31 de enero 2014 - 00:00

Julio Chávez logra que Mark Rothko reviva en escena

Los datos y referencias de “Red” pueden resultar abrumadores, pero gracias a la apasionada entrega de Chávez y la convincente reproducción del taller y las pinturas de Rothko se tiene la ilusión de estar espiando la cotidianeidad del artista.
Los datos y referencias de “Red” pueden resultar abrumadores, pero gracias a la apasionada entrega de Chávez y la convincente reproducción del taller y las pinturas de Rothko se tiene la ilusión de estar espiando la cotidianeidad del artista.
"Red" de J. Logan. Dir.: D. Barone. Int.: J. Chávez y G. Otero. Esc.: J. Ferrari. Ilum.: E. Sirlin. Vest.: M. Zuccheri. (Sala P.Neruda - Paseo la Plaza)

El dramaturgo y guionista John Logan ("Gladiador", "El último samurai", "Hugo", "El aviador") llevó a escena un episodio particularmente crítico de la vida y la trayectoria del pintor Mark Rothko en el que se ponen de manifiesto sus demonios internos, sus teorías sobre arte (tan apasionantes como lapidarias) y su búsqueda de trascendencia más allá de las formas.

Vemos a esta gran figura del expresionismo abstracto en la intimidad de su taller bebiendo, analizando obras o aplicando una base de pintura con la ayuda de su joven asistente.

Transcurre el año 1959 y el temperamental Rothko encara con visible entusiasmo una serie de pinturas para el restaurante Four Seasons, ubicado en el emblemático edificio Seagram de Nueva York. Su propósito es convertir ese centro de lujo en un templo que invite a la contemplación. Confía en que sus cuadros tendrán el poder de movilizar la mente y el espíritu de quienes los observen; pero la realidad le deparará una enorme decepción. Y tiempo después confesará: "Me deprimo cuando pienso en cómo la gente va a ver mis cuadros. Vender un cuadro es como enviar a un chico ciego a una habitación llena de hojas de afeitar. Va a ser lastimado".

Sobre este conflicto central se desarrolla la pieza junto a otros núcleos temáticos, como la relación paterno-filial entre maestro y alumno o la puja entre generaciones (Rothko se ufanaba de haber destruido al cubismo y se enfurecía ante la "banalidad" del emergente movimiento pop (Andy Warhol, Jasper Johns, Roy Lichtenstein) que venía a desterrarlo.

"Red" (Rojo) se percibe, ante todo, como una apasionada master class con ribetes de biodrama. Su protagonista brinda mucha información, pero su andanada discursiva no es mera teoría. Sus ideas están profundamente entrelazadas con angustias y temores universales. Rothko está vivo en escena (se parezca o no al original) y en la piel de Julio Chávez adquiere una energía y visceralidad arrolladoras. Su composición del artista ofrece muchas facetas: culto y ordinario, cruel y sensible, impulsivo y cerebral, ególatra y austero, ansioso y depresivo. Es alguien que trabaja y come con la energía y los modales de un obrero, que posee una mente brillante y que lanza sus afiladas sentencias con la gracia de un Woody Allen, mientras espera a la muerte.

El público ríe agradecido al comprender sin esfuerzo las humoradas culturales de la pieza y los apuntes sobre teoría del color e Historia del arte que introdujo astutamente el autor. También se apiada de las angustias del protagonista. No así del supuesto drama familiar de Ken (rol a cargo de Gerardo Otero). La trágica muerte de sus padres es más una información oportuna (a utilizar más adelante) que una huella emotiva. El personaje recién adquiere solidez y autonomía en la segunda mitad de la obra, cuando discute las teorías de su "jefe" y lo acusa de haber traicionado sus ideales ya sea por dinero o por necesidad de reconocimiento.

Para quienes no frecuentan el mundo del arte, tantos datos y referencias pueden resultar algo abrumadores. Pero gracias a la apasionada entrega de Chávez y a la convincente reproducción del taller y las pinturas de Rothko, se tiene la ilusión de estar espiando la cotidianeidad de un artista que en medio de su dolor se esmera en enseñarnos cómo apreciar un cuadro suyo.

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