16 de septiembre 2015 - 00:00

Inés Fernández Moreno: el placer del cuento breve

Inés Fernández Moreno: “La sensibilidad actual lleva a cosas más breves. Estamos habituados al zapping, a Facebook, a Twitter, a los mensajes de texto y a los mails”.
Inés Fernández Moreno: “La sensibilidad actual lleva a cosas más breves. Estamos habituados al zapping, a Facebook, a Twitter, a los mensajes de texto y a los mails”.
"Si ahora los cuentos comienzan a ser más considerados es porque hay una tensión que lleva a cosas más breves. Estamos habituados al zapping, a Facebook, a Twitter, a los mensajes de texto y a los mails. Creo que tienen que ver con lo digital, con las redes sociales, con el gusto por las series de televisión", sostiene Inés Fernández Moreno sobre "Malos sentimientos" (Alfaguara), su quinto libro de cuentos.

La autora, hija del poeta, ensayista y diplomático César Fernández Moreno, y nieta del poeta Baldomero Fernández Moreno, es licenciada en Letras, trabajó en periodismo y fue directora creativa en publicidad. Ha publicado los libros de cuentos "La vida en la cornisa", "Un amor de agua", "Hombres como médanos", "Mármara", y las novelas "La última vez que maté a mi madre", "La profesora de español", y "El cielo no existe". Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Por qué, luego de su novela "El cielo no existe", volvió a los cuentos?

Inés Fernández Moreno:
Los estaba escribiendo cuando se interpuso "El cielo no existe", una novela muy trabajosa porque me llevó al policial. Arranqué con una trama que tenía que ver con la desaparición de una persona. Me fui involucrando en eso y tuve que dar cuenta de una intriga policial, que no es lo mío. Por ese tiempo el libro "Malos sentimientos", que reúne once cuentos y tres fábulas, estaba bastante avanzado. Cuando pasó el efecto de la novela, que todavía la tengo dentro de mí, pude cerrar este libro de cuentos.

P.: ¿Qué le significó el haber ganado con "El cielo no existe" el Premio Sor Juana Inés de la Cruz?

I.F.M.:
Un reconocimiento porque siempre tengo dudas acerca de lo que escribo. Cuando a una la premian quiere decir que no estaba tan mal. Eso da seguridad, gratifica. En mi caso me abrió una puerta a Latinoamérica. Estuve en México, en Colombia, en Panamá. Mis libros comenzaron a circular de una manera distinta.

P.: ¿Dudas de lo que escribe y tiene ocho libros publicados por una editorial internacional?

I.F.M.:
No me sucede sólo a mí. La literatura se nutre de la duda. Si se tiene todo muy claro se escribe un manifiesto, pero si no, siempre se está en contacto con la ambigüedad y la duda. Hay escritores que tienen convicciones muy sólidas, no es mi caso. Yo siempre siento que estoy chapoteando en un lugar de búsqueda y de tratar de entender más. Y de hacer cosas un poco diferentes hasta donde pueda, porque uno tiende a instalarse en aquello que le resulta cómodo. En "El cielo no existe" tomar la cuestión policial me resultó un desafío. Me puso a leer el extraordinario libro "Suspense", donde Patricia Highsmith reflexiona acerca de cosas muy simples del relato policial, por ejemplo cómo se pasa de un capítulo a otro, cómo se espesa el argumento, cómo trabajan dentro de ella los argumentos iniciales, los deja en reposo hasta que comienzan a tomar carnadura. Me sirvió muchísimo. También sirve el trabajo. Cuando te publicaron algunos libros y te fue relativamente bien, conseguiste una cierta consideración, empezás a tener miedo, decís: ahora viene el bodrio. Es algo de lo que nadie está exento.

P.: Ese temor debe de ser mayor cuando se tiene el peso de su apellido.

I.F.M.:
Todos escribían, y todos estaban rodeados de escritores. Y todos tenían un nivel de crítica feroz respecto del otro. Yo los escuchaba decir cosas tremendas. Ni se me ocurría ponerme a escribir. Esa experiencia vital marca una pertenencia, una forma distinta de ser escritora. Recuerdo que una vez le hice una entrevista a Griselda Gambaro, ella viene de una familia humilde donde no había un solo libro en su casa y sin embargo tuvo un movimiento espontáneo hacia la cultura, iba a la biblioteca de la esquina de su casa y leyó de todo. ¿Qué duda puede tener frente a su identidad como escritora? Se armó sola, de cero. Yo no. Yo vengo de todo esos monstruos. Me pasé años haciendo otras cosas, publicidad, danza, estudié Derecho, Medicina, hice un poco de todo porque no se me ocurría escribir. Entrar la literatura era meterme en un campo minado. Al final entré un poco por el periodismo, estuve en un taller con Abelardo Castillo, escribí algunos cuentos y me entusiasmé. Tanto dar vueltas y al final era esto. Pero el sentimiento que tengo de escritora no es el mismo de aquellos que no tienen duda alguna, es algo más desapegado, más distante, más relativista. Afortunadamente no escribo poesía. Pero en "Malos sentimientos" hay cuentos que tienen un sesgo fantástico, y tres fabulitas que tienen un dejo poético. Acaso son desplazamientos que me permiten a esta altura recuperar el sencillismo de Baldomero, la poesía coloquial existencial de mi padre. César decía que poeta era el que, sabiendo ver, compartía una mirada que señalaba un detalle iluminador. Algunos cuentos logran tener eso.

P.: Su libro se llama "Malos sentimientos" pero no hay ningún cuento que responda a ese título.

I.F.M.:
Tenía un cuento que se iba a llamar así que nunca pude terminar, pero de ese estado emocional fueron apareciendo otros cuentos vinculados a malos sentimientos menores, como envidias, egoísmos, pequeños resbalones éticos, las ganas de joder a otro. Las fábulas tratan esos mismos mínimos malos sentimientos y tienen algo poéticamente iluminador, por eso las incluí.

P.: En su primer cuento, "Huevos", una aventura juvenil con algo de policial, sorprende con un notable conocimiento del jazz y del mundo digital.

I.F.M.:
Me documenté. Tengo un hijo que es músico, pianista, y le pasó lo que ocurre en el cuento, le robaron la computadora. Cuando me lo contó me pareció tan increíble que le dije: lo voy a escribir. Él me dio muchos datos técnicos. El cuento tiene mucha información que yo no manejo y tenía miedo de equivocarme, en cuanto a la parte tecnológica. Temía que la forma de identiciación por IP, gracias a la que el protagonista recupera la computadora, por la que descubre el lugar donde vive quien se la robó, ya estuviera desactualizada. Bueno, me dije, en aquel momento era así y a mí me encantó escribir esa historia. Me divertí mucho. Tuve que ser muy rigurosa por la cantidad de peripecias que tenía que contar. Además, me hizo salir de aquello que me es más fácil.

P.: ¿Por qué cree que en el último tiempo han reaparecido los libros de cuentos, que para los editores era la cenicienta de la ficción?

I.F.M.:
Creo que tiene que ver con que hay una tensión que lleva hacía cosas más breves. El cuento obliga a meterse en un mundo y luego saltar y entrar en otro, que es lo que uno hace cuando hace zapping. El cuento lleva un esfuerzo intelectual mayor porque se tiene que salir de un clima para pasar a otro. Creo que el regreso al cuento tiene que ver con lo digital, con la televisión, con las redes sociales, con las series, con lo fragmentario, con una lectura más veloz. Antes las pausas narrativas eran cubiertas con el cigarrillo, hoy ese espacio lo ocupa el celular. Sirven para encuentros y desencuentros. En una guerra antes empuñaban un arma, ahora un celular. Las transformaciones son fuertes y aceleradas. La tecnología nos impone otra forma de escribir. Lleva a escribir más corto, a tener en cuenta los nuevos escenarios. En mi taller de escritura creativa había quienes traían cuentos para chicos, y era increíble pero seguían pensando en chicos de cien años atrás. ¡Qué pajarito, barrilete o abuelita! Los chicos están con la play, y manejan la tecnología de una manera impresionante. El imaginario de los chicos se modificó brutalmente, no así el de gran parte de los que escriben literatura infantil.

P.: ¿Ahora que está escribiendo?

I.F.M.:
Tengo algo que no sé si podré seguir adelante o no. Es una historia bastante singular. Se trata de unos papeles de mi padre, unas cartas que le había mandado a una mujer hace muchos años. Aparecieron en un pueblito de la Costa Brava. Me mandó un mail un funcionario del ayuntamiento de ese pueblito diciéndome que quiere hacer contacto con alguien descendiente de César Fernández Moreno porque allí hay papeles inéditos de él. Una novela, poesía y unas cartas bellísimas. Éste se equivocó, porque novela, mi padre, nada que ver. En el intercambio de mails, en un momento me dice: en una carta la menciona a usted. Todo era muy raro. Y bueno, cuando mi padre estuvo en París en los años '60, entre sus dos matrimonios, tuvo una historia amorosa con una pintora. El era muy atractivo. Esa pintora después se casó con un pintor. Mi padre volvió a Buenos Aires. En el ínterin le mandaba cartas, poemas, que después se editaron. Me preguntaba: ¿puedo leer ahora los poemas que mi padre le mandó a una mujer cuando tenía 40 años? Cuando fui a Barcelona me encontré con mi hermana Muriel, hija del segundo matrimonio de mi padre. Muriel estaba aterrada de leer esas cartas. Eso me planteó una cuestión familiar, mi relación con ella, con esas cartas, el valor literario que esos textos podían tener. Eran lindas cartas, con mucha información de lo que él hacía, lo que estaba escribiendo, el Festival de Mar del Plata, su trabajo como embajador cultural de la Unesco. La novela que le atribuían no tenía nada que ver con él, era abominable. Me provoca intriga de quién podría ser. Todo eso que pasó me dio ganas de escribirlo para ver dónde me conduce. Es un poco como "Los papeles de Aspern" de Henry James.

Entrevista de Máximo Soto

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