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“Éste es un milagro que se cuenta por primera vez”
Arijón: «Los sobrevivientes abrieron por primera vez su intimidad. Lo anterior era Hollywood».
Periodista: Retrocedamos a 1972, ¿qué recuerda usted de aquel suceso?
Gonzalo Arijón: Tenía 15 años, vivía en Montevideo. Fue un impacto enorme la desaparición del avión, y más aun la aparición de los muchachos, a quienes ya se daba por muertos. Recuerdo los titulares, y mi viejo hablando bajito por teléfono. Se hablaba de milagro. ¡Tres días duró el milagro! Cuando la prensa chilena denunció que se habían comido a los compañeros, y mostró las fotos de los cuerpos, me indigné, los insulté. Pero después vino la emoción indescriptible de la conferencia de prensa, con lo bien que lo explicaron, muy esperado. Eso fue otro impacto.
P.: El registro de esa conferencia figura en su película. ¿Cómo los conoció personalmente?
G.A.: Con los años me crucé algunos de ellos en los partidos. Y en 1988, trabajando en un programa de la TV francesa dedicado a saber qué pasó con quienes alguna vez fueron noticia de tapa mundial, me dieron esa historia. Así conocí a Roberto Canessa. Me sorprendió que a la menor oportunidad sacaba el tema, como una terapia centrífuga, le buscaba otras dimensiones, no era hablar por hablar nomás. Le grabé media hora con su familia durante unas vacaciones en la nieve europea, el trabajo causó sensación, cosa fácil con semejante tema. Ahí me dije «algún día haré un film coral sobre esto». Sin apuro.
P.: Se tomó su tiempo...
G.A.: En octubre de 2002 Canessa me mandó un mail: «ahora que estamos gordos y medio pelados, para celebrar el 30° aniversario iremos a jugar el famoso partido de rugby que nunca pudo jugarse. Tenés que venir». Era un amistoso breve, arreglado, un try por equipo, pero ¡qué celebración! ¡Estaban los helicópteros de rescate con los pilotos o sus hijos, el arriero a caballo con su hijo, el cura que los había confesado! Con la emoción de esa tarde sentí que el grupo entero estaba preparado. Y debía ser algo uruguayo porque el cine anterior sobre el caso, bien dijo Parrado, «lo vi como una de Hollywood, pero no es mi historia».
P.: ¿Qué es lo que hace distinta a su obra?
G.A.: Todos saben lo que pasó, pero no cómo pasó. Se ve la historia de unos muchachos, de 19 a 25 años. Se sabe que va a pasarles una tragedia enorme y que el destino les jugará una carta grande. Y uno quiere saber cómo navegar dentro de esa nebulosa, de eso que Canessa siente que Alguien de arriba decidió hacer una prueba de laboratorio, «quiero 40 hijos de papá, a ver qué hacen». No es la enésima versión, es una manera nueva de contarla. Una parábola sobre la amistad, la muerte, la fuerza grupal, la experiencia, como el que cuenta «lo desgraciados que fuimos para volver a una sociedad que nos abandonó. No tengo que rendirle cuentas a nadie, sólo tocar el timbre de las familias de mis amigos muertos y contarles lo triste que fue». O el otro contándole a la hija que justo en tamañas circunstancias, y tras la peor tormenta, sintió que era amigo del Tipo que creó todo eso». El diálogo que ahí tienen padre e hija es un regalo que justifica la película, y estoy encantado que haya pasado justo delante de la cámara. Fue un momento verdadero, en todo el sentido de la palabra.
P.: ¿Es cierto que los fue registrando 24 horas cada uno?
G.A.: Buscamos un lugar tranquilo por Laguna del Sauce, cerca de Maldonado. Lo terminamos llamando La Clínica. Venía uno, comíamos, paseábamos, y grabábamos unas cinco horas. Escuchamos el mismo drama, contado por 16 sensibilidades distintas. Fueron días intensos, quedamos de cama, pero el que llegaba veía que el anterior se iba encantado de lo que pasó esas 24 horas. Un día, en broma, me dijeron «vos ya sos el 17, no nos queda un secreto que no sepas». No era la intención buscarles secretos, sino transitar territorios nuevos. Yo les proponía un tema, y era medio minuto de silencio antes de empezar a hablar. Eso es lo que da densidad a la obra.
P.: Eso, y las escenas frente a la tumba colectiva en el lugar donde ocurrieron los hechos, en plena cordillera.
G.A.: La producción arrancó con ese viaje: cuatro de ellos con sus familias y algunos amigos, como Juanpe Nicola y su hijo, es decir, hijo y nieto del médico del equipo y su esposa, muertos en el accidente. Un viaje maravilloso de dos días a caballo, pasamos dos noches. Ellos van a buscar algo ahí. Eduardo Strauch dice que los últimos días se ponía solo, como en estado de meditación, de ligereza, no quería que se corte. Va a buscar un poco eso. Cuando llegó el rescate, lo más deseado, al mismo tiempo algunos sintieron que perdían su sociedad de la nieve, como dijeron después.
P.: Cuénteme de Juan Pedro Nicola.
G.A.: Eso para mí es fundamental, porque los Nicola son cuatro hermanos que perdieron padre y madre. Sabía que Juanpe era muy cercano al grupo, ellos ayudaron mucho a esos huérfanos. Una vez comentó sus ganas de llevar al hijo a la tumba de los abuelos. Él ya había ido. «Venite». Esa presencia colectiva frente a la tumba dice algo. Y su expresión: «Estoy orgulloso que mis viejos viven en ustedes». O lo que dice Strauch: «De esos 16 hoy somos más de cien». Esa es de las cosas más bonitas que pude captar con una cámara. No puede haber discusión, la vida ganó. Pero hay alguien más, para mi fundamental.
P.: El arriero.
G.A.: Ese hombre se hizo 18 horas a caballo para avisar a la policía sobre dos tipos que él no conocía para nada, pero que estaban muy mal. Fue un gesto enorme. Canessa, Zervino, Nando lo tienen muy presente. Fueron a sus bodas de oro, lo invitaron varias veces al Uruguay. Ya con 80 años sigue subiendo los cerros, yo quería filmarlo ahí, aunque a algunos les parecía una toma innecesaria. Para mí, la presencia silenciosa del arriero quiere decir mucho. Ojala los espectadores también lo consideren así.
Entrevista de Paraná Sendrós


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