11 de abril 2012 - 00:00

“La globalización es una purga social de elementos obsoletos”

Para Labastida, «el libro electrónico no va a parar de crecer porque es una herramienta buena para todos; para competirle hay que hacer que los libros del formato tradicional sean mejores y más baratos, porque hoy se está leyendo más que nunca».
Para Labastida, «el libro electrónico no va a parar de crecer porque es una herramienta buena para todos; para competirle hay que hacer que los libros del formato tradicional sean mejores y más baratos, porque hoy se está leyendo más que nunca».
Pasó brevemente por Buenos Aires el mexicano Jaime Labastida ensayista, poeta, editor, periodista, y académico (Director de la Academia Mexicana de la Lengua, miembro del Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia de la República, de Sociedad General de Escritores de México y de la Asociación Filosófica de México). Durante veinte años dirigió la revista «Plural» de Octavio Paz. Desde 1990 es director de la editorial Siglo XXI, que creara el argentino Arnaldo Orfila Reynal en México en 1966. Entre sus libros de ensayo están «Estética del peligro», «La palabra enemiga». «Humboldt», «Cuerpo, territorio, mito», y entre los más recientes de poesía «Dominio de la tarde», «Animal de silencios», «Elogios de la luz y de la sombra». Dialogamos con él.

Periodista: ¿Las nuevas tecnologías van a seguir cambiando el mundo editorial?

Jaime Labastida: Los libros han desarrollado en las últimas décadas cambios de manera vertiginosa. Hasta no hace mucho había realmente una prensa, la tipografía era de plomo y se oprimía el papel para imprimir el texto. Las transformaciones sucesivas y constantes no se van a detener. Recuerdo que cuando entré en la editorial que dirigía Orfila Reynal había unos cubículos que parecían celdas monásticas en los cuales había cinco o seis correctores de estilo, hoy la computación, y más aún Internet, ha hecho que ya no exista eso. Los textos el autor los envía directamente a los editores, a la casa de quien va a revisarlos.

P.: Pero, una cosa es la escritura y otra su reproducción.

J.L.: La escritura es un enorme avance del desarrollo de la inteligencia. Permitió fijar el pensamiento que hasta ese momento, como decía Homero, era de palabras aladas, porque iban por el aire. La asamblea de guerreros se reunía y el que iba a hablar tomando el cetro de Zeus se colocaba en el centro. La palabra escrita permitió fijar lo expresado, y de los papiros a los tipos móviles de Gutenberg y de ahí a Internet tiempo y espacio se han achicado, todo pasó a ser más inmediato y menos exclusivo. Si bien los libros han mejorado enormemente, basta comparar libros de arte de épocas diferentes, la calidad actual de reproducción de las obras resulta deslumbrante, los nuevos soportes han afectado a la producción editorial en papel. Pero hay una falsa teoría de la evolución. Muchos creen que una forma nueva suprime la anterior, y yo creo que la reabsorbe, no desaparece sino que se modifica. Las enciclopedias ya no se hacen en papel. Lo anunció por caso la Enciclopedia Británica. Es que una nueva entrada en el tomo 1 altera todos los demás, en cambio eso en la forma electrónica no es ningún problema.

P.: ¿Resulta difícil competir frente a Wikipedia?

J.L.: No se puede, es una enciclopedia en permanente renovación que llega a tener la actualidad de un diario. Hace 40 años comenzamos un Diccionario de Escritores Mexicanos, obviamente empezamos por la A, no se llegó a la Zeta, y ya estaba atrasada la A, pero además, lo que se decía sobre Arreola ya había cambiado. Se pensó en volúmenes que se agregaran a cada tomo, hoy la electrónica hace eso más fácil y mejor, lo otro ha perimido. Diccionarios y enciclopedias se deberán hacer de manera electrónica. Pero esto no significa caer en los que decían que con la radio, el cine, la televisión se terminaba con el libro, que allí estarían los grandes acontecimientos, era como César cruzando el Rubicón, allí estaría la Historia. Pero lo importante de la Historia es la interpretación, y la interpretación depende de la palabra, y de una palabra que se ha fijado para pensarla.

P.: Eso también se consigue mediante un e-book, un instrumento de lectura que está provocando cambios en el mundo editorial.

J.L.: Y una forma de competir es con libros más repartidos, más baratos, mejor impresos, con mejor papel, de modo que la gente quiera seguir manejando el formato tradicional. Las ferias del libro hoy son abundantísimas en títulos. La Feria de Frankfurt crece por hectáreas. Las Ferias de Buenos Aires, de Bogotá, de Guadalajara son enormes. Cada vez hay un mercado más amplio, se lee más que nunca antes. Cada vez hay más escritores, más pensadores, más libros. Cada vez se democratiza más el uso de la palabra. El libro electrónico no va a parar de crecer. Y hasta para los escritores es una herramienta de gran utilidad, facilita enormemente su trabajo, ahorra tiempo, y permite estar cerca hasta del lector más improbable y distante. Las tecnologías están cambiando la literatura y hasta la misma escritura, que es cada vez más veloz.

P.: ¿Usted cómo escribe?

J.L.: En mi caso pasé rápidamente a escribir ensayos en la computadora, dejé que la poesía siguiera surgiendo en el encuentro de la tinta y el papel, pero desde hace un tiempo también la escribo en la computadora. Y la herramienta cambia la forma, siento que en mí ha modificado la forma de ilación, pero la invención poética se mantiene. En el siglo XVIII se volvió popular la novela epistolar como el «Werther» de Goethe, hoy ha retornado, por dar un ejemplo, en la novela «Contra el viento del norte» del austríaco Daniel Glauttauer como un cruce de e-mails. Cambian las herramientas, modos y estilos, pero algo se conserva. Sí, las formas de reproducción de la escritura se están alterando, en muchos casos para bien. No hay que temerle a los desarrollos tecnológicos, hay que asumirlos no sólo como inevitables sino como convenientes. Creo que la globalización es una forma de purga social en donde elementos obsoletos desaparecen para siempre, para ser sustituidos por otros más modernos.

P.: Entre los años 1935 a 1970 México y Argentina fueron los grandes centros editoriales de habla española, luego entró a competir España y aparecieron nuevos jugadores, como Colombia. ¿Cómo ve la situación en la actualidad?

J.L.: Globalizada aunque los agentes editoriales hagan parcelas. Dan contratos solamente para España, para México y el Caribe, para el Cono Sur, lo que sea. Pero en líneas generales se sigue con el mismo esquema. Lo que sucede es que los costos de envío son carísimos. Nosotros hemos optado por reproducir los libros enviando los PDFs de un país a otro para abaratar los costos. Hoy los libros viajan por Internet y se imprimen en cada país. Pero, hagamos un poco de historia. La dictadura que se instaló en España con Franco hizo que los grandes editores se vinieran a México y a la Argentina, que hubiera un enorme desplazamiento de cerebros hacia América, y la industria editorial española quedó estancada. Tras la muerte de Franco, resurgió y entró en competencia, y formaron consorcios que unían radios, canales de televisión, productoras, periódicos, revistas, entre otros negocios. Es el caso de Prisa. Y ya se sabe, la ambición rompe el saco. Por suerte las grandes editoriales en América Latina siguieron siendo las dedicadas específicamente a libros.

P.: ¿Cómo está la literatura mexicana?

J.L.: Creo que muy vital. Hay una enorme cantidad de poetas. A veces siento que hay más poetas que árboles. Hay muchos narradores. Hay muchos premios por toda la República. Y no me refiero a los Juegos Florales que tienen en Carnaval hasta las más pequeñas ciudades, y andan algunos cambiando un verso para homenajear a la ciudad y ganarse algo. Hay muy buenos creadores y eso hace que esté en plena eclosión. Y esto también se da en la literatura de no ficción. Le doy un dato interesante: cuando se hacen concursos de narrativa, se presentan escritores de toda América, cuando son de ensayo sólo llegan obras de México, Argentina, Colombia y España, de donde hay discusión, polémica, grandes universidades, desarrollo teórico, en el resto parece no existir tal cosa.

P.: ¿Qué está escribiendo?

J.L.: No paro de escribir. Además de un libro de ensayos sobre cuestiones filosóficas y literarias, soy muy dado a la prosa, tanto por mi labor docente, teórica, como por los artículos para revistas. Me ocurre algo muy especial cuando la poesía me invade. Cuando publico un libro de poesía después pasan cinco, seis, hasta diez años sin que vuelva a escribir un verso, y de pronto, como a borbotones, vuelvo a escribir otra vez. Así me ha pasado desde que publiqué en 2007 «La sal me sabría a polvo». Hacía cuatro años que no me surgía un verso. Ahora acabo de concluir «En el centro del año», un poema unitario en cinco cantos: «En el solsticio de invierno», «En el equinoccio de marzo», «En el solsticio de verano», «En el equinoccio de otoño», «En el centro del año». Varían de 15 páginas a una sola que es un intermezzo. Cada canto está hecho a partir de un epígrafe, por caso surge de cuando Paul Valery en «El alma y la danza» dice «Hércules se convierte en golondrina», me pregunto si hay un mito así, y desarrollo eso, cómo el ser brutal se transforma en débil pájaro. La poesía es la forma más celosa de escritura que conozco, cuando la encuentro, cuando me encuentra, no puedo escribir otra cosa.

Entrevista de Máximo Soto

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