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La isla encantada une lo mejor de dos mundos
El viejo San Juan es, junto a su magna arquitectura colonial, un polo de arte y cultura y el mayor centro de diversión del Caribe.
Los primeros moradores de la isla, unos 2.000 años atrás, fueron los tainos que llamaban a su territorio Borinquen, de allí que sus habitantes fueran «boricuas». El nombre cambió en la medida en que llegaron Colón, los conquistadores y colonizadores, pero los puertorriqueños orgullosamente han vuelto a llamarse a sí mismos «boricuas». Y si bien Puerto Rico es un estado libre asociado de los Estados Unidos, los «boricuas» consideran que tiene para ofrecer algo distinto, con lo mejor del mundo anglosajón y lo mejor del mundo latino. Tienen cientos de playas en más de 500 kilómetros de costa, hay selvas enmarañadas, pueblos playeros y ciudades que fusionan la tradicional arquitectura española con la más actual europea, centros donde hay teatros, cines, casinos, discotecas, cafés, restoranes, calles bulliciosas y hoteles frente a un mar verde esmeralda de arenas blancas.
Hay quienes sostienen que Puerto Rico es «Escocia con mucho sol», otros que es «Mallorca manejada por texanos», y para los menos imaginativos es «una variante paradisíaca de Miami», en tanto que para puertorriqueños como Ricky Martin «si dicen tantas cosas es porque nuestra isla es incomparable».
Puerto Rico es la isla caribeña más oriental, la que está más al Este, más lejos del continente americano. Lo que tiene más cerca son otras islas, las Vírgenes, la República Dominicana, Haití, Cuba, Saint Martin, las Bahamas. Mucho más lejos está la estadounidense península de la Florida y la costa de México. Puerto Rico, la menor isla de las Antillas Mayores, es un archipiélago que reúne un conjunto de islas y cayos. Pero al viajero lo que le importa -como a Cristóbal Colón en 1492- es llegar a tierra firme, al Viejo San Juan. Allí, en la capital (de ese Puerto Rico que tiene otras 70 ciudades y poblados), hay grandes hoteles y bellísimas playas (como en buena parte del resto de la isla) y es posible tomar tours que permiten descubrir los muchos encantos de «la isla encantada».
En el Viejo San Juan (la segunda ciudad más antigua del «Nuevo Mundo») hay calles estrechas de antiguo pueblo castellano, tranvías que como pasan por la fortaleza de El Morro el viajero se baja deslumbrado por esas vistas espectaculares que se suceden, y se pasa explorando los edificios, rampas, pasillos, arcos, murallas, túneles, calabozos que construyeron los conquistadores españoles para proteger la ciudad. Bueno, para viajar y recorrer también hay autobuses, subtes y taxis, porque el Viejo San Juan es junto a su atesorada magna arquitectura colonial, un polo de arte y cultura caribeña, y el mayor centro de diversión del Caribe, donde resuena la salsa, el reggaeton, las bachatas, los ballenatos, y las fichas sobre paños verdes.
Al turista de a poco se le comienza a revelar una tierra de contrastes donde puede ir a hacer surf, jugar al golf o al tenis, pescar marlín azul en aguas profundas, practicar buceo buscando galeones hundidos o visitar las Cavernas de Río Camuy o el Centro Ceremonial Indígena de Caguana, donde hay petroglifos, unos misteriosos dibujos sobre enormes piedras, que hicieron hace 2.000 años la tribu de los tainos nativos de la isla. Las posibilidades se multiplican en todas direcciones. Se puede ir a andar a caballo o ir a ver carreras en el Hipódromo del Nuevo Comandante, en Cánova, a ver un partido de béisbol, que es el deporte nacional, o una riña de gallos, que es una contienda típicamente puertorriqueña, donde se suele apostar mucho dinero. Uno puede solearse en una playa extraordinaria como Cabo Rojo en el extremo sudeste de la isla o sentarse a leer en un café que parece haber sido trasplantado de Madrid.
Hay excursiones que ofrecen ir a visitar plantaciones de café o de azúcar, pero la que más atrae es la que lleva a conocer los secretos de algunos de los tragos alcohólicos más famosos del mundo.
La cosa empieza allá por 1862, cuando a Don Facundo Baccardí Masso se le ocurrió en Cuba hacer un ron diferente, con un nuevo método que le otorgaba un aroma distinto. Ese ron quedó marcado para siempre y se hizo famoso en el mundo. La fábrica prosiguió su historia, y pasó de Cuba a Estados Unidos, y de Estados Unidos a Puerto Rico, donde finalmente instaló la destilería de ron más grande del mundo. El viajero puede recorrerla. Un trencito turístico lo lleva primero al museo, para que conozca su historia, luego al lugar de fabricación, y finalmente a una degustación que le permite saber, entre otras cosas, cómo nacieron el «Cuba libre», el «Daiquiri» y el «Mojito».


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