12 de noviembre 2013 - 00:41

La desesperación gana a una revolución a la deriva

El intento de evitar un desastre electoral hipoteca el futuro del país

Nicolás Maduro radicaliza cada vez más las medidas contra los sectores empresariales en lo que definió como una “guerra económica”.
Nicolás Maduro radicaliza cada vez más las medidas contra los sectores empresariales en lo que definió como una “guerra económica”.
Cuando Hugo Chávez murió el 5 de marzo último, seguramente pocos de sus detractores más encarnizados imaginaron cuánto habrían de extrañarlo. Sus decisiones, sus desmesuras, sus "¡exprópiese!", su impronta caudillesca, su lenguaje agresivo, el curso revolucionario de su Gobierno parecían el máximo que podía esperarse del proyecto bolivariano.

Cuando el agonizante comandante designó a Nicolás Maduro como su sucesor, muchos recordaron la impronta supuestamente más dialoguista de quien supo ser canciller y se acostumbró al toma y daca propio del oficio. Sin el carisma ni la espalda política de Chávez, imaginaban un camino más suave para el régimen, acechado, además, como estaría por rivalidades internas.

¿Qué pasó en el medio, como para que el presidente elegido por un margen de un discutido puñado de votos protagonice en estos días un giro que ni el propio Chávez se atrevió a dar?

Maduro es víctima de sus propias limitaciones, claro, pero también de su debilidad de origen. La exigua diferencia de votos que lo depositó en Miraflores pulverizó su margen de acción, más todavía cuando resultó en una polémica volcánica por el presunto fraude denunciado por la oposición. Esas carencias parecen obligarlo hoy a permanentes demostraciones de fuerza. Se sabe que, muchas veces, aquello de lo que más se hace gala es, justamente, lo que menos se tiene.

El "primer presidente chavista de Venezuela", como él mismo se definió, afrontó además una coyuntura particularmente difícil. La inflación elevada y el desabastecimiento creciente no fueron invenciones suyas, sino el producto de un sistema económico que hacía tiempo ya había encontrado límites indisimulables.

Antes incluso de la muerte de Chávez, decidió como presidente interino una devaluación fuerte del bolívar y, tiempo después, estableció un sistema de subastas de divisas para importadores y turistas que, en conjunto, supusieron un aumento del dólar superior al 70%. En paralelo, se reunió con referentes del sector privado, como los directivos del gigante Polar, con la esperanza de convencerlos de incrementar las inversiones y, con ello, contener los precios y llenar las góndolas.

El esfuerzo dialoguista, se sospechaba, tenía patas cortas: hoy la inflación ya escala por encima del 50% anual y el índice de escasez de productos básicos ya alcanza el 22%.

En esas condiciones, era evidente que Maduro no podía trillar una senda moderada y menos hostil al mercado sin ser tildado de traidor por los enemigos íntimos que lo rodean. Su respuesta a los problemas descriptos no podía ser otra que una fuga hacia adelante, ser "más chavista que Chávez". Así, apeló, radicalizándolo al extremo, al instrumental conocido de la revolución.

Por otro lado, la inminencia de las elecciones municipales del 8 del mes que viene puso al chavismo en estado de desesperación. Esto quedó claro en la decisión de declarar esa fecha como Día de la Lealtad al comandante, a quien se pretende convertir en un Cid Campeador moderno capaz de ganar batallas después de muerto. También en el milagro del rostro de Chávez en la roca de un túnel del subterráneo de Caracas y en el curioso adelantamiento de la Navidad, lo que permite anticipar el pago del aguinaldo triple e intentar seducir a aquellos que ya no se muestran tan incondicionales.

Cálculos

Si en abril, con el impacto emocional de la muerte de Chávez aún fresco, con la polarización propia de una elección presidencial y con una situación económica y social menos grave que la actual, Maduro retuvo el poder por un pelo, ¿que cabía esperar en los comicios locales que se avecinan, vistos por propios y extraños como un plebiscito de alto riesgo sobre su gestión?
Si algo demostró el muy buen desempeño de Henrique Capriles en las urnas fue que la base popular chavista había comenzado a erosionarse, algo sin lo cual es imposible arañar la mitad de los votos en un país como Venezuela. Las medidas en curso, esto es la "guerra económica" declarada, la denuncia grandilocuente contra los empresarios especuladores y la aparición por arte de magia y a precios de liquidación de productos electrónicos (y pronto de comida, ropa, calzados, juguetes... ¡y hasta autos!) apuntan a satisfacer a ese electorado de cuya fidelidad se duda hoy como nunca antes.

No hace falta ser adivino para imaginar el futuro no tan distante. Que muchos grandes comerciantes puedan estar efectivamente especulando en el contexto de una economía desquiciada en la que el dólar paralelo supera (sólo por ahora) nueve veces el oficial, es verosímil. Pero, más que eso, es previsible que la intervención policial y de las milicias chavistas en las cadenas comerciales, la liquidación de sus stocks y el arresto de sus responsables tengan un doble efecto: en el corto plazo el miedo hará aparecer más mercadería y, probablemente, más barata; en el mediano, cuando pase el actual frenesí consumista, habrá que olvidarse de cualquier esperanza de reinversión, la escasez será mayor y los precios, más altos.

En lo político, puede que la mezcla de esa euforia y de las atractivas consignas contra los especuladores le permita a Maduro amortiguar lo que, hasta ahora, se presumía como una derrota segura. Los últimos acontecimientos dificultan los pronósticos: cualquier cosa puede pasar en una cancha embarrada. Pero si en lo inmediato reina la incertidumbre, el futuro luce bastante más sombrío.

El chavismo leerá el 8D a su manera: ensalzará su nivel de apoyo, achacará a los complots de Estados Unidos y sus aliados locales cualquier traspié y argumentará que las derrotas municipales que se den habrán sido a manos de candidatos locales que no forman parte de una estructura única capaz de darle pelea en grande. La oposición, por su parte, recordará que está agrupada en la Mesa de Unidad Democrática, ocultará el componente local de los resultados y presentará lo que ocurra en términos unívocos de chavismo y antichavismo.

Ambos tendrán parte de razón, pero en rigor es muy difícil a esta altura de los acontecimientos ignorar la dimensión nacional de los resultados. Habrá que ver cuáles son y si la oposición esta vez los validará.

Si el nuevo y posiblemente efímero escenario le permite a Maduro reconquistar a sectores populares cada vez menos dóciles justo antes del día del voto, habrá ganado algo de tiempo. Si, en cambio, la evidencia de un curso cada vez más cuesta abajo hace que la suerte en las urnas le resulte adversa, la oposición comenzará a delinear su próxima jugada. Según la Constitución chavista de 1999, transcurrida la mitad del mandato presidencial de seis años, es posible, recolección de firmas mediante, forzar un referendo revocatorio, algo que podría concretarse en un 2016 todavía demasiado lejano.

Las cartas están a punto de echarse.

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