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Europa no está tan mal. EE.UU. no está firme
Pero una cosa es arriar las expectativas sobre la fortaleza de la economía y devolverlas a media asta y otra muy distinta es abatir los ánimos de Wall Street. Aplacado el temporal en Europa -una clara manifestación de carácter del presidente del Banco Central Europeo (BCE) bastó para disolver una corrida que se sabía floja de papeles-, los inversores están dispuestos a concederle a la recuperación en trance el beneficio de la duda.
Bajo el amparo de una estacionalidad muy propicia, el rally que estaba en las gateras se lanzó, a mitad de semana, de nuevo al ruedo. Y el viernes pudo absorber la decepción del empleo sin mella ni retrocesos. Milagro, se entiende, del elixir que en Europa todavía no se consigue: la provisión elástica de bálsamo monetario. Así, las buenas noticias son bienvenidas. Y las malas noticias también son buenas. Son como la tos que incomoda, pero trae consigo la esperanza de otra sabrosa cucharada de jarabe. La peregrina idea de que la Fed -ante la súbita bonanza de los datos de la economía- podría pensar en reducir ya -en su reunión de la semana próxima- el tamaño de las compras de bonos del Tesoro del QE2 se apeó de la circulación. En su lugar, igualmente apresurada, surgió la conjetura de un QE3, un hipotético refuerzo que nadie en la Fed pudo haber pensado como expediente para afrontar la primera contrariedad del camino sabiendo que habrá tantas. Sin embargo, Ben Bernanke, en su aparición televisiva del fin de semana, en «60 Minutes» de la cadena CBS, se cuidó de no cerrar ninguna puerta. El mensaje tácito: la Fed batallará todo lo que sea necesario para rescatar a la economía del pantano y no tendrá empacho, si hace falta, en consumir más munición que la anunciada.
En rigor, el informe de empleo no obliga a disponer cambios de urgencia. Que discrepe de manera rotunda con tanta otra información reciente sugiere la conveniencia de una interpretación reposada. Las diferencias brotan inclusive con mediciones que se solapan y rastrillan áreas comunes. El informe ADP, por ejemplo, computa en noviembre la generación de 93 mil puestos netos de trabajo en el sector privado frente a los 50 mil que detecta la fuente oficial. Y en sus registros la tendencia marca un alza notable y no un desplome vertical (como el que surge de considerar los 160 mil que acusó octubre en las cuentas que hace el Gobierno). La compilación de despidos de Challenger Gray también resultó modesta -48.711- comparada con el aluvión que irrumpe en el informe oficial. La mejoría ostensible de los pedidos de subsidios de desempleo -una estadística federal que abreva en los avatares del mercado laboral pero toma sus datos de manera independiente del informe de empleo- también favorece una visión más benigna (y augura una recomposición).
¿Qué pasó? Lo más probable es que ni la economía haya creado tantos como 172 mil empleos totales en octubre ni tan pocos como 39 mil en noviembre. La presunta destrucción de empleo en el sector de comercio minorista alimenta las dudas sobremanera porque contradice toda la evidencia observable. La culpa, en estos casos, suele recaer en la desestacionalización de los datos crudos. De hecho, los factores de corrección tanto en octubre como el mes pasado son de grandes dimensiones (en torno a 1 millón y 1,3 millón de puestos, respectivamente) y por ende son capaces de provocar distorsiones importantes a la hora de estimar variaciones pequeñas de la ocupación. La solución de buen cubero es sencilla: conviene promediar ambos registros y pensar, hasta que se demuestre lo contrario, que la velocidad de crucero de la generación de empleo en octubre/noviembre superó levemente los 105 mil puestos por mes. Tibio, pero no una ducha fría.
Se mire como se mire, la recuperación en curso no ha logrado todavía penetrar la coraza del mercado de trabajo e infundirle bríos proporcionales. Desde el pozo de la recesión, el sector privado creó más de un millón de empleos, pero aun así habría que reponer otros 7,4 millones para devolver la ocupación total a su nivel previo a la crisis en diciembre de 2007. Considerando el crecimiento de la población en edad de trabajar, habría que calcular el déficit de empleos en más de 10 millones si se quisiera recobrar la tasa de desocupación que entonces regía (el 5%). Y, a no engañarse con el entusiasmo por el QE2, la brecha está muy lejos de cerrarse. Todavía no deja de aumentar. De ahí también la nula incidencia del QE2 sobre la inflación.


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