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Kirchner y una cacería para no asumir errores
Néstor Kirchner abortó su «retiro» en El Calafate y volvió a ejercer el doble comando para castigar a los «traidores».
El temor inconfesado de los caciques del peronismo está latente. El teorema de Daniel Scioli sobre que no hay proyecto presidencial en contra de Kirchner lo sintió en el lomo Mario Das Neves: el patagónico le pisó la provincia con el único objetivo de dañarlo.
Al «amigo Mario», como lo llamó ante los periodistas, no le anticipó la visita y le postuló, además, al intendente de Madryn, Carlos Eliceche, como candidato a gobernador. Das Neves, en el mundo Kirchner, integra el pelotón de los traidores.
El ex presidente lo menciona con desprecio. «Marito -dice, mordaz- no se da cuenta de que van a pasar 100 años hasta que haya otro presidente patagónico». La campaña callejera contra el chubutense surge, dicen cerca de Das Neves, de operadores ultra-K: en particular mencionan a Guillermo Moreno.
La obstinación con los que supone traidores se replica, reforzada, con los que señala leales. Entre los segundos está Moreno; entre los primeros, la lista es enorme, pero algunos rankean en sitios visibles. Julio De Vido blanqueó frente a empresarios un caso: el platense Pablo Bruera.
En la lógica K, Das Neves, Bruera y Massa forman parte -con muchos más- de la «vieja política» de la que, dijo anteayer desde Chubut, fue «víctima» en la última elección. Eso explica, siempre según el universo de Olivos, el coqueteo de Kirchner con Carta Abierta y una neotransversalidad simbólica vacía de transversales.
Esa cacería se sostiene, sin embargo, sobre un factor que genera pánico entre los kirchneristas: es la excusa perfecta para asumir que la derrota fue producto de errores propios y no causada porque un puñado de intendentes haya inducido el corte de boletas.


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