importancia.
P.: También se dice que es la más italiana de las óperas de Wagner...
R.O.: Estoy de acuerdo, y pienso que Wagner también lo estaría. No es casual que tantas veces haya buscado refugiarse en Italia. Él comprendía que siendo un autor alemán, componer a la italiana no era adecuado, pero tomó en cuenta los códigos estéticos italianos. En buena medida lo consiguió aquí, porque fue la primera ópera que se dio en Italia, y Verdi la escuchó con la partitura desde un palco cerrado y haciendo anotaciones. El lirismo, el canto más espontáneo, el volcarse con franqueza hacia otros personajes la hacen la más itálica, pero personalmente creo que lo más notable de «Lohengrin» son algunas escenas donde se puede entrever al Wagner del futuro.
Entrevista de Margarita Pollini


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