26 de noviembre 2009 - 00:00

“Goodbye Solo”: el sabor de la montaña

Red West y Souleymane Sy Savane, protagonistas de esta pequeña pero intensa producción independiente norteamericana.
Red West y Souleymane Sy Savane, protagonistas de esta pequeña pero intensa producción independiente norteamericana.
«Goodbye Solo». (íd, EE.UU., habl. en inglés, francés, wolof y español). Dir.: R. Bahrani. Int.: S. Sy Savane, R. West, D. Franco Galindo, L.Roc WiM. Lam, C. Leyva.

El propio director de «Goodbye Solo» asume que su película tiene una innegable influencia de la sobrevalorada «El sabor de la cereza», de Abbas Kiarostami, aquella que inició el furor del cine iraní en Occidente, más en crítica que en público. Su argumento giraba en torno a un tedioso viaje en auto por paisajes rocosos y agrestes, en el que un hombre buscaba a otro para que lo enterrara cuando se hubiera suici

Por fortuna «Goodybye Solo» no es una traslación de aquel sino que simplemente está inspirado en ese disparador: aquí, un hombre busca que un taxista lo lleve el 20 de octubre a la cima de una montaña y lo deje allí, sin más. El resto del film, es completamente diferente, comenzando por personajes mucho más queribles y simpáticos.

El cascarrabias pelirrojo que parece querer terminar con su vida y que repite que todo le importa un cuerno (el muy buen actor Red West) es el único antipático. Sin embargo, conforme avanza la trama, despierta cariño pues su aparente hosquedad destila intenciones menos agridulces. Al taxista senegalés residente en Estados Unidos interpretado por el excelente Souleymane Sy Savane le bastan pocos gestos para demostrar que es un hombre de bien y con un gran corazón, tanto que se involucra (y casi obsesiona) con este pasajero anónimo que ofrece pagarle mil dólares para que lo lleve a su destino y no haga más preguntas.

Si bien el planteo del film es contundente: por qué la sociedad juzga a aquel que decide que quiere terminar con su vida (aquí la sociedad está metaforizada en la figura de Solo, el taxista) el director se permite pequeños destellos de humor y construye la película a partir de más personajes queribles, como la hijastra de Solo, Alex, una hispana de siete años con chispa y astucia, o su amigo Mamadou, con quien el taxista comparte noches de cerveza y juego de pool cuando ambos no transitan las oscuras calles a bordo del taxi.

El film avanza a ritmo lento, con imágenes en su mayoría nocturnas y en planos que fijan la cámara largos segundos para que el espectador construya sensaciones a partir de las de los personajes. Sin embargo, el relato no decae, genera una intriga aceptable y sus diálogos son equiparables en importancia a las miradas.

Lo interesante radica en que jamás se explicita nada: ni que el hombre quiere ir a esa montaña para suicidarse, aunque sus silencios lo sugieran, ni que Solo es el buen hombre negro que salvará al blanco, pues ni siquiera puede salvarse a sí mismo en sus reiterados intentos por cumplir un sueño que lo deja siempre catapultado en su taxi. Tampoco se conocen los motivos por los que William quiere terminar con su vida, pero queda implícita su sensación de sentirse abandonado, con familiares a los que jamás se pudo acercar.

Con esta estructura donde se sugiere y se invita a deducir más que a asimilar lo que se dice, el final se convierte en un nuevo interrogante. Acaso por eso el director y guionista haya elegido entre tantas montañas la «Blowing Rock», un lugar donde nieva de abajo hacia arriba, a causa del fuerte viento, y donde nada de lo que se arroja al precipicio, cae.

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