La exposición organizada por la Fundación OSDE bajo la curaduría de María Teresa Constantín, también autora de un intenso texto que recorre no sólo su vida sino el entorno en el que desarrolló su vida esta figura clave de nuestro arte.
Se muestran primeras obras y el entorno anarquista, el final de la década del 20, su universo mental, el punto de inflexión en los años 30, la marca del Novecento Italiano para centrarse en su última producción.
Paisajes de la Isla Maciel, de 1920, 1922, 1926, grises, azules, brumosos y otros de paleta más intensa, luminosa. La crítica de entonces que no temía pronunciarse, lo distinguía por la calidad poética de los trabajos pero llamaba la atención sobre su falta de técnica. En «El Diario», del 20 de septiembre de 1922, se señala: «Hay en la obra un concepto muy moderno de la pintura, destreza y sinceridad», algo que resulta premonitorio de su obra posterior.
La pintura de Lacámera revela la humildad y hondura de este artista parco en palabras, que a los 25 años rechaza el ofrecimiento de una jefatura, que le hubiera proporcionado una gran mejora económica (además de pintor de brocha gorda era telegrafista en el Ferrocarril del Sur), para no alejarse de su familia.
Es a partir de «Desde mi Estudio», o «Interior», «Desde el Estudio de Victorica», (1930), que empieza esa atmósfera límpida, una visión natural, armónica de su entorno. Aparecen los ocres, nostálgicos, medidos, las marinas desoladas, las austeras naturalezas muertas, paleta suave, aterciopelada. Lacámera solía quedarse horas contemplando cómo un rayo de luz se colaba a través de una puerta, de una pequeña hendija. La atmósfera conseguida, la incidencia de la luz hasta convertirla en protagonista, por ejemplo, «Recuerdos» (1947), objetos geométricos para el estudio de la incidencia de la luz, es el resultado de muchas horas de estudio y de lectura de libros que aparecen en algunas de las obras. Entre ellos, «La Ciencia de la Pintura» de J.G. Vibert, un tratado de pintura explicado por un científico en uso todavía en estudios de restauración.
Una máscara, una frutera de cerámica, un cuenco con asas, una mesa, frutas, un diario, un paño, una puerta entreabierta, persianas que dejan ver los barcos en el Riachuelo, una pequeña rama de un malvón en un vaso o en una maceta, un pan; «en la sombra transparente de un vaso con agua se reconoce cierta preocupación por respetar lo incoloro, el vidrio y el agua como límite expresivo», según escribió Fermín Eguía bajo el seudónimo de Silvio Torrent en un ensayo de 1979, son los elementos recurrentes que pintó a lo largo de su vida. Su obra fue para él mismo «una búsqueda tenaz de las formas desprovistas de toda añadidura innecesaria. Pero no he tratado de dar con el esqueleto sino con el espíritu»
Hay quien dice que una obra de arte no modifica al contemplador pero la atmósfera que aquí nos envuelve produce una enorme apertura emocional. Clausura el 29 de noviembre.
No es la primera vez que esta artista de destacada trayectoria nacional e internacional utiliza este material. Recordamos una muestra de esculturas blandas sobre las que dejaba las huellas difusas por las que se identifica su lenguaje gráfico.
Encontramos otra vez estas huellas en las que vestigios vegetales, grafismos al azar, delicadísimas tramas de telas de araña, pentagramas, algún «paisaje» atravesado por rieles y hasta escombros que habría que rastrear en la memoria de la artista.
Sería ocioso tratar de decodificar estas caligrafías en las que también asoma alguna larvada figura humana que recorre sus telas y sus papeles. Es por eso que nos remitimos a la tercera clave del arte chino: el mensaje que no se da; lo que se sugiere no se debe decir; la reticencia es el método de la sugestión. Estos principios taoístas le caben a esta muestra que ostenta tanto belleza visual como táctil.
Galería Thames (Thames 1776).


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