“Idomeneo”, con más desolación que despojamiento

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"Idomeneo", ópera en tres actos. Música: W. A. Mozart. Libreto: G. Varesco, basado en el texto de A. Danchet. Coro y Orquesta Estable del Teatro Colón. Puesta en escena: J. Lavelli. Dirección musical: I. Levin (Teatro Colón, 8 de junio).



A quince años de su último trabajo para el Teatro Colón, con la inolvidable "Pelléas et Mélisande" de Debussy, Jorge Lavelli regresó convocado por la actual gestión para poner en escena "Idomeneo, re di Creta" de Mozart (1781). Mucho se ha hablado contra el libreto de Giambattista Varesco, pero en su favor puede decirse que retrata con claridad los conflictos de sus personajes: prácticamente todos se debaten entre sus sentimientos, sus deberes, las imposiciones de la sangre o el destino. Y allí está la música de Mozart para pintar con su refinamiento y sensibilidad extremas este gran paisaje humano.

El conflicto principal es el del rey cretense a su regreso de la guerra de Troya: tras haber prometido a Neptuno que le sacrificaría al primer ser humano al que viera al pisar la isla, Idomeneo se topa con su hijo Idamante y se debate entre su promesa y su amor paterno. Pero también están los debates internos del propio Idamante y de la troyana Ilia, prisionera en la isla, y de Electra, quien rivaliza con Ilia en el amor del joven. Finalmente Idomeneo abdicará e Idamante reinará.

Además de la importancia de su labor en teatro, Lavelli es reconocido como uno de los grandes renovadores de la puesta en escena de ópera a partir de la década del 70. Es innegable la trascendencia de su labor, pero también es innegable que esa renovación con pinceladas geniales hoy es incapaz de producir el mismo impacto que tuvo en aquel tiempo. Autor de un legendario "Idomeneo" en 1975, Lavelli lo revisita aquí, pero por muy diversas razones esta vez la propuesta no llega a conmover. Uno de sus aciertos es una escenografía etérea y despojada (obra de Ricardo Sánchez Cuerda) compuesta sólo por telas y algunas superficies espejadas; el problema es que en un escenario de las dimensiones que posee el del Colón este despojamiento puede transformarse en desolación, por no mencionar las dificultades acústicas que esto conlleva. La (mayor o menor) energía de los cantantes no llega a condensarse, y salvo por un par de momentos impactantes, especialmente las intervenciones de Electra, el producto en general carece de relieve.

El Colón plantea siempre un problema para el repertorio operístico del barroco y el clasicismo en lo que respecta a la elección de las voces y su proporción con el tamaño del escenario y la sala y también de las dimensiones y la sonoridad de la orquesta a utilizar. Hubo aquí una serie de factores que conspiraron contra ese difícil pero imprescindible equilibrio, y uno de ellos fue la mano de Ira Levin, que además de descuidar el balance brindó una lectura chata y convencional.

Richard Croft (Idomeneo) es un tenor mozartiano estilísticamente impecable, pero no resultó victorioso en su lucha entre su caudal -más apropiado para ámbitos más pequeños- y la sonoridad del foso, y estuvo al borde del naufragio sin remedio en el momento más exigente de su papel: el aria "Fuor del mar". También en el límite de lo inaudible por momentos fue la bellísima voz de Jurgita Adamonyté (Idamante), que sin embargo mostró mucho más compromiso escénico. El caso de la soprano Emma Bell fue casi el opuesto: su caudal corrió con comodidad por la sala pero la estridencia y destemplanza de sus agudos pareció fuera de contexto; sí es menester rescatar su impactante actuación, la más destacable de todo el elenco.

Tal vez la única voz que resultó perfecta para esta producción fue la de Verónica Cangemi (Ilia), estupenda en estilo y también en proyección. Santiago Ballerini (Arbace), Iván Maier (Gran Sacerdote de Neptuno) y Mario de Salvo (Una voz) realizaron buenas faenas. Sometido a una exigencia escénica mayor a la habitual, el Coro Estable lució incómodo y tenso pero su canto resultó adecuado, más allá de desfases atribuibles a las particularidades de la puesta.

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