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La economía de la cancha embarrada

La poca atención que durante años se le prestó en el mundo a este pensamiento es algo bastante desafortunado. Sólo se lo volvió a recordar cuando la economía mundial se vio frente a situaciones dramáticas como la de la crisis post-Lehman de 2008, mientras en el resto de los tiempos se lo ha relegado a algo de contenido meramente histórico. Esto es un grave error, porque la economía es siempre la misma y las políticas para combatir la inestabilidad económica en materia del nivel de actividad, del nivel de precios o de los precios relativos deberían estar siempre atentas y preparadas para visualizar mantenerse lejos de grandes perturbaciones. La economía es, además, un sistema de una complejidad muy alta porque involucra un plexo social con agentes y grupos que se vinculan con equilibrios político-sociales, que se interrelacionan con las fuerzas de mercado y la determinación de los equilibrios macroeconómicos. A esto se agrega la posibilidad de que se lleven adelante políticas que lejos de prevenir la desestabilización, la terminan fomentando. Porque, y ahora vamos al tema central de esta nota, ¿qué es sino esto lo que hemos estado viendo en la Argentina en los últimos años en materia de políticas económicas? No es otra cosa que una suma de intervenciones que, con un afán político de maximizar el crecimiento de la demanda agregada -bajo una errónea teoría de que ésta es la única forma de hacer crecer sostenidamente a la economía-, han metido a la economía en un sendero de profundos desequilibrios fundamentales en materia de precios relativos, inflación y déficits externo y fiscal.
Estos desequilibrios nuestros son ahora de una magnitud que conducen necesariamente a que se plantee un problema de transición. La transición deviene del hecho de que, por su gran magnitud, los ajustes requeridos en materia de precios relativos no van a poder hacerse de modo rápido, sino que van a tener probablemente varias rondas de modificaciones. En parte no van a poder hacerse rápidamente precisamente porque, paradójicamente, la economía no se va a estabilizar frente a cambios bruscos que traten de corregir los precios relativos de la noche a la mañana. Esto es así porque van a existir efectos colaterales entre los cuales se destaca un golpe muy fuerte sobre la demanda agregada. Suena paradójico, pero la misma política que se implementó inspirada en el rol central y activo de la demanda puede terminar llevando la economía a una crisis de demanda efectiva, si los ajustes de precios relativos terminan pulverizando el salario real y mandando a la economía a un estado muy recesivo. Pero, además, los ajustes no se van a poder hacer porque van a llevar a una resistencia social muy marcada y elevar el conflicto distributivo a niveles tóxicos para el normal funcionamiento de la economía. De nuevo, paradójicamente, políticas expansivas supuestamente inclusivas terminaron metiéndonos en la antesala de un equilibrio hiperconflictivo.
Esta es la imagen de la economía de la cancha embarrada y enfrentarla es el desafío del millón para cualquiera de los futuros posibles de la economía Argentina. Se trata de cambiar la política económica para diluir o neutralizar un legado de grandes desequilibrios cuya corrección trae aparejado el riesgo de caer en varios años de estanflación y mucha conflictividad. Este desafío involucra mucho más que una política de estabilización bien diseñada porque va a requerir discusiones amplias y generosas para contemplar un manejo político muy difícil que acomode restricciones y también al relato político que lo acompañe. Procesar esto no es imposible, pero es complejo para una sociedad que no tiene la menor idea que los niveles de empleo y consumo actuales no son sostenibles con las políticas vigentes durante la década. Ocurre además en un país con antecedentes históricos muy oscuros en materia de coordinación política de fuerzas oficiales y opositoras. Todo esto parece estar llevando a que la oposición quiera auto convencerse que la suma de un shock de confianza con algunas correcciones significativas y rápidas va a funcionar de modo suficiente y automático. No me parece mal como actitud frente a la adversidad y dada la necesidad de infundir optimismo. Pero debo decir que la experiencia traumática de 2001 muestra que el intento de optimismo no resuelve una crisis económica, si bien es cierto que el pesimismo la puede terminar agravando más. Lo peor que los equipos técnicos que esta vez vayan a pensar esto pueden hacer es dejar el espacio frente a los gurúes del mercadeo electoral y la teoría de que el envase es más importante que el contenido. Porque si no hay cabeza puesta en esto los errores de inconsistencias técnicas van a pagarse en un horizonte en donde las rentas políticas ganadas o adquiridas en las elecciones en se van evaporar en poco tiempo

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