Especial desde Barcelona - Mientras los gobiernos español y catalán mantienen en la arena política y judicial la pulseada por la realización del referendo, los ciudadanos eligieron la calle como escenario para montar su defensa de la independencia.
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El miércoles espontáneamente se manifestaron en contra de la mayor acción para frenar la consulta: la detención de funcionarios, los allanamientos de oficinas de la administración regional y el decomiso de 10 millones de boletas. A la vigilia de 40.000 catalanes frente al Ministerio de Hacienda, le siguió a última hora un cacerolazo que se sintió por unos veinte minutos en toda Barcelona.
En las barrios turísticos, los empleados frenaron su actividad. En los restaurantes, los mozos golpearon ollas y hasta platos ante la mirada de los comensales extranjeros.
Ayer durante la tarde se repitió el mecanismo de protesta.
El bloqueo del Gobierno español y concurrir o no a votar fueron ayer los temas excluyentes en los cafés de la ciudad.
La polémica entre los dos bandos también fue perceptible en las fachadas de las casas. A cada bandera estelada (independentista) colgada en un balcón, le respondía cerca otra de España.
El clima de división entre los catalanes es palpable.
Mientras los partidarios de crear una República de Cataluña salieron usando como capas sus banderas, los simpatizantes de la permanencia rompieron carteles a favor de la consulta -que abundan en cada rincón de Barcelona- y colgaron avisos en sus buzones rechazando la entrega de material informativo para votar el 1 de octubre.
Pese al impulso soberanista de los últimos días, las encuestas reflejan una sociedad dividida. En las últimas elecciones, las regionales de 2015, los independentistas sacaron el 47,6% de los votos, mientras que los opositores lograron un 51,28%.
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