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“Fausto” de Sokurov sacó la mejor nota en un día gris
«Fausto» de Aleksandr Sokurov, ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, se proyectó ahora en Mar del Plata.
En su lectura de la obra de Goethe, queda claro que el personaje pacta con el Diablo no por ansias de juventud, sino por un angustiante anhelo de conocimiento científico y moral, y que el mayor riesgo de ese conocimiento es el abuso de los otros.
El camino lo lleva desde su búsqueda del alma dentro del cuerpo humano hasta el vagabundeo por el lugar más árido, acaso con el propio Diablo (o con su propio diablo) dentro suyo. Entre medio está Margarita, pero más peso tiene el Maligno, un viejo burlón, deforme y con cola de bestia, como aquellas que las fábulas medievales atribuían a los impíos. Todo muy impresionante pero muy hablado, y sin esos climas de puro cine que distinguen a sus películas sobre los tres terribles: Hitler, Lenin e Hirohito (respectivamente, «Moloch», «Taurus» y «El sol»). De lo que se sugiere en esa trilogía, el «Fausto» viene a ser un grande, explícito, y amargo comentario.
Unos puntos más abajo en intención y logro, pero con logrado clima de decadencia, «LApollonide, souvenirs de la maison close», de Bertrand Borello, describe la rutina de una elegante «casa de tolerancia» entre fines de 1899 y comienzos del 1900. La belle epoque, los buenos modales, las feas costumbres, sueños, aburrimientos y angustias de las chicas, preocupaciones de la madama. Como en «Pretty Baby», de Louis Malle, pero sin jazz y sin la baby. Un epílogo en la actualidad confunde mujeres de la calle con señoritas de privado, pero el recuerdo de lo visto sigue siendo perturbador.
Lo visto en las otras competencias, en cambio, no perturba demasiado. Piezas menores, «El chico que miente» recorre la costa venezolana con un niño que dice haber perdido su madre en una catástrofe (al menos hay expectativa y lugares curiosos), «Dulce de leche» dice estar emparentada con «Melody» pero es medio dramática, con adolescentes y sin los Bee Gees (dato curioso, rechaza el aborto, al menos si es una imposición materna), «Nosotras sin mamá», donde tres jóvenes hermanas hacen relativo duelo en casa de la vieja, es como un anticipo en blanco y negro de «Abrir puertas y ventanas», donde tres mujeres más jóvenes pierden la abuela y hacen huevo (película que se verá el viernes en la oficial), y «Ferroviarios» pone cierto ingenio a la historia de los talleres de Cruz del Eje cerrados por Martínez de Hoz, pero no logra una marcha sostenida (momento de frescura, la abuela que, ajena al discurso político, evoca con picardía la pinta de los maquinistas).
«Porfirio», colombiano-argentina que luce varios premios, y cuyo protagonista reproduce ante la cámara las causas que lo llevaron al reclamo violento de una muy postergada pensión por invalidez, dura más de lo necesario y termina sin gracia alguna. Y la mexicana «El velador» bien podría terminar en cualquier parte. Se trata de un documental curioso pero apagado, lo que en este caso suena coherente, ya que muestra la muy tranquila vida del sereno de un cementerio de narcos.
P.S.

