18 de marzo 2015 - 00:00

Fascinante apología del editor

Fascinante apología del editor
Roberto Calasso, "La marca del editor" (Bs.As., Anagrama, 2015, 174 págs.)

Buscando contestar a la pregunta "¿Qué pasará con los libros?", el californiano Kevin Kelly, fundador y director de la revista "Wired", dedicada a informar cómo las tecnologías emergentes afectan a la cultura, la economía y la política, sostiene que se ha puesto en marcha una biblioteca universal digitalizada a la que todos tendrán acceso, donde no habrá necesidad de intermediarios entre el escritor y el lector, no se necesitarán editores, ni editoriales, ni quienes tengan que hacer aún alguna tarea manual porque "por fortuna, los suizos han inventado un robot que pasa automáticamente las páginas de cualquier libro mientras lo escanea, a un ritmo de mil páginas por hora".

Con ironía el gran editor, narrador y ensayista italiano Roberto Calasso sostiene que, "como todos los sueños estadounidenses, la digitalización universal se funda sobre buenos sentimientos y sobre cierta benevolencia hacia los pobres y lejanos extranjeros, los estudiantes de Mali, los científicos de Kazasjustán, los ancianos de Perú. Sostiene que esa borgesiana biblioteca universal que partiría de las tablillas sumerias tendría no menos de 32 millones de libros, y seguiría creciendo irrefrenablemente. Calasso va a contestar esas propuestas de quienes sólo piensan en la innovación, la inmediatez, la velocidad, en la acumulación como categorías absolutas, o como algunas corporaciones editoriales, en el rendimiento monetario como premisa. Frente a esto aparecen los que toman el trabajo editorial como un género literario, alguien que escribe con los libros que publica, y el mejor de todos es aquel cuyos capítulos están en el catálogo de su editorial.

¿Quién es el editor -se pregunta Calasso-, en esa peculiar fisonomía que comenzó a delinearse a principios del siglo XX?. "Un intelectual y un aventurero, un industrial y un déspota, un tahúr y un hombre invisible, un visionario y un racionalista, un artesano y un político". Bromea, pero no mucho. Habla de editores que tiene una imagen de familia, donde está el dirigiendo la prestigiosa editorial italiana Adelphi, junto Gastón Gallimard, a Giulio Einaudi, a los que se podrían agregar los españoles Gonzalo Losada, Carlos Barral, Jorge Herralde, Beatriz de Moura, los argentinos que van de Arnaldo Orfila Reynal, Boris Spivacoe y Francisco Porrua a Luis Chitarroni, entre muchos otros, sin olvidar a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares con la colección El Séptimo Círculo. Personas que en la industria del libro, antes que el negocio editorial pensaron en poder localizar, capturar y entregar a los lectores un "libro único", ese que se sirvió de un escritor para existir, que son el residuo de un sacrificio vital.

"A medio siglo de sus inicios, el oficio de editor no ha llegado aún a granjearse una reputación sólida. Un poco mercader, un poco empresario de circo, el editor siempre ha sido observado con cierta sospecha, como un hábil pregonero". Acaso el siglo XX, sostiene el autor de "Las bodas de Cadmo y Harmonía", sea considerado la edad de oro de la edición. El futuro tendrá que enfrentar el universo digital, y lo que ya se ve al entrar a las librerías, que los libros son productos que se diferencian poco, los autores según la estrategia de su agente o su amistad con un editor pasan de un lado a otro o a ninguno, "el sello editorial se convierte en el eslabón de la cadena más superfluo. Claro que existen diferencias de calidad en el abanico que va de lo más comercial (asociado a la vulgaridad) a los demasiado literario (asociado a la somnolencia)".

Pero ese abanico es falso y el verdadero editor no razona nunca entre "literario" y "comercial" sino en los viejos términos de "bueno" y "malo". Y concluye con contundencia que el verdadero editor "es, ante todo, el que tiene la insolencia de pretender que, como principio general, ninguno de sus libros se le caiga de la mano al lector, ya sea por tedio o por un invencible sentimiento de extrañeza".

Esos son los que tienen "la marca del editor". Una fascinante apología de un oficio que lleva a leer, descubrir y ofrecer los frutos de lecturas y descubrimientos convertidos en libros.

M.S.

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