No creo que seamos pretenciosos los patagónicos si decimos que el futuro de nuestro país depende en gran parte del desarrollo de esta región. Vivimos en un lugar lleno de reservas naturales de minerales, petróleo y gas.
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Nuestros ríos producen gran parte de la energía hidroeléctrica que consume el país. Nuestros mares tienen pesca abundante. Los lugares turísticos son únicos en el mundo. La población de la zona es en gran parte producto de una cultura emprendedora que genera ideas y actividades.
Tenemos polos científicos y tecnológicos de primer nivel en Latinoamérica. Toda esta riqueza nos presenta un desafío muy importante que es la generación de riqueza y de trabajo genuino con la premisa de cuidar el ambiente en medio de un crecimiento armónico. Una de las cuestiones fundamentales que la Patagonia debe encarar en su conjunto es la mejora de la conectividad que les permita la circulación más fluida de personas, bienes y servicios.
Por un lado, la conectividad aérea del interior de la Patagonia y con el resto del país y del exterior. Algunas buenas noticias hemos recibido al respecto con las nuevas políticas aéreas que nos permiten soñar con un futuro promisorio. Pero también es de suma importancia la conectividad terres-
tre que hoy no nos permite unir las ciudades de manera eficiente.
Se suma a esto la necesidad de crecer en términos de corredores bioceánicos que nos posibiliten tráficos de mercadería desde el Pacífico y desde el Atlántico indistintamente.
Y si de conectividad hablamos, no podemos dejar de lado la que tiene que ver con las comunicaciones, cuyo atraso nos dificulta innumerables cuestiones.
La conectividad es el gran desafío, pero para construirla se necesita trabajar regionalmente. Dejar de pensar como ciudades aisladas e integrarnos en una región que es tan extensa como importante para el futuro del desarrollo nacional.
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