Podemos seguir el camino de la mayoría de los comentaristas/analistas de mercado y adjudicar el 2,97% que trepó ayer el Dow (el NASDAQ voló un 4,29%) cerrando en 11.176,76 puntos a los rumores sobre un eventual plan de estímulo que estaría por deslizar Ben Bernake este viernes al finalizar la reunión cumbre de los principales bancos centrales del mundo en Jackson Hole. Podemos, pero no creemos que lo que se está rumoreando justifique una auténtica mejora de la economía, máxime cuando ayer la Fed de Richmond anunció que la actividad comercial en su zona de influencia es la más baja desde junio de 2009 y, según el Departamento de Comercio, la venta de viviendas nuevas en EE.UU. fue la menor en cinco meses. Es cierto que no todas las noticias fueron tan malas; de hecho, por primera vez desde 2006 la lista de entidades financieras en problemas del FDIC registró una disminución. La realidad, sin embargo, es que la economía sigue tan prendida con alfileres que, según las últimas encuestas, si hoy se celebraran elecciones, Barack Obama perdería ante uno de los probables postulantes republicanos y posiblemente empataría ante otros dos. Preferimos entonces buscar alguna otra explicación a la que fue la mayor suba accionaria en dos semanas, que no tenga tanto que ver con la economía. Podemos armar un argumento con la idea de que las cotizantes valen hoy 11,3 veces las ganancias estimadas, cerca del mínimo de los últimos 30 meses y debajo del promedio histórico de 14-15 veces, lo que las haría baratas. El problema es que esta ecuación suele ajustar tanto por el lado del precio como de las ganancias, por lo que no es demasiado confiable. Lo mejor les tocó a las petroleras avanzando más del 4%, de la mano de un tímido 0,29% que ganó el precio del petróleo. Esto habla más de un rebote o alguna vinculación esotérica con el terremoto, que de una auténtica suba.
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