Excelente suspenso a la manera clásica

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«El gato desaparece» (Argentina, 2001, habl. en español). Guión y dir.: C. Sorin; Int.: B. Spelzini, L. Luque, M. Abadi, N. Argentina.

Este año, Carlos Sorin se nos aparece con algo distinto: una película en cinemascope, actores profesionales, gran parte en una sola casa (enorme, tipo años 50 refaccionada de Belgrano), una obra de suspenso a la manera clásica, con música orquestal envolvente, romántica, de su hijo Nicolás. Bien se sabe que en películas de tal género, cuando sentimos una música así, entramos a sospechar que las cosas no son así, porque nos produce al mismo tiempo una sensación contradictoria, de ironía e inquietud equivalentes, un raro vértigo interior, nos parece que los personajes van directo hacia un destino inevitable, o más o menos inevitable. Tal es la intención.

Coherente con el autor, la historia es mínima. Alguien muy inteligente tuvo un brote feo, se puso muy agresivo, y lo internaron. Ahora le dan el alta. La esposa lo cuida. Pero cada tanto surgen situaciones, actitudes distintas a lo habitual. La esposa empieza a preocuparse. Quizá se preocupa demasiado. ¿O quizá baja demasiado la guardia? Eso que algunos llaman gótico femenino, que transcurre en lindos ambientes, con mujeres que entran a sospechar de sus propios seres amados, tuvo grandes cultores en el Hollywood clásico, y tiene aquí una reelaboración admirable, y en Beatriz Spelzini una intérprete de primera.

Todo pasa por su rostro, nos parece leer hasta el asomo de sus elucubraciones y estremecimientos interiores. También sus alivios, su amor, la expectativa disimulada detrás de la mirada más dulce. Y vemos la ansiedad implorante. «Disfrute este momento», le dice el psiquiatra antes de devolverle a su marido. ¿A qué momento, exactamente, se refiere? ¿A la alegría de recuperarlo, o a los últimos minutos de tranquilidad antes que él vuelva a casa y el gato desaparezca? Los gatos son bichos muy perceptivos. Y la psiquiatría no es una ciencia exacta, aclaró el profesional.

Todo esto, contado con particular sutileza, con detalles de sugestión, momentitos de descanso inquietante y gracioso al mismo tiempo, un crescendo muy suavecito, lento, casi imperceptible, que nos mantiene intrigados, y sobre todo esos intérpretes fuera de lo común, Luis Luque y Spelzini, que da gusto ver, los acompañantes que causan regocijo, la típica luz a través de las persianas americanas y las ramas de los árboles, el ocasional sonido de los truenos o alguna otra cosita, porque todo inquieta, y éste es el relato de una especial inquietud femenina. Por supuesto, tratándose de un relato a la manera clásica del género, hay también algunos toquecitos, que hoy se llaman homenajes, puestos para espectadores que quieran hacer su propia búsqueda del tesoro. El primero de ellos es el anuncio del comienzo, y hoy bien que lo usaría don Alfredo: «Por favor, apaguen sus celulares y no cuenten el final de esta película». Un deleite, y la consagración cinematográfica de una señora actriz.

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