1 de diciembre 2010 - 00:00

Italia despidió ayer a Mario Monicelli

Monicelli solía bromear con los periodistas que lo llamaban cuando moría algunos de los grandes del cine italiano: «¿Y a quién van a llamar cuando yo muera?».
Monicelli solía bromear con los periodistas que lo llamaban cuando moría algunos de los grandes del cine italiano: «¿Y a quién van a llamar cuando yo muera?».
Italia despidió ayer a Mario Monicelli, enorme maestro de la comedia a la italiana y último representante de este género que no encontró herederos a la altura suya, ni intérpretes todos aquellos con quienes trabajó. Su vida terminó ayer como una de sus películas tragicómicas: un salto al vacío. Como informó este diario, el director de «Amigos míos», «La armada Brancaleone», «Un burgués pequeño, pequeño», «Los compañeros», «La gran guerra» y «Los desconocidos de siempre» sufría un tumor de próstata en fase terminal y se suicidó, a los 95 años, lanzándose desde el quinto piso del Hospital San Giovanni, en Roma.

Los familiares anunciaron ayer que no se celebrará ningún funeral, pero muchos admiradores concurrieron a dedicarle un último saludo en el barrio romano de Monti, donde vivió, y se esperan que hoy lo hagan en la capilla ardiente que se instalará en la sede de la «Casa del Cine» en Roma, en pleno barrio de Villa Borghese.

La desaparición de Monicelli también pone el punto final a la «comedia a la italiana», el género que nació a mediados de los años 50 con películas en las que se describía con ironía la sociedad del momento. El tiempo ha dejado huérfano al cine italiano al desaparecer los máximos representantes de este género, desde cineastas como Dino Risi, Luigi Comencini y Pietro Germi a actores que lo representaron como Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcelo Mastroiani, Nino Manfredi y Ugo Tognazzi, entre tantos otros. Con su habitual causticiadad, Monicelli solía preguntar en los últimos tiempos a los periodistas que le pedían una reacción a la muerte de algún amigo suyo: «¿Y a quién van a llamar cuando me muera yo?»

Reproducimos a continuación fragmentos del último reportaje que le realizó este diario, en ocasión de su participación en el Festival de Mar del Plata en 2007:

Periodista: ¿Cómo hace para mantenerse tan bien?

Mario Monicelli: No sé, ni me aflijo por saberlo, ni molesto demasiado al médico. Soy así, nada más, veremos cuánto duro, porque ya todos mis amigos se fueron, lo que tampoco me causa mayor tristeza. No soy melancólico, soy realista, soy práctico. Y sigo trabajando, más o menos a una producción por año.

P.: Usted trae su nueva comedia, «Le rose del deserto», donde evoca la ocupación fascista de Libia. ¿Usted combatió ahí?

M.M.: No, yo combatí como subteniente en la ocupación de los Balcanes. Conducía un grupo de mantenimiento, y los partisanos del mariscal Tito nos hacían la vida imposible. Lógico, nadie nos pidió que los invadiéramos. Fue una guerra estúpida, inútil, sangrienta, de soldados mal vestidos, mal alimentados, mal equipados, conducidos por generales idiotas embebidos en sus propias palabras. Yo combatí, yo sé bien de qué estoy hablando.

P.: La guerra interrumpió su carrera cinematográfica.

M.M.: Ah, sí, porque empecé como «che, pibe», según dicen acá, y en 1934 ya estaba escribiendo guiones en una productora. Cuando retomé, un día de 1947 Carlo Ponti me dice «Mira, todos nuestros directores están ocupados, tú escribiste este guión, conoces bien al actor (que era el príncipe Antonio de Curtis Gagliardi, más conocido como Totó, gran cómico), ¿te animas a dirigirlo?». Así dirigí con Stefano Vanzina «Totó cerca casa». Busca casa, no encuentra, porque era la posguerra, y se va a vivir a un panteón del cementerio. Con él hicimos varias, como «Mi amigo el ladrón». Bueno, hasta ahora hice 65 películas, con casi todos los actores y actrices de Italia.

P.: ¿Cómo fue su relación con las actrices?

M.M.: Algunas muy buenas, como Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale, que cuando la conocí era una muchacha tunecina que solo hablaba francés y árabe, o Monica Vitti, a quien su marido, Michelangelo Antonioni, siempre le daba papeles de angustiada, atacada, y yo la convertí en actriz cómica, porque era muy chistosa. Pero nunca tuve una relación, ni siquiera amigable con mis actrices. Fui muchos años asistente, y vi los líos que trae al equipo cuando el director entra en amores con una actriz. Además, Sofía Loren, que entonces era una extra, se enamoró de Ponti, y él de ella.

P.: ¿Cómo se llevaba con los productores?

M.M.: Con Ponti, Dino de Laurentiis, Carlo Rizzoli, Franco Cristaldi, trabajé mucho. Nos entendíamos muy bien, porque nos conocimos sin un peso, en la miseria. Hablo de la posguerra. Después, con el boom económico de los 60, las cosas cambiaron, pero la relación siempre fue la misma, al menos conmigo.

P.: Se dice que usted signa el comienzo y el final de la gran época de la comedia a la italiana, con «Los desconocidos de siempre» (1958) y «Un burgués pequeño, pequeño» (1977).

M.M.: También dicen que «Un burgués...» es más angustiante porque la Italia ya no era la misma. Yo quise hacer un «film noir» con un cómico, nada más (Alberto Sordi, que para mí era grandioso).

P.: ¿Qué es, para usted, la comedia a la italiana?

M.M.; Tomamos del neorrealismo eso de mezclar actores profesionales con gente de la calle, Por ejemplo, Tiberio Murga era mozo del restaurante a donde yo iba, y en «Le rose...» solo hay tres profesionales. También cambié caracteres: Vittorio Gassman, shakesperiano, venía de la Academia, lo convertí en payaso, y fue como el payaso trágico de «La armada Brancaleone» que se ganó el premio de mejor actor en Cannes.

Y miramos mucho a nuestro alrededor, vemos cómo la vida mezcla amarguras y chistes. Esa es la clave. Buceamos en un asunto, lo desarrollamos humorísticamente, y vemos detrás un significado profundo. Hacemos reir, pero los argumentos son siempre muy serios, tienen algo más que juegos y cuernos. Fíjese, sino, en «La gran guerra» y «Los compañeros». Pero cuidado, la comedia a la italiana no la inventó Monicelli, ni Luigi Comencini, o Dino Risi, ninguno de nosotros. Viene de la commedia dellarte, con Arlequín, Polichinela, todos esos muertos de hambre, que nos causan gracia y dolor, porque, si se cuentan bien, el hambre, el sufrimiento, y el ridículo de los demás siempre nos causan gracia y dolor. Hay un gran libro, que le recomiendo leer en ese sentido: «La comedia», de Dante Alighieri. No se llama «La tragedia», ni «El drama», se llama «La comedia».

P.: ¿Usted dice «La divina comedia»?

M.M.: Lo de divina es un chiste de Bocaccio. A mí, hay

partes de ese libro que me hacen reir muchísimo, y Dante era toscano como yo: al humor italiano, un poco dramático, un poco triste, bastante irónico, le agregaba el condimento toscano, cattivo, feroz, de gente mala. Un ejemplo, tomado de mi película «Amigos míos II», cuando Adolfo Celi saluda a un viudo haciéndose pasar por amante de la finada, solo para burlarse del que está sufriendo. El público se ríe viendo cómo el otro pierde la compostura. Es gracioso. Y duele.

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