13 de diciembre 2010 - 00:00

Internet y la piratería amenazan al sector

El otorgamiento del Oscar a «El secreto de sus ojos», de Juan José Campanella, fue el momento más brillante del cine nacional en 2010
El otorgamiento del Oscar a «El secreto de sus ojos», de Juan José Campanella, fue el momento más brillante del cine nacional en 2010
En oportunidad de presentar la película «Revolución. El cruce de los Andes» (producción de Canal 7 y Canal Encuentro en primer término), ante los mandatarios de Cultura de las provincias, otros funcionarios y público común, el secretario de Cultura de la Nación, Jorge Cossia, enfatizó: «Invito a los periodistas a que encuentren siete años como éstos, de crecimiento sostenido del cine argentino, en sus variables de producción, público y premios».

Sin ánimo de polémica, podemos decir: 1933, seis películas, de «Tango!» a «Dancing», y 1939, cincuenta (50) películas, entre ellas «El viejo doctor», «La vida es un tango», «Puerta cerrada», «Cuatro corazones», «Así es la vida», «Prisioneros de la tierra», «Cándida», y la primera de San Martín cruzando los Andes, «Nuestra tierra de paz». Curiosamente, en 1939 el senador nacionalista Sánchez Sorondo propuso un sistema de protección comercial del cine argentino, pero los mismos productores lo desdeñaron, se sentían bien fuertes con el simple apoyo del público. Además, ya estaban exportando. En cuanto a premios, no los necesitaban, aunque de Venecia ya había llegado el primero para «La chismosa» en 1938 (en verdad, el primer premio internacional de nuestro cine fue para el corto amateur «De un solo tiro», del doctor Carlos Duvergés, hecho con muñecos, y se lo entregó uno de los inventores del cine, Louis Lumière, pero ésa es otra historia).

El secretario tuvo la viveza de incluir la variable de los premios. Eso no era importante entonces, pero lo es ahora: los premios estimulan la venta. Nuestro cine los ganó en abundancia en los 80, cuando sobresalió el Oscar 1986 para «La historia oficial», y los ha seguido ganando en los 90 y en el presente siglo, hasta alcanzar un segundo Oscar, el de este año para «El secreto de sus ojos». Respecto de la primera variable, es muy cierta y a la vez algo artificial, porque ahora se produce cada vez más, pero gran parte en forma amateur (expresión franca hoy reemplazada por el eufemismo «independiente») y subsidiada (lo que reduce la cantidad de verdaderos independientes).

Para las estadísticas, el INCAA anunció que en 2010 se han producido 170 películas y se han estrenado 104. El sitio www.cinenacional.com, que sólo anota las que se estrenan en salas comerciales, computa 64, con un pálpito de 68 para cuando suenen los pitos de fin de año, como en la comedia «Igualita a mí». El resto se ve en salas alternativas, o directamente en DVD. El año próximo varias se verán directo en internet. ¿Cómo se contabilizará ese público? ¿De qué forma habrán de recuperar el gasto los inversionistas? Porque los gastos de producción son cada vez mayores, y el dinero se recupera sólo haciendo una película muy barata y muy subsidiada por diferentes organismos, o muy buena, exitosa, con algún subsidio que tranquilice un poco la agenda de pagos, algún socio extranjero y ventas aseguradas a las diversas salidas en funcionamiento.

Aun así, nadie está libre de otro problema: la piratería. La temprana salida de copias piratas arruinó la buena carrera comercial con que habían empezado su existencia «Dos hermanos», «Caranchos» e «Igualita a mí». Tal vez también la de «El hombre de al lado». Por suerte para los gatos, «Gaturro» arañó una buena posición durante más tiempo.

Dicho sea de paso, la piratería es en buena medida culpable del cierre de varias empresas legales de video, ésas que pagan los impuestos al fisco y no a las comisarías de barrio. ¿Esto cómo se combate? Dicen que en un país inteligente la solución fue eximir de impuestos a las empresas legales siempre que éstas bajaran sus precios a poco más del precio de un DVD trucho. Pero ésas son cosas que se dicen, nomás. Lo cierto es que el próximo año puede ser el último para varias empresas editoras, como éste lo fue para las grandes cadenas de videoclubes. Sólo quedarían unos pocos videoclubes especializados y las editoras truchas.

¿Qué películas se recordarán dentro de unos años como lo mejor de 2010? Casualmente, las que hemos mencionado y que por ansiedad y comodidad de los consumidores no han podido recuperar en sala su inversión. También, otras que el público descuidó, y descubrirá en la tele o el video dentro de algún tiempo. Y algunas de bajo costo y buena calidad, como «La Tigra, Chaco», que se fue haciendo más que nada en salas alternativas, con mucha invitación por Facebook, como se habitúa en estos tiempos.

Junto a los antedichos, entre los ficcionales más destacables también deben ir «El mural» (gran producción en todo sentido), «Sin retorno», «Rompecabezas», «Por tu culpa», «Eva & Lola» (un modo distinto y hasta gozoso de tratar asuntos graves), y la tortuosa «Cabeza de pescado».

Párrafo aparte, tres que son argentinas en forma indirecta, sólo como país coproductor que aporta alguna figura, unos técnicos y fuentes de financiación: las uruguayas «Acné», «Gigante» (de director porteño) y «Miss Tacuarembó», bien señalables las dos últimas. Y otra, decididamente argentina, de dos uruguayos que viven aquí y enriquecen nuestro cine: «Francia».

En la de documentales, innegable punto fuerte de nuestro cine, «El rati horror show», «Huellas y memoria: el cine de Jorge Prelorán», «Esta cajita que toco», «Otro entre otros», «Fragmentos de una búsqueda» (la lucha de una madre contra los tratantes de blancas y sus cómplices), y varios curiosamente parentales: el emotivo, excelente «Ernesto Sabato, mi padre», «Pecados de mi padre», «Padres de la Plaza», «Diletante» (delicioso, sobre la madre de la autora), «Un fueguito. La historia de César Milstein» (hecho por la nieta), y «Sofía cumple 100 años» (la abuela de la productora).

¿Y qué más? Bueno, un montón. Algunas de debutantes, otras de autores que hacen la suya y de a poco van haciendo su público, unas cuantas de ésas a las que les falta cinco para el peso y diez para la promoción (o viceversa), y algunos cuantos bodrios, eso hay que reconocerlo. Pero a veces, por extrañas razones, los bodrios terminan siendo más amados que las películas buenas, así que también hay que hacerlos. Sirva de ejemplo aquel joven espectador que hace pocos años, viendo el trailer de «Bañeros 3», exclamó felicísimo: «¡Debe ser malísima! ¡Voy a venir a verla!». En una de ésas, quién sabe, por ese camino nos salvamos.

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