23 de julio 2010 - 00:00

Juntos, pero no unidos, divierten Alcón y Francella

Alfredo Alcón brinda una regocijante composición, muy alejada de sus papeles habituales, y Guillermo Francella, pese a su oficio y entrega, no da el physique du role de viejo.
Alfredo Alcón brinda una regocijante composición, muy alejada de sus papeles habituales, y Guillermo Francella, pese a su oficio y entrega, no da el physique du role de viejo.
«Los reyes de la risa» de N. Simon. Dir.: D. Veronese. Int.: A. Alcón, G. Francella, P. Mehem. Esc.: A. Negrín. Dis. de Luces: E. Sirlin (Teatro Metropolitan).

Sólo a Adrián Suar se le podía ocurrir exhumar una comedia de Neil Simon de la década del 70 para juntar a dos actores que son el agua y el aceite. Como los personajes que interpretan lo son, la idea, a priori, no está mal. La misma historia, estrenada en Broadway por Sam Levene y Jack Albertson en 1972, reunió en cine a Walter Matthau y George Burns y, en una elogiada versión televisiva de 1995, a Woody Allen y Peter Falk («Columbo»).

Aquí, Alfredo Alcón -en una composición regocijante muy alejada de sus trabajos habituales-, es Manuel, un viejo actor achacoso y atrabiliario que, a falta de hijos, enloquece a su sobrino (el experto en stand up Peto Menahem), que a la vez es el esforzado gestor de sus hoy lastimosas ofertas de trabajo. El es quien, al principio de la obra, viene con una propuesta que, pese a su nostalgia de aplausos, el anciano no está dispuesto a aceptar de ninguna manera. Un programa de televisión lo quiere volver a reunir con Goyo (Guillermo Francella), con el que años atrás conformaban el exitoso dúo cómico «Los reyes de la risa», hasta que se separaron por razones que Manuel asegura «se va a llevar a la tumba», sin ocultar para nada que, cualesquiera hayan sido esas razones, lo dejaron impregnado de rencor.

Sus obstinadas negativas ocupan prácticamente todo el primer acto, que es realmente gracioso, pero cuando aparece Goyo empiezan los problemas. Por más que le hayan pintado el jopo de blanco y use bastón, es ostensible que Francella no da el physique du role de viejo. Aunque no se puede negar que está contenido y su actitud corporal es la correcta, no es menos cierto que quien tanto sorprendió en «El secreto de sus ojos» parece estar permanentemente saliéndose de la vaina por morcillear o dirigirse directamente al público. Una cosa es «la magia del cine» como dicen y muy otra la verosimilitud que exige la cercanía del escenario. Para más complicidad con el público, justamente, la versión de Masllorens y Del Pino (o capaz que son resabios de las improvisaciones en los ensayos) incluye unos cuántos guiños que aluden a los actores verdaderos; por ejemplo, las constantes ironías de Goyo, vale decir Francella, acerca de que Manuel, vale decir Alcón, se cree que está «haciendo Shakespeare».

Lo verdaderamente asombroso es que esta puesta haya sido dirigida por Daniel Veronese. La mano del dramaturgo y director de prodigios como «Mujeres soñaron caballos» o de lúcidas revisiones de Chéjov o Ibsen, por citar sólo algunos de sus innumerables aciertos (sin olvidar los del desaparecido Periférico de Objetos) no se ve por ningún lado. Será porque a Neil Simon le falta la crueldad del Jordi Galcerán de «El método Gronholm», o el Neil LaBute de «Gorda» y «La forma de las cosas», incursiones anteriores de Veronese en el llamado teatro comercial.

Por lo demás, como corresponde a este «encuentro extraordinario», como reza el slogan publicitario refiriéndose a la pareja protagónica, la producción Suar-Kompel no se anduvo con chiquitas, desde luego. La escenografía de Alberto Negrín es imponente y acertada la iluminación de Eli Sirlin.

Dejá tu comentario