5 de agosto 2009 - 00:00

Grinstein: “Hay veces que la realidad se vuelve excesiva”

Marisa Grinstein: «Los seres marginales me atraen más que los ‘normales’ que nunca son tan normales. No buscan ser distintos o raros para llamar la atención; las circunstancias de la vida los llevaron a ser como son».
Marisa Grinstein: «Los seres marginales me atraen más que los ‘normales’ que nunca son tan normales. No buscan ser distintos o raros para llamar la atención; las circunstancias de la vida los llevaron a ser como son».
Un hombre que cree que le cambiaron a su mujer por otra idéntica con intenciones siniestras, una mujer que debe tejer la alfombra más pura para el arribo de Dios, otra que ha sido llamada a través de un televisor apagado a colaborar con la energía de una máquina del orden mundial a través de una curiosa participación sexual, son algunos de los casos reales de los que partió la periodista Marisa Grinstein, devenida en eficaz narradora, autora de la exitosa serie televisiva «Mujeres asesinas». Dialogamos sobre su nueva obra, «Delirio».

Periodista: ¿Cómo pasó de las mujeres asesinas a las peripecias de personas delirantes?

Marisa Grinstein: Por curiosidad, como en «Mujeres asesinas». Así como me intrigaban las mujeres que cometen crímenes, me sucedió lo mismo con la gente que enloquecía. Me interesaba la relación que tenía esa gente con su entorno, cómo era el ida y vuelta, cómo la locura influía en su universo, y cómo ese entorno también influía, y en qué medida el pasado determinaba parte de esa locura.

P.: ¿Cómo aparecieron los nueve casos que relata?

M.G.: Empecé a investigar sobre el delirio, y a buscar casos que no entraran en el típico delirio de quien se cree Dios, sino que busqué el costado bizarro, como lo había buscado en «Mujeres asesinas». Y como para esos libros había trabajado mucho con psiquiatras, con forenses, y había escuchado historias que me parecieron realmente increíbles, comencé a investigar para tratar de saber qué le pasaba por la cabeza a esa gente, cómo esa psicosis se desarrollaba y cómo, también, se camuflaba. A veces uno considera la actitud de alguien como una excentricidad, pero es que está enfermo y necesita ayuda.

P.: ¿Cuál fue el primer caso que la impulsó a escribir?

M.G.: El de una mujer que creía que estaba en contacto directo con Dios y le empezó a tejer una alfombra para que el Señor caminara sobre ella, y que por entonces tenía que ser de un material absolutamente puro. Consideró que el único material puro era el cabo de las velas, y se pasó años y años pelando velas para sacar los cabos y hacer su tejido. Después vinieron otros casos a los que llegué a través de su familia, de gente que detecta la conducta anormal, que dice: mi marido está loco, piensa que yo soy otra. Fue como entrar en un laberinto para saber qué estaba pasando en ese universo familiar, donde alguien era el depositario de la locura.

P.: ¿Cuánto de documental y cuánto de ficción hay en sus relatos?

M.G.: Es como en el periodismo, siempre hay una parte que reconstruye la situación a partir de lo posible. La base documental lleva a reconstruir lo ocurrido a partir de los datos que se va teniendo, que son dados por el mismo paciente, el psiquiatra, la familia, los amigos. Es como un rompecabezas, uno va comenzando a armarlo, viendo dónde van encajando las piezas. Hay situaciones no dichas, que son un dato posible, y que se tienen que relatar como si uno estuviera ante la escena.

P.: ¿Hubo algún caso que partió de su imaginación, que le hizo decirse: éste tengo que contarlo porque debe ser como lo soñé?

M.G.: No. Lo que sucedió fue que cuando los iba viendo me decía: lo que ocurre con esta persona nunca se me hubiera ocurrido.

P.: ¿Porque la realidad supera a la ficción?

M.G.: En «Mujeres asesinas» hubo momentos en que tuve que rebajar los hechos y los dichos para que tuvieran un poco más de verosimilitud, porque hay veces que la realidad se vuelve excesiva. En mi nuevo libro me enfrenté a lo complejo que es narrar la locura y hasta qué punto el narrador puede entrar en el mundo de los delirios. Es complicado, a veces el personaje se deprime, y uno también se deprime, porque se ha puesto a su lado.

P.: ¿Qué historia le conmovió más?

M.G.: La que más me impactó es la del hombre que hablaba con Dios y creía que le daba órdenes, entre ellas la de fundar una iglesia para crear un hombre menos imperfecto, con bondad, sin envidias, generoso. Para eso él tenía que tener hijos a pesar de ser homosexual, y crear esos hombres mejores. El había sido abusado cuando iba a un colegio religioso. Su formación lo llevaba a sentir culpa de ser homosexual. Dios le habla y le dice que lo va a perdonar siempre que tenga relaciones con mujeres, que eso lo va a redimir de su culpa. Era todo muy conmovedor, uno se pone a sufrir con el personaje, que ya no importa si existe o no existe (y existe), uno está junto a él. Como son casos reales, sé cómo terminó la historia, y hasta dónde voy a acompañar a esa persona. Pero no importa donde el relato concluya sino el recorrido por sus delirios y tratar de comprender qué lo llevó a la locura. Muchos parten de familias disfuncionales, dificultades permanentes donde nada es fácil, y la soledad que les impone el que nadie llegue a entender qué les está pasando.

P.: ¿Hubo algún caso que le divirtió escribir?

M.G.: Uno que tiene un cierto aspecto que podría ser visto como porno. El de una mujer que pensaba que establecía contacto con una espacie de poder supranacional con sede en Marruecos, que creía ver en un televisor apagado. En la pantalla aparecían figuritas de gente de Marruecos que le daba la orden de proveer de energía a un máquina mediante semen. No era que pudiera ir a un banco de semen y conseguir un frasquito, sino que tenía que salir a buscarlo ella misma, por sus propios medios, y luego hacerlo parte de una receta culinaria con la que debía alimentarse, para a través de la energía conseguida agregar su impulso a la máquina. No sé si fue divertido escribir ese caso, pero sí me resultó insólito; bordeé varias sensaciones, entre ellas la curiosidad y la sorpresa. Una amiga me decía que esa mujer realizaba una especie de canibalismo simbólico.

P.: ¿Cómo encontró el estilo para este tipo de historias?

M.G.: Siempre trato de ser lo más concisa posible. Me juego a la economía, a poner lo justo. Claro que cuando uno intenta entrar en la cabeza de asesinos o delirantes no puede dejar afuera su subjetividad. Al tratar de entender, de ponerse en el lugar del otro, entra uno de alguna manera en ellos, aún sin quererlo.

P.: ¿Por qué eligió contar historias de marginales, de delincuentes y locos?

M.G.: Me atraen más que los «normales», que nunca son tan normales. Esos seres marginales no buscan ser distintos, raros, originales, llamar la atención, las circunstancias de la vida, los llevaron a ser como son, los llevaron a un estado al que no hubieran querido llegar.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.G.: Nada. Terminé «Delirios» recién, y sólo tengo que ver qué pasa con la que sería la quinta temporada en la tele de «Mujeres asesinas», para la que ya tengo los casos investigados. Ocurre que la gente con la que me fui contactando para encontrar los casos a través de los años, me llama y me dice: no sabés el caso que apareció, o en tal juzgado hay algo que te va a interesar mucho, o tengo una mujer que entró en la cárcel por esto. De cada diez casos se elige uno, porque tiene que tener un conjunto de elementos que lo hagan interesante. Descartamos, para comenzar, los de madres que matan a sus hijos, que son lamentablemente los más comunes. Hemos hecho sólo uno así, pero porque era representativo de todos, pero son historias de una crueldad para mí insoportable.

P.: ¿En qué episodio de «Mujeres asesinas» vio totalmente reflejada la historia real?

M.G.: El dedicado a Emilia Basil, la mujer que mata al amante, porque le iba a contar a su marido la infidelidad, y lo corta, y hace empanadas que vende en un lugar de comidas árabes. Fue muy impresionante. Estaba todo lo que se había investigado, todo lo que había pasado. Yo a Emilia Basil no la conocí, pero sí a su entorno, a quienes estuvieron en ese caso. Y en el programa era exactamente ella. Incluso quienes la habían visto en la cárcel decían: hasta camina igual. Y Cristina Banegas, que encarnó el personaje de forma extraordinaria, no sabía nada de esa mujer, no la había visto nunca. Fue impresionante.

Entrevista de Máximo Soto

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