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Film rumano intenta transmitir sensación del tedio, y lo logra
El director rumano Corneliu Poromboiu contagia el aburrimiento y el absurdo que siente un policía de pueblo, hasta que en los últimos minutos sorprende con un original cuestionamiento de la mentalidad represiva de su país.
En cualquier diccionario, «policía» es un sustantivo. Salvo si se aplica la segunda acepción de la palabra «adjetivo» que da la Real Academia: «accidental, secundario, no esencial». Así es como siente su trabajo el personaje de esta película, un tipo joven, encargado de seguir a un adolescente que fuma marihuana en el patio del colegio. La acción transcurre en una ciudad pequeña y gris de Rumania, uno de los pocos países europeos donde ese consumo sigue penalizado. El tipo se pregunta para qué apresar y mandar a la cárcel a un chico por un delito que quizá dentro de pocos años deje de serlo. Pero tiene la orden, y lleva ocho días caminando detrás del pibe, juntando las colillas, y escribiendo su informe. ¿Debe cumplir la ley hasta que acabe su vigencia, o ignorarla, previendo su futura caducidad?
El problema es que el autor de la película ha querido hacernos sentir el aburrimiento y el absurdo que siente el personaje, y en eso ocupa unos 85 minutos. Caminatas por calles y pasillos, tiempos muertos en la esquina de un barrio, en la oficina gris, en la cocina tomando la sopa, oyendo una canción entera (encima berreta), presentando su informe (¿deliberadamente?) incompleto, etcétera. Pero por ahí viene el detalle: las discusiones cansinas con la esposa acerca de la letra de la canción y del uso del negativo pronominal advierten sobre los cambios no sólo de la ley, sino también del idioma y la mentalidad de quienes lo hablan. Y preparan para la anteúltima escena, un largo plano fijo donde el simple agente y su jefe inmediato mantienen una charla dialéctica con el pícaro comisario que, llegado cierto momento, manda traer un diccionario y les hace leer y anotar el significado de cuatro palabras: «conciencia», «moral», «ley», «policía».
Una palabra lleva a la otra. Por supuesto, debe ser un diccionario viejo. Causa gracia cuando el joven encuentra el apartado «conciencia de clase», pregunta «¿sigo leyendo?», y el burócrata le dice que sí. Seguramente él se formó bajo el régimen policial de Ceacescu. Y es bien cínico, amargo, y realista el brevísimo plano final que viene a consecuencia de esa charla más teatral que cinematográfica. Pero justo ahí, cuando el espectador se despabila y se entusiasma, termina la película.
En síntesis, un original cuestionamiento, casi por el absurdo, de la mentalidad represiva de un país. Eso lo hace interesante. Pero nada más. La película anterior del mismo autor, Corneliu Poromboiu, era más entretenida.


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