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“La neurociencia debe tender puentes con otras disciplinas”
Manes: “En las últimas décadas, gracias a la tecnología, hemos aprendido más sobre el cerebro humano que en toda las historia de la humanidad”.
Periodista: ¿Por qué dice que conocer nuestra mente sirve para vivir mejor?
Facundo Manes: Porque hay avances, que se han dado, sobre todo, en las últimas décadas, que permitieron conocer cómo procesamos los pensamientos, cómo lo que pensamos afecta nuestro cuerpo. Nos permiten conocer cómo muchas veces tenemos pensamientos distorsionados, tóxicos, que no coinciden con la realidad, y pueden afectar no sólo nuestro estado de ánimo sino también nuestras decisiones. Si uno tiene un pensamiento distorsionado va a decidir en base a esas ideas y va a actuar en consecuencia mal. Por otra parte hoy también sabemos que hay medidas que, si bien no aseguran un cerebro saludable, podemos tomar para proteger nuestro cerebro. Una de ellas es el desafío intelectual, y llamo así a hacer cosas diferentes a las que uno hace hace a diario, y hasta que no pensaba hacer. Por ejemplo aprender un idioma del que no se sabe nada o un instrumento musical. Se trata de hacer algo que a uno no le es familiar, desde algo tan simple como cepillarse los dientes con la mano opuesta a aquella con la que uno lo hace a diario. Otras cosas que ayudan es tener una vida social activa, cuidar el colesterol, la glucemia, el sobrepeso, comer sano, hacer ejercicio físico. El ejercicio físico hace bien al sistema vascular pero también tiene un efecto independiente en el cerebro. Hay experimentos que demuestran que hay mayor conectividad cerebral simplemente con salir a caminar.
P.: Hasta hace apenas unas décadas los temas ligados al cerebro eran materia de especulación de filósofos, psicólogos, ensayistas y poetas más que de especialistas científicos, salvo excepciones geniales como los escritos de Oliver Sacks.
F.M.: En las últimas décadas hemos aprendido más sobre el cerebro humano que en toda las historia de la humanidad. Es que hoy hay más tecnología. Tenemos aparatos y técnicas para secuenciar el ADN, el mapa genético, pero también tecnología para ver en vivo y directo qué pasa en nuestro cerebro cuando imaginamos, recordamos, pensamos, soñamos. Antes teníamos que esperar que al paciente le pasaran cosas horribles para ver las consecuencias, hoy podemos saber qué pasa en su cerebro cuando recuerda, piensa, toma decisiones, en el mismo momento que hace esas cosas. Desde hace unos años no han parado de crecer los científicos que en el mundo estudian el cerebro y otro hecho que marca su importancia es que Barack Obama declaró hace unos meses a las neurociencias como el área de las ciencias para apoyar. Y hay mucha inversión, sobre todo en Europa y en Estados Unidos, para entender esto que algunos llaman la última frontera de la ciencia, entender nuestro cerebro, lo que nos hace humanos.
P.: Cuando, luego de su muerte, se buscó saber del genio de Einstein, se estudió su cerebro cortándolo por porciones, hoy eso se hubiera hecho sin problemas cuando estaba vivo.
F.M.: En la época en que murió Einstein estaba la idea de localizar un área y relacionarla con la inteligencia o con una habilidad. Hoy se entiende que para saber del cerebro la clave está en la conectividad, que cada uno de nosotros tiene un patrón de conectividad diferente, y que el cerebro trabaja en red. Tener a Einstein vivo hay hubiera permitido saber cómo procesaba la resolución de problemas, hubiera sido un experimento fascinante.
P.: Los descubrimientos de las neurociencias impresionan, por caso cuando Helen Fisher muestra cómo ciertos estímulos químicos cerebrales hacen que una persona se enamore de otra.
F.M.: Y hay estudios que diferencian el amor romántico del maternal. Ambos activan una red cerebral de recompensas. Sabemos que el ambiente produce cambios corporales que luego uno los interpreta como sentimientos. Alguien va a una fiesta con su pareja y le atrae una persona, siente taquicardia, se pone nervioso , suda y luego siente que le atrae esa persona.
P.: Si eso puede provocar una cierta inquietud, la más profunda inquietud, angustia y hasta pánico lo produce la enfermedad de Alzheimer.
F.M.: Hoy es una epidemia, y no sólo un problema médico sino también social, económico y político. Los países no están preparados para esa epidemia porque es una enfermedad cuyo principal factor de riesgo es la edad. A mayor edad más posibilidades de Alzheimer, y la población gracias a la tecnología médica está viviendo mucho más. La expectativa de vida está creciendo, entonces hay más Alzheimer. Y es una enfermedad que no sólo afecta al paciente sino a su entorno. En la Argentina se calcula más o menos medio millón de personas con Alzheimer, si se lo multiplica por tres, del núcleo familiar, afecta a dos millones de personas. Hay alguien que tiene que cuidar al paciente, que es como cuidar a un chico, darle medicación, ver que no se escape. Son un tremendo problema de salud pública.
P.: En su libro relaciona los temas con lo dicho por escritores como Kafka, Dickens, Virginia Woolf, entre otros, y explica que la ciencia no alcanza.
F.M.: La ciencia no puede responder todo, y la obligación de la neurociencia es tender puentes con otras disciplinas. El libro fue hecho con Mateo Niro, licenciado en Letras, a quien le daba los datos científicos para descubrir qué ha dicho al respecto la literatura. El cerebro es tan fascinante que lo que no se puede responder con la ciencia lo intenta con el arte. El estudio del cerebro no tiene que quedarse en laboratorio, tiene que ser debatido por la sociedad, y tender puentes, ver tanto lo que se ha pensado como lo que se está pensando en la actualidad.
P.: ¿Qué pasa con la parte no consciente del cerebro, con las emociones?
F.M.: La neurociencia está abordando lo que Freud mostró en toda su importancia, y es uno de sus grandes desafíos. La neurociencia ya ha observado que cuando no pensamos en nada el cerebro está igual de activo que cuando pensamos y por momentos es indiferenciable. El proceso de no consciente a consciente no es blanco o negro, muchas de nuestras conductas son automáticas y no llegan a la conciencia. Lo no consciente es un fenómeno prevalente en la conducta humana. Las emociones generan nuestra conducta. Lo que recordamos y lo que olvidamos está diferenciado por la emoción. La toma de decisiones está facilitada por la emoción. La emoción guía nuestras vidas.
P.: ¿Qué lo llevó a publicar "Usar el cerebro"?
F.M.: Cuando volví a la Argentina, el escenario era excelentes neurólogos, psicólogos, psiquiatras, neurocirujanos haciendo atención clínica de pacientes con Parkison, tumores, esclerosis múltiples, depresiones, y el psicoanálisis, pero no había experiencia de lo que había trabajado en Inglaterra y Estados Unidos, que era estudiar científicamente la mente. Inicié un grupo de investigación, y comencé a difundir con notas, charlas, el programa "Los enigmas del cerebro", no sólo sobre las enfermedades mentales sino cómo tomamos decisiones, cómo olvidamos, cómo recordamos, y la gente me preguntaba dónde podía leer sobre eso. Así surgió la idea de un libro en español, escrito por un científico latinoamericano, que contara a gente no especializada lo que sabemos y los límites del estudio del cerebro, porque no todo lo puede explicar la ciencia. Mi miedo es que las neurociencias quieran explicarlo todo, porque eso no se puede. Conociendo los límites uno va tomando desafíos concretos, las próximas preguntas a responder. Por caso hoy se trabaja sobre qué persona, antes de tener síntomas, puede desarrollar Alzheimer. Se estudia cómo las emociones regulan nuestra conducta. El manejo de las emociones va a ser uno de los grandes tópicos de la sociedad en las próximas décadas.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
F.M.: Trabajos científicos para revistas científicas internacionales. El próximo libro será en unos años cuando tenga como en "Usar el cerebro" mucho para contar.
Entrevista de Máximo Soto

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