Con un estilo particular donde se conjuga la devoción religiosa con el amor por el territorio sudamericano, García Sáenz se convirtió en un artista de culto, valorado por los conocedores. Si bien el arte religioso de nuestro país reconoce antecedentes en las tallas de los siglos XVII y XVIII, son escasos los artistas como Alfredo Guttero, Miguel Carlos Victorica y, décadas más tarde, García Sáenz, capaces de adentrarse en las comarcas celestiales.
Con sus anunciaciones y milagros, con sus santos y huestes angélicas, con los indígenas y gauchos a caballo, las camitas de hospital y los enfermos, las pinturas de la muestra "El día imperfecto", exhiben un amable sincretismo entre lo divino y lo profano. Las obras de García Sáenz ostentan una condición aurática, exhiben cierta nostalgia del Paraíso. En los paisajes urbanos y en un clima de densa emotividad, los edificios franceses se recortan, fantasmales, sobre los cielos cargados de nubes.
Hay una escena nocturna, "Julieta", donde las ondulaciones de un portón de hierro dibujan un bellísimo encaje. El mar es protagonista de las pasiones, representadas a través de la potencia de las olas y un caballo encabritado. Y el mar es también testigo de la felicidad. En una mágica escena bajo una luna llena que recuerda vagamente las de Cúneo, hay una pareja que baila entre las olas.
García Sáenz creía firmemente que su ángel de la guarda lo había rescatado de una enfermedad incurable y le permitió pintar sus mejores obras. Dueño de este privilegiado regalo del cielo, celebró en el año 2004 en el Museo Fernández Blanco medio siglo de vida, con la emotiva muestra antológica "Angel de la Guarda", dedicada a su protector.
| A.M.Q. |


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