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Fernando Spiner, entre el western y el cine gauchesco de acción
Fernando Spiner: «Es importante para mí poder arraigarme en una tradición que tuvo su peso en el cine argentino y de la que participaron creadores de la talla de Soffici, Petit de Murat, Manzi, Demare, Fregonese o Leonardo Favio.
Periodista: ¿Cómo conoció el cuento de Di Benedetto?.
Fernando Spiner: En 1989, cuando estudiaba en el Centro Sperimentale de Cinematografia, me lo prestó un amigo. Lo primero que me atrajo fue cómo impacta en un gaucho de otros tiempos una mención sobre los penitentes, y el modo tan genuino que él aplica para su propia penitencia. Apenas lo leí pensé llevarlo al cine, pero el proceso me llevó veinte años.
P.: ¿Ya entonces lo pensaba al estilo de western spaghetti, con rostros marcados, mucho tiroteo y música típica?
F.S.: Entonces me impactaba la «comedia a la italiana», porque tenía de profesor a uno de sus creadores, Furio Scarpelli, que hizo gran dupla de guionistas con Agenore Incrocci («Los desconocidos de siempre», «Nos habíamos amado tanto», «Feos, sucios y malos», etcétera). Me gustaban los westerns de Sergio Leone, pero recién tiempo después pude valorarlos en toda su dimensión. Para esa época yo fantaseaba hacer un western al estilo de «El tesoro de la Sierra Madre», de John Huston.
P.: ¿Y las películas gauchescas de acción, ésas de Lucas Demare y Fregonese, también «El camino de las llamas», «Los troperos», «Fortín alto», y unas pocas más?
F.S.: Es importante para mí, poder arraigarme en una tradición que, aunque pequeña, tuvo su peso dentro del cine argentino, y de la que participaron creadores de la talla de Mario Soffici, Petit de Murat, Homero Manzi, Demare, Hugo Fregonese y Leonardo Favio entre otros. A Fregonese lo fui descubriendo de modo muy especial, cuando alquilé en las islas del Delta una casita donde él había pasado sus últimos tiempos. Su sobrina Clarita me contaba cosas, me regaló guiones, afiches, objetos, y fui viendo sus películas a medida que lograba conseguirlas. El fue un gran cineasta, el único director argentino con una carrera relevante en Hollywood. Hizo grandes obras de diferentes géneros con gran eficacia y un extraño sentido del riesgo, que probablemente era un rasgo distintivo de su personalidad. Al rodaje de «Aballay» me llevé el guión original de «Pampa bárbara» con las marcas del mismo Fregonese, el poncho que usó en ese rodaje, sus fotos, recortes de diario, una revista sobre «Apenas un delincuente», una carpeta de cuero con su nombre y el título «El caballero de la triste figura», adaptación del Quijote que iba a filmar con Anthony Quinn. Cada mañana, antes de ir al rodaje, los miraba e invocaba su protección. Y creo que me protegieron.
P.: A juzgar por el trailer, el protagonista ya no es Aballay. Su crimen tampoco es cometido en una noche de alcohol, sino bajo el sol del desierto. El hombre parece que anda en un solo caballo. ¿Qué otros cambios puede confesar su adaptación?
F.S.: Bueno, eso todavía no puedo decirlo. Es una adaptación, pero el cuento es el corazón de la obra. Diré que decidimos apostar por la trama, y el género elegido también nos empujó en esa línea. Recorrer una parte del camino junto al vengador fue muy favorable para la película.
P.: En otras ocasiones su coguionista fue Fabian Bielinsky.
F.S.: Fabián era un capo, una gran persona y gran director, muy apasionado y obsesivo. Sabía mucho de todos los aspectos de la construcción de un film, y tenía una gran personalidad y convicción. Yo lo admiraba, aprendí muchísimo de él, tengo el mejor recuerdo de él.
P.: Ahora uno de sus coguionistas es Javier Diment, asimismo su asistente de dirección y director de segunda unidad. ¿Esos puestos se decidieron después de hacer el guión, o ya estaban establecidos desde un comienzo?
F.S.: Javier es coguionista de «Aballay» desde hace diez años, juntos escribimos diferentes versiones a lo largo del tiempo. Durante la preproducción se retiró uno de los inversores, entonces evaluamos que, en virtud de nuestras posibilidades económicas, la única forma de poder hacer la película era con un rodaje de seis semanas. Ahí la idea de contar con una segunda unidad tomó fuerza (ya lo había experimentado con éxito en la serie «Bajamar», justamente con Fabián), y Javier era la persona más indicada para dirigir esa segunda unidad, ya que él es director, y conocía muy bien el guión y todas sus opciones.
P. ¿Los actores debían ser buenos jinetes, o alguno parece que anda a caballo pero es de mentiras?
F.S.: Dos años antes de rodar ya tenía en la cabeza a Pablo Cedrón. Me había gustado mucho su trabajo en «El Aura», de Bielinsky. Es muy buen actor y tiene una cara bárbara. Además yo sabía que era un gran jinete, virtud necesaria para encarnar su personaje. Los demás no tenían un compromiso tan grande con los caballos, pero igual se prepararon durante los meses previos al rodaje, para cabalgar como expertos, y lo hicieron muy bien.
P.: ¿Algún momento difícil?
F.S.: En una obra de estas características todo es difícil. La coordinación del traslado, alimentación y descanso de los caballos, los jinetes, los disparos, las caídas, los efectos, sumados al hecho de estar en lugares desérticos y hostiles trabajando a gran intensidad muchas horas todos los días, hacen que hasta lo más sencillo sea difícil. Pensar que después, algunos ven una película como ésta y les parece que es todo fácil.
Entrevista de Paraná Sendrós


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