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La murga Falta y Resto alegró a sus fieles
Aunque sin la solidez de otras veces, sobre todo en el argumento de su nuevo espectáculo «Carnavalazo», la murga uruguaya Falta y Resto gustó al público que colmó La Trastienda.
La murga Falta y Resto es una de las agrupaciones más emblemáticas de las últimas décadas. Arrancó hace algo más de 30 años y eso marca, sin dudas, el lugar que les cabe en la cultura de su país.
Heredera directa de un pariente español, la murga uruguaya nada tiene que ver con la de nuestro país. En ella, no hay baile ni tambores; en cambio, el eje está en las palabras, en las máscaras y los disfraces, en el reciclado de melodías, en una estructura de apertura, desarrollo y final que sirve para contar una historia; y, musicalmente, las voces apuntadas hacia el agudo y el canto coral caracterizan a este complejo cultural que es a la vez canción, teatro y expresión social.
Respondiendo a una costumbre que se ha terminado instalado, hay varias murgas uruguayas que muestran en Buenos Aires el que será su espectáculo de carnaval, antes de que suceda en los tablados del concurso oficial. En este caso, la formación que tiene al veterano Raúl Castro como director y compositor de textos y canciones, vino con una propuesta diferente y original. El nuevo espectáculo muestra la rivalidad y la disputa de dos murgas imaginarias: «Los eternos cachafaces» y «La loca del 19»; una más tradicional, conservadora y apegada al pasado, la otra, renovadora, juvenil, más osada en lo político. En ese contexto, «la Falta» pretende ser el equilibrio, la tercera murga, la que permite en definifiva la convivencia pacífica. Con ese punto de partida, construyeron entonces un show en el que se mechan -tal como es de uso- las críticas sociales, los comentarios ácidos y hasta la bronca por el poco espacio que se le da al género en los festejos patrióticos oficiales.
Con buenas voces, una técnica pulida con los años y un piso alto, la Falta careció aquí, sin embargo, de la solidez de otras veces, sobre todo si se piensa en los términos de ese «argumento», mucho más explicado que desarrollado teatralmente y más confuso que lo deseable. Y quizá los muñecos/títeres que representan a las dos murgas y el vestuario hubieran merecido un mayor trabajo.
Un renglón aparte -aunque su presencia es breve en el contexto general- merece el legendario Orlando «El mono» Da Costa, con su personaje «Menecucho y su valija de risas» y sus disparatados versitos sobre la relación entre «Cristina y el Pepe».
Una vez concluida la presentación de la que será su carta carnavalesca 2012, en la extensa segunda parte/cierre volvieron temas emblemáticos del pasado del grupo y algunas canciones de Jaime Roos, como «Colombina» o «Adios Juventud», todas muy festejadas por un público fiel que llenó la sala de La Trastienda.
R.S.


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