14 de octubre 2009 - 00:00

La Argentina entra al repechaje en infraestructura

Fernando Navajas
Fernando Navajas
Si uno tuviera que elegir tres rasgos estructurales de la economía argentina que marcan la diferencia de esta década con la pasada, mis favoritos serían el impulso de la demanda mundial de alimentos y commodities en general, la correspondiente suba de 10 puntos en la relación gasto público a PBI y la pérdida desastrosa de competitividad en energía e infraestructura, en el marco de una muy baja calidad regulatoria e institucional. Este tercer rasgo es muy preocupante porque muestra que, lejos de prepararse para competir en un nuevo mundo, la Argentina ha retrocedido en medio de un boom económico y a pesar de que el Gobierno ha gastado en términos récord.

¿Cómo puede ser que el país vaya para atrás en cuanto a percepciones respecto de la infraestructura con semejante boom de gasto? En rigor, las estimaciones indican que el país invirtió en infraestructura durante el año pasado cerca del 4,7% del PBI (esto es, cerca de 14 mil millones de dólares), cifra que está por encima del promedio histórico 1990-2008. Este nivel de inversión se descompone en una inversión anual pública en infraestructura del orden del 4,1% del PBI, muy superior al promedio histórico 1990-2008 (del 2,7% del PBI) y una inversión anual privada del 0,6% del PBI, lo que equivale a casi la mitad del promedio del mismo período. Es decir, que otro de los rasgos observados es un cambio de composición de la inversión en infraestructura asociado a una brusca caída de la participación del sector privado. El diagnóstico referido a este desenganche de la inversión privada, pasados ya 8 años de la crisis macro-financiera-regulatoria de comienzos de la década, está relacionado con la ausencia de condiciones económicas favorables a la inversión privada en infraestructura -en particular precios que retribuyan adecuadamente el costo del capital- en el marco de un débil marco regulatorio que gobierne las inversiones y brinde credibilidad.

La retracción de la inversión privada, seguida por una lenta e insuficiente respuesta pública en inversiones para infraestructura económica, llevó a la aparición de cuellos de botella sectoriales, como en el caso de la provisión de energía, y de problemas potenciales en caminos, transporte y puertos. En este contexto, los indicadores comparativos de percepción de calidad de la infraestructura de la Argentina muestran, durante la presente década, un deterioro relativo al resto de otros países de la región y un apartamiento aún mayor del promedio de los países de la OECD. En el año 2000 la Argentina figuraba primera, entre un conjunto de países de la región, en el ranking de percepción de calidad de la infraestructura según la encuesta mundial del World Economic Forum. Esta posición se observaba en particular en infraestructura eléctrica pero también en otros sectores como la infraestructura vial. Con una imagen muy similar a lo que ha acontecido con la clasificación al Mundial de fútbol, la Argentina ha caído en 2009 al quinto lugar en la región debajo de Brasil, Chile, Colombia y Uruguay. La Argentina va hoy al repechaje en materia de percepciones de calidad en infraestructura. Mientras que para el total de la infraestructura se encuentra hoy en el promedio de la región, en el caso de la infraestructura eléctrica ya está por debajo del promedio.

Rango amplio

Un informe escrito por economistas de FIEL para el 45º Coloquio Anual de IDEA ha tratado de cuantificar los requisitos de inversión en infraestructura para los próximos años. Esto se hace mediante aproximaciones que brindan un rango amplio según el método o enfoque que se utilice y que oscilan alrededor de un promedio histórico del 4% en el que ya estamos. Pero estas estimaciones son en gran medida históricas y no miran hacia delante, en particular si la Argentina quiere converger a dotaciones de capital de infraestructura similares a países como Chile, España, Corea o Irlanda. En este caso el esfuerzo en materia de inversiones en infraestructura de la Argentina debería ser cuantioso. Las mismas estimaciones indican que para avanzar en dirección al escalón siguiente en el ranking mundial de posicionamiento en materia de infraestructura se requiere un esfuerzo adicional al histórico, y a través de varios años, de no menos del 25% del PBI. Es decir, algo equivalente a construir un acervo adicional de infraestructura de 75 mil millones de dólares en una década, lo que sumado al promedio histórico llevaría los requisitos de inversión anual en infraestructura al entorno de los 20 mil millones de dólares, una cifra verdaderamente impactante para los estándares actuales.

Pero la evidencia disponible es también contundente en una dimensión crítica y problemática para nosotros: todos los países de este escalón más alto exhiben, según los indicadores disponibles y sin excepción, además de mayor competitividad, niveles de calidad regulatoria e institucional mucho más elevados que los de la Argentina. Por ello, el país debe recuperar cuanto antes esos niveles de calidad regulatoria, para lo cual se requiere que la sociedad entienda y acepte los mecanismos que han permitido a esos países ascender exitosamente desde posiciones bajas (varios de ellos desde muy detrás de la Argentina) en la distribución mundial del ingreso y hacia una situación tremendamente competitiva y dinámica. Recuperar una gramática regulatoria aceptable parte de reconocer la división de roles entre los sectores públicos y privado, planificar adecuadamente, someterse a la evaluación de proyectos, tener marcos regulatorios que supervisen decisiones y contratos y procesos de auditoría y control parlamentario que eviten la corrupción y los sobrecostos. Nada de esto parece imposible de lograr si prevaleciera un diagnóstico moderno, algo que hoy lamentablemente el país no tiene. Peor aún, la aceptación social de un esquema regulatorio moderno que permita acomodar la participación privada tampoco puede darse por supuesta en el futuro en la Argentina, aún cuando pueda argumentarse que los indicadores del desempeño de la infraestructura son malos, van camino a empeorar y nos harán retroceder en cuanto a competitividad se refiere. El proceso de superación de esta herencia va a ser muy trabajoso y claramente supera a lo que los economistas podamos sugerir desde el pizarrón. Nuestra colaboración constructiva en este sentido puede, sin embargo, ser muy útil y decisiva si logramos analizar, explicar y comunicar de modo creíble y sin grandes pretensiones cuáles deberían ser los ingredientes esenciales para converger a un marco regulatorio moderno que gobierne la inversión pública y privada.

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