Carlos Franz «Almuerzo de vampiros» (Bs.As., Alfaguara, 2009, 238 págs.)
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«Nadie cambia tanto y sigue siendo el mismo», sostiene el narrador innominado, y claro alter ego del autor, Y su amigo y contertulio le responde: «Nosotros, los que hoy somos grandes, sí. Y el mundo también. Y los vampiros». Novela de la orfandad, de la vida en encierro que se vivía en tiempos de Pinochet, de enseñanzas y traiciones, y de un mundo donde es fácil reconocer muertos que siguen vivos, y hasta comprender que uno mismo si no lo es ya está camino de serlo. Carlos Franz escribe una maravillosa novela que renueva los relatos góticos, en tiempos en que se ha pasado de Stephen King a Stephenie Meyer, clavando sus incisivos en la memoria histórica, la ficción política, la novela policial, el grotesco, y la comedia sarcástica. Cuenta en lo que dura una comida de amigos que hace viente años que no se ven, de la historia del narrador, que sin padre, encuentra uno en un profesor que le hace amar las Humanidades, que es detenido en tiempos de Pinochet, torturado, y cuya confesión hace que detengan a los alumnos de su seminario, pero el se salva. Y tiempo después la tragedia vuelve como farsa, con un maestro degradado y obsceno, un rufián, una prostituta, un cineasta que quiere hacer una película sobre el humor chileno, y cómo él se siente incomprensiblemente feliz en todo eso. Franz cita a Günter de Bruyn: «¿puede alguien entender la nostalgia que suscita la desaparición de un orden detestable?». Esa nostalgia resurge cuando el protagonista cree ver caminando por la calle, treinta años después, a aquel primer profesor, el secuestrado, caminando por la calle, que no puede ser otra cosa que un muerto vivo, un vampiro que más que sangre sale en busca de almas afines, como aquellas que se vivían en las noches de una ciudad sitiada por dentro, se pasaba el tiempo encerrados en cines donde se proyectaban películas de encierro como «Taxi Driver», «Un día muy particular», «El desierto de los tártaros». Mucha gente, sostiene Franz, no pudo evitar dejarse el alma por el camino y se ha convertido sin saberlo en vampiro, se vaciaron de ideales que antes defendían apasionadamente y prefieren la oscuridad que aquellas ideas claras. Con un dejo de desgarrado cinismo recuerda que su mítico profesor decía que con los años lo que se gana en experiencia, se pierde en sensibilidad. Franz hace de un ejercicio gótico una obra ejemplar.
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