21 de marzo 2011 - 00:00

¿Humanismo? Un eufemismo para no hablar de petróleo

Tony Blair, sonriente en Trípoli en 2004. En una pirueta curiosa, Muamar Gadafi pasó de paria internacional a aliado clave en la lucha contra el terrorismo. Hoy vuelve a ser considerado una amenaza por Occidente.
Tony Blair, sonriente en Trípoli en 2004. En una pirueta curiosa, Muamar Gadafi pasó de paria internacional a aliado clave en la lucha contra el terrorismo. Hoy vuelve a ser considerado una amenaza por Occidente.
El argumento de que los ataques occidentales a Libia (que llevan a cabo, con mayor o menor protagonismo, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, España, Italia, Canadá y otros países) son un modo de defender a la población de las matanzas de su dictador no es sólo insuficiente sino que, peor, impide entender lo que pasa y lo que puede venir.

Algo falla en la explicación de que recién ahora todos esos gobiernos descubrieron (o recordaron) que Muamar Gadafi es un déspota monstruoso. ¿O, acaso, la defensa de los pueblos árabes que pelean por la democracia llevará también a Occidente a bombardear Yemen, donde las fuerzas del dictador Alí Abdalá Saleh mataron a decenas sólo el último fin de semana, o Bahréin, donde la brutalidad de las fuerzas locales y sus auxiliares sauditas (virtuales tropas de ocupación) es incluso reconocida por la Casa Blanca?

Adivine, lector... Sí, se trata, una vez más, del petróleo.

UN DOMINÓ INCONTENIBLE

La «primavera árabe» que comenzó en Túnez tomó por sorpresa al mundo y supuso para Occidente la incomodidad de confrontar la distancia entre sus palabras dulces sobre la promoción de la democracia y el más pedestre apoyo a dictadores de toda laya en la región. Valientemente, los luchadores tunecinos hicieron lo suyo, y el tirano Ben Alí se marchó al exilio. Pero la cosa siguió, nada menos que en Egipto, una pieza clave para la geopolítica de Medio Oriente y la lucha contra el extremismo islamista. Las dudas de Barack Obama fueron elocuentes, pero, finalmente, cuando se constató que las revueltas ya habían derivado en un efecto dominó imparable, se optó por acelerar y forzar la jubilación de Hosni Mubarak. Los antiguos regímenes árabes ya no podían garantizar el mantenimiento de las políticas que Occidente necesita, y era hora de operar para que éstas se reciclaran en nuevos liderazgos relegitimados.

Pero la ficha siguiente fue Libia, el primer país petrolero de importancia tocado por la tendencia. Los antecedentes, esto es la altísima efectividad de los manifestantes prodemocráticos en forzar las caídas de sus opresores, recomendaban abandonar a Gadafi. Por si había alguna duda, éste ayudó a tomar tal decisión al bombardear salvajemente a los disidentes.

A LAS ARMAS

Pero el cálculo falló. Los manifestantes habían logrado solamente el concurso de algunos líderes tribales y de sectores del Ejército libio, una fuerza vaciada de poder de fuego por el dictador, que había apostado todas sus cartas en los últimos años a sus tropas de elite, reducidas en número pero muy bien pertrechadas y razonablemente entrenadas, al menos en términos regionales. Las promesas occidentales a los rebeldes, sin la contraprestación de la entrega de equipamiento, habían sido algo así como enviarlos a una muerte segura. El régimen salió de su encierro en Trípoli y comenzó a arrasarlos. La «primavera» parecía a punto de abortarse en el acosado reducto rebelde de Bengasi (en el este libio, depositario del 80% de la riqueza petrolera y gasífera del país) y Gadafi, cerca de resucitar.

Impedida de mostrarse cerril ante la ola democrática que amenaza a muchos de sus miembros, la Liga Árabe legitimó la idea de una intervención al pedirle al Consejo de Seguridad de la ONU la imposición de una zona de exclusión aérea para impedir los bombardeos de las fuerzas de Gadafi. Oportunista, ayer criticó la amplitud de la ofensiva y abrió un flanco más a la denuncia islamista, que retrata a sus gobiernos como puertas de ingreso de los «infieles» a la región.

Entre el papelón y el miedo concreto a una expulsión masiva de Libia de las petroleras francesas, italianas, estadounidenses, británicas y de los otros países que habían jugado a perdedor, el activo Nicolas Sarkozy logró imponer a sus reluctantes socios la idea de la guerra.

CRUDO PETRÓLEO

Pero si todo se trata nuevamente del petróleo, ¿cuál es el lugar de Libia en el mercado mundial de los hidrocarburos? Uno importante, sin dudas, y más destacado a futuro, tal la apuesta de las principales empresas mundiales, que han invertido sumas ingentes en el país. Entre ellas: la italiana ENI; las estadounidenses ConocoPhillips, ExxonMobil, Chevron y Occidental Petroleum; la británica British Petroleum; la anglo-holandesa Royal Dutch Shell; la francesa Total; la alemana Wintershall; la española Repsol YPF, sin olvidar a la rusa Gazprom y a la china CNPC, de fuerte apuesta.

Libia es el principal productor de petróleo de África, el séptimo más importante de la OPEP y el dueño del 4,5% de las reservas mundiales de crudo según proyecciones recientes (cerca de un 20% de las de Arabia Saudita, por caso, pero el doble de las de Estados Unidos). Con un agregado: la elevada calidad del producto lo hace difícilmente sustituible para muchas refinerías europeas, algo que podría salvar Riad. Claro, si los hechos no se terminan precipitando también allí.

Si se tiene en cuenta que el 85% del petróleo y buena parte del gas que Libia exporta se dirigen al mercado europeo, y que el estallido de la revuelta redujo en un 80% las actividades de extracción y exportación, no sorprende que la nafta haya subido más de un 20% en países como Italia y España sólo durante el tramo inicial de la rebelión. Eso, en un contexto de recesión y crisis económica como el actual, en el que se calcula que un aumento de 10 dólares en la cotización internacional del barril de crudo reduciría en medio punto el PBI en los países europeos más dependientes... por no mencionar el desequilibrio que genera en los balances comerciales.

El caso italiano, en ese sentido, es paradigmático: sólo a ese país se dirige el 25% de las exportaciones libias de petróleo y gas, y ENI tenía previsto invertir allí 18.200 millones de euros en los próximos veinte años.

En el caso francés, pueden decirse cosas parecidas, con enormes negocios armamentísticos incluidos, ferretería con la que hoy, paradójicamente, Gadafi intenta defenderse. Antes de la crisis, Total extraía en Libia el 2,3% de su producción global, y la proyección iba a más.

UN SOCIO IMPRESENTABLE

¿Cómo se llegó a semejante imbricación de negocios con un socio tan deplorable como Gadafi, un dictador que lleva 41 años en el poder y cuyo régimen estuvo sujeto a sanciones internacionales en los años 80 y 90?

El historial terrorista del libio es conocido y prácticamente fue admitido por él mismo cuando, por no mencionar varios hechos más, aceptó la realización de un juicio internacional contra dos acusados (hombres de su régimen), finalmente condenados, por el atentado contra una avión de Pan Am sobre Lockerbie, Escocia, que dejó 270 muertos en 1988.

Esa entrega de los dos sospechosos, producida en 1999, y la aceptación de responsabilidades civiles para el pago de indemnizaciones a las familias de las víctimas por 2.700 millones de dólares marcaron su forzada reconciliación con Occidente. Que este último gesto se haya producido en agosto de 2003 (ya en plena invasión a Irak) y que haya sido acompañado por la desactivación de los programas libios para la producción de armas de destrucción masiva da una idea de que el hombre será loco pero no come vidrio.

Tras el 11-S se convirtió en un aliado vital de la administración de George W. Bush en la lucha contra Al Qaeda, grupo al que acusa de haber montado la revuelta en su contra pero al que, extraviado como es, amenazó con aliarse si Occidente atacaba el país. ¿Nace otra amenaza terrorista, tal como el mismo Gadafi amenazó el jueves, cuando la virtual declaración de guerra de la ONU lograba el visto bueno de los más y la complaciente abstención de Rusia, China, Alemania, India y Brasil?

RESURRECCIÓN Y NEGOCIOS

Rehabilitado para la causa del mundo libre, las sanciones internacionales se convirtieron en cosa del pasado; era tiempo de perdonar. ¿Quién no se equivocó alguna vez, acaso?

En 2004, Tony Blair visitó Trípoli, donde exhortó a «no olvidar el dolor del pasado», pero a «reconocer que llegó el momento de ir hacia adelante». Poco después Shell se hacía con un contrato para la explotación de gas por 500 millones de dólares. Condoleezza Rice, entonces canciller, lo siguió en el peregrinaje a la capital libia.

En 2009, en medio de una escandalosa polémica internacional, Gran Bretaña liberó a uno de los condenados por el caso Lockerbie, Abdelbaset al Megrahi, alegando razones humanitarias: se trataba de un enfermo terminal de cáncer. Sin ahorrarle ni una pizca de bochorno al sucesor de Blair, Gordon Brown, el régimen libio lo recibió con fastos de héroe en Trípoli. Obvio: Al Megrahi sigue hoy vivito y coleando.

Los malpensados ligaron el hecho a un contrato por 900 millones de dólares a favor de British Petroleum que se mantenía congelado desde 2007. El clamor fue tal que BP terminó por reconocer que había hecho lobby desde esa fecha en favor del desdichado paciente.

«BP le dijo al Gobierno del Reino Unido que estaba preocupada por el lento progreso que se había hecho para concluir el Acuerdo de Transferencia de Prisioneros con Libia (...). Estábamos conscientes de que eso podía tener un impacto negativo en los intereses comerciales del Reino Unido, incluyendo la ratificación de un acuerdo de exploración de BP con el Gobierno libio», admitió el año pasado la compañía en un comunicado.

Cuando la crisis económica arreciaba en 2009, y el crudo cotizaba por debajo de los 45 dólares, el beduino volvió a mostrar la hilacha. Tras señalar que no deseaba seguir vendiendo a ese precio, amenazó con sacarse de encima a las empresas extranjeras y convertir a la Compañía Petrolera Nacional en la única responsable de la explotación. Su advertencia fue tomada muy en serio en Estados Unidos, donde se destacaba la coincidencia entre esa definición, finalmente sin consecuencias, y su creciente amistad con el nacionalizador serial venezolano Hugo Chávez.

Con la actual guerra civil la canilla se cerró y el proveedor de petróleo dejó definitivamente de resultar confiable. Y Occidente, preso del mencionado y acaso inevitable error de cálculo, que dejó en la cuerda floja a sus empresas, comenzó a pensar en cómo acompañar al libio hasta la puerta de salida.

Por si faltara algo para demoler la idea de la «intervención humanitaria» en Libia, baste recordar que varios de los líderes antigadafistas son «demócratas» de última generación, personas que hasta quince minutos antes habían sido personeros del régimen.

Si finalmente cae, no cabrá derramar una sola lágrima por el sanguinario Gadafi, como, pese al cinismo que supuso la invasión de 2003, no se lo hizo por Sadam Husein. Pero para saber qué va a pasar en el mundo habrá que seguir olfateando el petróleo, más cuando la tecnología nuclear quedará en entredicho por buen tiempo por los graves hechos de Japón. Algo serio para todos los jugadores grandes (Alemania, Estados Unidos, el mismo Japón), pero sobre todo para Francia, que depende de ella para el 80% de su generación eléctrica.

Ah, el petróleo, esa sustancia tan oscura y viscosa.

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