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Kirchner se resigna a “lo propio” y a ser candidato
Néstor Kirchner despidió 2008 con el camionero Hugo Moyano: el ex presidente participó anoche de la cena de fin de año de la CGT.
La secuencia se inició con el PJ bonaerense el lunes en la casa de Gaspar Campos del tercer Perón siguió con los retazos de la Concertación y la coronó, anoche, con la CGT. En las tres fases, además de pompas de jefe, Kirchner se movió como un candidato al acecho.
Es más que una percepción. El patagónico diseña la legislativa del año próximo sobre dos criterios base: que debe -o no tiene más remedio- replegarse sobre «lo propio» y que ese caudal, que juzga suficiente, sólo puede conservarse detrás de una sola figura: la suya.
Esa abstracción que es «lo propio» refiere con más exclusiones que inclusiones al voto histórico del PJ. Como si fuese una escritura bíblica, Kirchner invoca en Olivos una encuesta que pronostica que el peronismo per se cosecha en Buenos Aires el 35% de los votos.
Autorreferencial, desliza que al menos por ahora sólo él como candidato puede retener ese caudal. En el lenguaje del peronismo, el metamensaje es otro: un Kirchner sobre el ring, a todo o nada en 2009 anticipa al mismo Kirchner en busca, dos años después, del tercer capítulo K.
Esa hipótesis fascina a Hugo Moyano. No sólo por la manifiesta desintonía con Cristina de Kirchner, a quien no entiende ni logra hacerse entender, sino por su propia supervivencia. Confesional, el camionero ha dicho que su suerte está atada a la de Kirchner.
Alguna vez, Daniel Scioli se entreveró con un dilema sobre ese punto. Especuló, antes de despertar en el caos bonaerense, que una exitosa gestión suya en la provincia, en vez de convertirlo en presidencial, lo que lograría sería reavivar la reelección de algún Kirchner.
Salvo la llamada «pingüinera», y un puñado de funcionarios, el grueso del PJ no piensa así. ¿Por qué -por citar un caso entre muchos- a Hugo Curto, que convivió con Cafiero, Menem, Duhalde y De la Rúa, se le terminaría el combustible cuando se agote el ciclo Kirchner?
Es más: hábiles en la multiplicación, los barones del conurbano imaginan colectoras invertidas. En vez de varias listas K, le aportan tropa a Francisco de Narváez, Felipe Solá y Mauricio Macri para sumar concejales por fuera del FpV y así preservar su gobernabilidad.
Todos se diversifican: posan con los Kirchner, pero arman para los demás y, por las dudas, diseñan partidos municipales. Un gran embudo para la supervivencia propia, pero en detrimento de los Kirchner.
Es el atajo que exploran los alcaldes ante una potencial candidatura del patagónico -Solá eleva un rezo diario para que eso ocurra- que estorba su pretensión de municipalizar la elección. Para ese esquema, sería más útil un candidato menos agresivo: un Sergio Massa.
Todo se explica. Un funcionario de un ministerio social que recorre sistemáticamente el país advierte, con pavor, que no encontró un destino donde la Presidente supere el 32% de buena imagen. En Córdoba, por ejemplo, cualquier formato K entraría en tercer lugar.
Otro tester: Kirchner pisó la elección de Pinamar. El mando está en manos de Rafael De Vito, que volteó a Roberto Porretti, quien derrotó a su verdugo en la interna del PJ. Es zona vedada: dos veces Daniel Scioli planeó visitar el balneario. Por ahora, se resignó.
Como Kirchner que, metódico, pareció renunciar públicamente a un grueso segmento del electorado: la clase media. De ellos, o lo que quedaba de ellos con alguna simpatías con el matrimonio, se despidió con su incendiario discurso del martes en La Plata.
«¿Por qué no voy a decir lo que pienso?», se justificó, más tarde.
La saga de anuncios oficiales, destinados sobre todo a sectores medios, sufrió con el eficiente atentado del extenso poema bélico del patagónico en el Teatro Argentino. Anoche, con Moyano y la cúpula de la CGT, Kirchner no hizo más que reforzar esa línea.


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