Bangkok - Desde Castro a Corazón Aquino, el a menudo fallido manual de la revolución aboga por devolver la voz al pueblo y acabar con los privilegios de las clases dominantes. Tailandia ha dado vuelta el concepto para mostrar al mundo que también se puede hacer a la inversa: una rebelión de clases privilegiadas para limitar el poder de los pobres.
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Los manifestantes que tomaron los principales aeropuertos de Bangkok forman parte de un peculiar movimiento que mezcla a las élites conservadoras aglutinadas alrededor del Ejército, la monarquía y las grandes fortunas de la capital, todo ello aderezado con demócratas liberales y sectores de clase media.
La Alianza del Pueblo para la Democracia (APD) fue fundada en 2005 por Sondhi Limthongkul, después de que el magnate local se enfrentara a su antiguo amigo y ex primer ministro Thaksin Shinawatra. Lo que comenzó como una plataforma para luchar contra la corrupción y el nepotismo fue degenerando en un movimiento con fines políticos que contradice el nombre elegido para la causa. «Pueblo» y «democracia» no están en su lista de objetivos.
Sondhi ha pedido que sólo 30% de los asientos del Parlamento sean elegidos por votación directa y que el restante 70% se complete con personas digitadas a dedo por grupos profesionales. Las dos principales instituciones del país, la monarquía y del Ejército, deberían tener un papel más activo en el gobierno, según su modelo.
Los manifestantes de la APD alegan que los políticos se aprovechan de la falta de educación y la pobreza de las zonas rurales para comprar votos, una acusación que quedó confirmada en las últimas elecciones: 70% de los electores aseguraba en una encuesta estar dispuesto a cambiar su voto por dinero e incluso sacos de arroz.
En 2001, el ex policía convertido en magnate de la comunicación Thaksin Shinawatra ofreció una novedad. Aparte de enriquecerse personalmente y legislar a favor de sus negocios, el entonces nuevo primer ministro aplicó políticas populistas que incluyeron la concesión de créditos a los campesinos y la creación de sanidad pública. Thaksin aprovechó su popularidad para acumular poder, debilitar las instituciones democráticas y acosar a la prensa.
La APD no pudo congregar a más de 10.000 manifestantes en los últimos meses de revuelta, en una ciudad de siete millones de habitantes como Bangkok.
La clave no está en cuánta gente sale a la calle, sino en un Ejército que los apoya y protege, una monarquía que ve con buenos ojos la caída de un gobierno corrupto, pero elegido democráticamente, jueces dispuestos a saltarse las leyes y familias con el dinero para financiar la causa. Es la revolución a la inversa.
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