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Inyección masiva de cash no es solución
Es poco probable entonces que se salve totalmente con la inyección masiva e ilimitada de cash para cerrar las brechas que se multiplican y se agrandan día a día, sin que se tenga la menor idea de cuándo van terminar.
Podría entenderse que la versión más optimista de la situación neta contable del sistema se estima en 5 billones de dólares, y en 15 billones la más realista, o sea el equivalente al revés del PBI estadounidense.
Este cálculo resulta de una evaluación global del monto de las acreencias bancarias irrecuperables (sobre los hedge funds, mutual funds, grupos industriales, bancos, sociedades de seguros, Estados, pequeñas y medianas empresas, subprime, inmobiliario, crédito al consumo.) exacerbadas por la crisis, maltratadas por los defaults de CDS (Credit Default Swaps/ masa total de aproximadamente 60 billones de dólares) y la erosión espectacular de los activos de las compañías de seguros (acciones/deudas/inmobiliario), que no podrán cumplir sus compromisos a término frente a sus clientes de seguros de vida y jubilaciones.
La gente procede con paso tímido y procurando ocultarse a la vista de los banqueros, manifestándose en público con la máscara de la modestia. De a poco deja de creer que los gobiernos van a salvar la situación y que el dinero está garantizado, que esté bien que la Bolsa gane o pierda de un día al otro entre un 5% y un 10% según el humor del momento. En una palabra, comienza a abandonar la política del avestruz y es partir de ese momento que esas personas se convierten en ciudadanos responsables.
Como en la vida colectiva, ya no predomina el pensamiento sino el rumor pasado -ese dulce susurro que llena la cabeza y la exime de pensar- no pocos se muestran con humor quisquilloso. Empiezan a tener la íntima convicción de que están en situación de guerra, en vísperas de la explosión y que sería necesario instaurar de urgencia un estado de sitio financiero, con una toma de control inmediata y temporaria por los Estados del sistema «bancos/seguros», para ponerlo a resguardo de la quiebra.
Esta toma de control efectuada sin gastar un centavo permitiría hacer funcionar otra vez el mercado de los créditos interbancarios, pulmón del sistema congelado hoy, pues los banqueros responsables de las mesas de dinero tendrían la orden de trabajar con sus colegas quieran o no.
Es a partir de allí, y una vez restablecida la confianza entre los bancos, que el sistema financiero volvería a funcionar progresivamente, y se podría esperar entonces que los mercados monetarios, bursátiles y otros corregirán de a poco sus excesos actuales.
Esta medida -insisten, no costosa- tendría la ventaja de proteger a los agentes económicos, quienes comprobarían en adelante que hay un piloto en el avión. Permitiría también implementar las bases de un saneamiento de las prácticas bancarias excesivas, abundantemente descritas por los medios, pero en los hechos toleradas hoy todavía por los poderes públicos, que toman como consejeros para resolver la crisis a aquellos mismos que la han provocado.
Por los servicios que brindan, los bancos y las compañías de seguros constituyen un bien público tan importante -o quizás más en la vida de todos los días- que las rutas, los aeropuertos o las telecomunicaciones.
Un exceso de desregulación, o más bien la búsqueda perversa por escapar a las reglamentaciones, los ha precipitado al borde de la quiebra. Ahora importaría que los Estados retomen con urgencia las cosas en sus manos para restablecer la situación. De lo contrario, se correría el riesgo de que termine en un caos en un horizonte no lejano.
Los financistas de hoy no deben esperar indulgencia del público, persuadido de que son responsables de la crisis.


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