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La década confundida
Fernando Navajas
Sin embargo, más allá del sesgo habitual y esperable, no mirar cuestiones estructurales y de mediano plazo puede estar escondiendo un problema mayor y más preocupante. Puede que la ausencia de estos debates esté encerrando una creencia común de que los problemas que enfrentamos hacia el futuro se deben más a personas que a políticas o modelos. Esto es preocupante porque ya ocurrió hace exactamente 10 años a fines de la década pasada y bajo la vigencia de un modelo económico muy diferente. En ese momento se creyó que gran parte de los problemas estaban en las personas y los estilos, y prevaleció el sesgo hacia las políticas que habían «funcionado» en la década y de las que resultada difícil salir. Una suerte de sesgo al statu quo de lo esencial del modelo económico dominó la estrategia de la nueva coalición en el poder. Es cierto que los estilos personales eran una parte central del problema. Pero el no reconocimiento de los problemas estructurales en el modelo económico y las correcciones que ello requería resultaron ser a la postre un error fatal para la política, la economía y la sociedad.
Consenso
Hoy sobrevuela un déjà vu de ese síndrome. Con las elecciones de junio y la demostración de fuerza de la oposición en el Congreso se está arribando a un consenso explícito de que las personas y los estilos de gobierno son la parte central del problema. Pero si se sale más allá de esta creencia común ahora bien difundida y se va a la esencia de las políticas lo que surge es algo muy parecido a lo de fines de los 90. Es decir, preferencias hacia políticas que se juzgan han «funcionado» durante la década, pero hechas con mayor «prolijidad» institucional. El sesgo hacia el statu quo de lo esencial del modelo económico está en la piel de varios de los actores de la actual embestida política hacia un reordenamiento institucional de la Argentina. En algunos casos prominentes, ellos inventaron el modelo antes de que la actual (y anterior) administración le imprima un estilo propio.
Al margen de los paralelismos existen también diferencias a reconocer, porque el mundo, nuestra economía y la sociedad no son los mismos que una década atrás. Pero para lo esencial del argumento de este artículo, algunas de ellas resultan ser más parte del problema que de la solución. Esto es así porque a diferencia de los 90, una parte mayoritaria de la sociedad argentina cree que la bonanza de alto crecimiento que se observó en muchos años de esta década se asocia con las políticas intervencionistas o antimercado que dominaron la escena. En suma, que se pudo crecer porque la intervención del Estado en la economía y la concomitante suba del gasto público vinieron a resolver problemas o fallas sustanciales para el modelo de desarrollo. De este modo, lo que ha ocurrido es un error colectivo de identificación de las causas del progreso económico, atribuyéndoles a las políticas las virtudes del contexto externo. Es cierto que no todo es color de rosa y se reconocen problemas de desempleo, pobreza y desigualdad que no «cierran» bien en la película. Pero estos problemas se atribuyen al estilo de gobierno, que van desde la falta de transparencia en las estadísticas hasta la baja calidad de las políticas sociales. Nadie se ha preguntado cuál es la razón de que un país que vive un boom excepcional de crecimiento real y del gasto público pueda exhibir resultados sociales tan pobres. Nadie ha vinculado correctamente esto con el modelo macroeconómico.
Intervención
Pero en todos los casos los reclamos o correcciones de parte de la sociedad que devienen de esta apreciación de problemas es por más intervención en la economía y más gasto público. Hay una amplia gama de ejemplos de expresiones o actitudes sociales en la población, que abarcan desde lo ocurrido frente a la nacionalización de los fondos privados de pensión y de Aerolíneas hasta el manejo del conflicto de Kraft, la generalización de subsidios y las potenciales intervenciones al sistema financiero que van en un sentido muy definido. El apoyo al modelo está vivo y coleando, y la elección de junio mostró problemas con los estilos, no con los aspectos fundamentales.
Esta confusión entre direcciones de políticas y desempeño económico observado es el legado más importante que esta década va a dejar no sólo al debate académico presente y futuro, sino más importante, al proceso de intermediación política que se avecina. Así como los 80 fueron bautizados por los economistas de la CEPAL como la década perdida, ésta podría llamarse la década confundida. La confusión también implicó en gran medida una pérdida de tiempo en preparar a la sociedad para un salto organizativo que, aprovechando las ventajas de precios de exportación altos, nos encamine a ser una economía y una sociedad del conocimiento.
¿Cuáles son los ámbitos en donde las correcciones al modelo van a ser más críticas, o la «falsificación» del mismo va a manifestarse antes? Son básicamente dos. Una es nuestro viejo conocido problema fiscal estructural y de reforma del Estado. El otro es un gran capítulo que engloba entre otros a la energía, la infraestructura y el medio ambiente. Este último tiene la ventaja de que ha sido reconocido por amplios sectores de la oposición y ha emergido un consenso de que hay que salirse del modelo de esta década. Pero en lo que a la parte fiscal y de reforma del Estado se refiere, el vacío es llamativo y preocupante, porque la salida de la trampa fiscal a largo plazo que esta década ha dejado, y de la baja capacidad del Estado y de sus profesionales para implementar políticas, requieren un diagnóstico que hoy no está disponible y que cuando lo esté muchos no lo van a querer oír. La búsqueda de una cortada o escape a una baja rápida de subsidios energéticos -que son sólo una parte del problema- o de otras soluciones mágicas y rápidas va a ser el elixir del autoengaño, en camino a una crisis de gobernabilidad para el que le toque agarrar la papa caliente que le va a dejar la década confundida.

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