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Hoy se impone la moda (aunque no haya qué comer)
Después de décadas de ascetismo y privaciones materiales, los cubanos nos hemos rendido ante el capricho de las vestiduras. No ha sido una capitulación de hace pocos años, sino un largo proceso de fascinación ante las telas y los encajes. Comenzó en aquellos tiempos grises que fueron los setenta, cuando llevar un jean podía acarrear acusaciones de «proyanqui» y represalias por tener «problemas ideológicos». Después vino una etapa en que todos nos vestíamos prácticamente igual, debido a la poca variedad que nos ofrecía el mercado racionado. Una vez al año una mujer tenía el derecho a elegir entre comprar un sostén o unas bragas, de ahí que pocas exhibieran un juego de ropa interior completo y en buen estado. Era una vergüenza comenzar a desnudarse en una relación íntima y que nuestro compañero viera el desgaste del atuendo bajo la blusa y la saya.
La crisis económica agravó la situación, y durante casi un lustro mi marido y yo nos intercambiábamos parte de la ropa que nos había quedado de los años del subsidio soviético. Recuerdo que ataba mi abundante cabellera con uno de sus calcetines, a falta incluso de un trozo de tela para amarrarme las greñas. Teníamos blusones grises y camisas a rayas que lo mismo servían para ir a un cine que para asistir a la boda de unos amigos. Nadie miraba qué llevábamos sobre la piel, pues todos padecían de la misma estrechez de ropa y calzado. Aquellos que estábamos en la adolescencia aprendimos a adornar los estropeados pantalones con etiquetas y broches, mientras que un viejo pulóver se embellecía si alguien le escribía una frase con pintura para autos. Nunca fuimos más creativos a la hora de vestirnos y, sin embargo, nunca nos resultó tan doloroso el sueño de la moda, el insistente aguijón de querer lucir bien.
Recuerdo que al cumplir los quince años era la feliz propietaria de un par de zapatos que se mojaban por un agujero en la suela, una falda y dos blusas. A veces para ir a pasear debía lavar alguna de las prendas y la tendía detrás del refrigerador. El increíble electrodoméstico secaba la tela en tiempo récord y lograba que mi menguado guardarropa pudiera estar listo cada día. Al contarlo ahora parece un chiste, pero les aseguro que fue muy duro ser adolescente y no poder exhibir un atuendo sin que estuviera remendado.
Con las remesas enviadas por los familiares en el extranjero y la apertura de tiendas en pesos convertibles cambió algo la situación en torno a la indumentaria. Salidos del extremo de la austeridad, muchos se dejaron llevar por la avalancha del consumo y las ciudades vieron resurgir las más variadas vestimentas. Las ansias de distinguirse del resto hicieron a los más jóvenes comenzar una carrera por los colores, las marcas y la exclusividad. Algunos padres aplaudieron ese desenfreno que no habían podido disfrutar ellos y dejaron que sus hijos se arrodillaran bajo el señorío de la moda. Los temas de conversación comenzaron a rondar en torno a qué productor de calzados era mejor o cuál había sido el último estilo lanzado por Benetton. Todo eso sin que la situación económica justificara que la cola del pavo real pudiera abrirse y mostrar sus adornos.
Las nuevas vidrieras donde se exponen los reaparecidos productos abrieron un voraz apetito difícil de complacer. Al mismo tiempo que surgía el mercado dolarizado, desapareció la zona subvencionada que distribuía productos industriales. Aquella libreta con talones desprendibles y cuadrículas numeradas donde se anotaban las bragas y sostenes, los zapatos y todo lo relacionado con el vestuario y el maquillaje pasó a ser un documento de museo. Desde el otoño (boreal) de 1993 quienes quieren lucir bien tienen la oportunidad de adquirir lo que deseen y hasta de elegir entre una marca y otra. Lo curioso es que esos afeites para el cuerpo debemos comprarlos con una moneda diferente a la que nos entregan en el salario. En fin, para mejorar la apariencia hay que zambullirse en la ilegalidad.
Ahora, al pasar frente a las boutiques veo a estos jóvenes mirar deslumbrados los nuevos modelos que muestran los maniquíes. Mientras hablan y sonríen, enseñan en su sonrisa un diente de oro o un pequeño diamante insertado en el colmillo, pero al llegar a casa muchos se enfrentan a un plato sólo de arroz o a un baño sin jabón. Han optado por llevar todas sus posesiones encima, por reducir sus propiedades a aquellas colocadas sobre sus cuerpos. Disfrutan sus poses de pavo real, aliviados al menos de poder diferenciarse entre ellos, de poder escapar de la uniforme grisura con que se vistieron sus padres.
(*) Nacida en La Habana en 1975. Desde 2007 escribe en el blog Generación Y, al que el Gobierno de Cuba le aplicó un filtro informático para que no pueda ser visto en los sitios públicos de internet en ese país. Ganó los premios de perodismo Ortega y Gasset y María Moors Cabot, y la revista Time la ha incluido entre las cien personas más influyentes del mundo en la categoría «Héroes y pioneros».


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