12 de enero 2011 - 00:00

“La ‘new age’ vino a abaratar lo sagrado”

Al mismo tiempo de la edición del «Libro rojo de Jung», Bernardo Nante publicó un ensayo sobre esa curiosa obra.
Al mismo tiempo de la edición del «Libro rojo de Jung», Bernardo Nante publicó un ensayo sobre esa curiosa obra.
Este año se cumplen 50 años de la muerte de Carl Gustav Jung, y una editorial argentina acaba de publicar una de las obras más curiosas del famoso médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, «El libro rojo». Obra que recuerda los textos medievales, donde anota visiones y sueños que parecen los borradores de un poeta, que está cubierto de ilustraciones que remiten a imágenes de grandes artistas, como William Blake, y que parecen atravesar el inconsciente en busca de lo sagrado en la vida. La publicación de «El libro rojo de Jung» estuvo al cuidado de Bernardo Nante, que conjuntamente sacó, también en la editorial El Hilo de Ariadna, su ensayo «El libro rojo de Jung. Claves para la comprensión de una obra inexplicable».

Bernardo Nante es doctor en filosofía y se ha orientado al estudio de las religiones. Tiene una cátedra en la Universidad del Salvador, trabajó muchos años con el Padre Quiles. Se ha interesado en el dialogo entre Oriente y Occidente, en la articulación entre psicología y filosofía, y en la necesidad de «pensar la filosofía no en términos estrictamente académicos sino llevada a la vida, sin que eso implique una simplificación o un abaratamiento como ocurre con la new age». En la Fundación Vocación Humana y el Instituto de investigaciones jungianas, que preside, dialogamos con Nante.

Periodista: Frente a Freud o Lacan, ¿cuál es el interés actual de Jung?

Bernardo Nante:
El interés de Jung es que es inactual. Por ser inactual tiene vigencia, importancia, tiene eficacia porque todos los otros autores repiten el paradigma conocido. Jung propone un movimiento inverso a la corriente predominante en la intelectualidad: la recuperación del alma, de lo sagrado, del sentido. Y, lo que es interesante, atravesando esas muertes de las que tanto se viene hablando: la muerte de Dios, la muerte del sujeto. Es sobre la muerte de Dios que trata la obra de Jung. Pero no es olvidar la muerte de Dios y volver a lo sagrado, sino tomar el guante de la pérdida de la trascendencia y lo sagrado, y mostrar que en un ahondamiento en la muerte de Dios hay una nueva aurora de lo sagrado. Es la idea del Dios venidero, expresión del poeta Hölderlin que es la articulación entre Cristo y Dionisio, entre el pan y el vino, que Nietszche lleva a sus últimas consecuencias. El aporte de Jung es investigar cuáles son los resortes, la dinámica psíquica, que se orienta hacia la aparición del Dios venidero. Una suerte de invitación a un proceso interior, a una forma distinta de vivir la vida psíquica que es una preparación para el Dios venidero.

P.: ¿No tiene todo esto relación con ideas que están de moda, formas del espiritualismo, de la «nueva era», de la «new age»?

B.N.: La «new age» es hasta cierto punto indefinible porque es un conjunto de movimientos amorfos que surgen en la década del sesenta. Es un abaratamiento de lo sagrado, es reforzar al hombre en su yo y su statu quo, busca complacer con supuestos saberes o prácticas que tranquilizan. Es un gran eufemismo de la cultura. Oculta la oscuridad, el mal, el sufrimiento, la conciencia, el espíritu crítico. Cuestiones que una verdadera espiritualidad no puede negar. Puede tratar de trascenderlas, pero atravesándolas.

P.: Se dice que Jung es precursor de la «new age».

B.N.: Del mismo modo que se puede decir que Cristo es precursor del pastor Giménez. Es una falacia. Pensar que algo posterior se inspire en algo anterior no significa que lo anterior sea responsable. Uno puede estar o no de acuerdo con las idea de Jung (yo no me considero un jungiano, si bien soy respetuoso de su obra) pero lo que no se puede es confundirlas con la «new age». Lamentablemente mucho así llamado jungiano cae en mezclas y confusiones que dan pábulo para que esto ocurra. Por caso, el escritor, cineasta y ensayista Alejandro Jodorowsky lo que hace en este aspecto es un mamarracho. Hay gente que se dice jungiana como si se tratara de una religión. Jung decía que lo peor que le podría pasar es que hubiera jungianos. Bueno, hay gente eminente que se metió en eso cuando vio el negocio.

P.: ¿Qué es «El libro rojo de Jung» que no es «El libro rojo de Mao» ni «El libro rojo de Perón»?

B.N.: [Ríe] No, es muy anterior. Ese nombre corresponde a su exterior, en realidad se llama «Liber Novus», «El libro nuevo». Es un cuaderno de tapas rojas que Jung se mandó hacer, donde anotó sus visiones y algunos sueños entre 1913 hasta junio de 1916, y algunos agregados en 1917. Período donde tuvo visiones impactantes, algunas que casi lo desestabilizan psíquicamente. Esas visiones entre 1914 y 1930 las retoma, reflexiona y hace comentarios. Vuelve sobre ellas y ve qué signos aparecen. Desde la vigilia va realizando elaboraciones. Los dibujos que hace, las imágenes que acompañan a los textos, forman parte de esa elaboración. No son una expresión estética, en algún punto pueden serlo, sino un modo de comprender esas experiencias fulgurantes y aterradoras.

P.: Tiene de libro de arte, la obra de un artista no de un psicólogo, se parece a los libros medievales.

B.N.: Está hecho así a propósito. La caligrafía es de Basilea del siglo XV y XVI, cuando aún se mantenía cierto estilo medievalista. La primera parte está en pergaminos pegados como folios. La edición argentina mantiene todos los detalles. Lo que hizo en ese cuaderno es intentar llevar a la vigilia, traducir y comprender lo experimentado, para construir una teoría. Pero no está allí lo teórico. «El libro rojo» no es un libro científico. Es una obra de trabajo interior, de inspiración, y de teoría en el sentido de visión reflexiva, pero no en el establecimiento de un sistema científico. Fue un texto que le dio elementos para ir elaborando su teoría a lo largo de los años.

P.: ¿Hay datos de cómo surgió?

B.N.: Jung tuvo una paciente, una norteamericana, Christiana Morgan, que tenía experiencias parecidas a las de él. Le escribió: «haga con esas visiones un libro para usted, póngale las imágenes, ilústrelo, de modo que ese libro sea para usted como una catedral, de modo que pueda entrar en él y recrear las experiencias». En ese mismo sentido «El libro rojo de Jung» es un libro de experiencias y, por tanto, un libro inacabado. En 1959 escribe que lo acompañó una época y lo dejó al encontrar la alquimia, que le da las respuestas que necesita. Así es como de 1930 a 1961, en que muere, su obra está dedicada a la alquimia, porque ve que todo lo no asumido espiritualmente, lo material, el mal, lo femenino, estaba presente en el simbolismo alquímico.

P.: ¿Por qué ese interés final por la alquimia?

B.N.: Porque él descubre que los alquimistas eran, en un amplio sentido de la palabra, grandes psicólogos. La obra alquímica es la proyección de procesos arquetípicos, y hay una teoría y una práctica muy refinada. En el laboratorio se proyectan, se realizan y se asumen procesos muy profundos, equivalentes a los que Jung desarrolla en su práctica. No sólo tienen que ver con la terapia individual sino colectiva, con los sueños qe Occidente. El deterioro del mundo moderno, para Jung, tiene que ver sobre todo con haber dejado de lado el mal, la materia, lo femenino, como si estuvieran fuera de lo espiritual, como si fueran lo antiespiritual. La alquimia trabaja con la materia, comienza con la «materia oscura». Busca la piedra filosofal en el estiércol. Y para Jung en los procesos mentales más oscuros está lo valioso que debe ser recogido. Es así como, para él, sólo se puede superar la muerte de Dios si se asume la oscuridad. Ese libro suyo es en algún sentido profético, no porque anuncie lo que va a pasar, sino porque advierte que hay un espíritu de la profundidad que se está intentando hacer presente, y lo hará en la medida en que el hombre asuma el otro lado de las cosas. Jung dice que el espíritu de este tiempo es guiado por lo útil, por el valor, por la justificación racional. Lo interesante en «El libro rojo» es los vericuetos en que se mete. No sigue un proceso lógico, va en forma circunvalante tratando de recoger aspectos olvidados de lo sagrado, uniendo los opuestos en tensión, por caso religión y ciencia, pensamiento arcaico y pensamiento científico.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

B.N.: Tengo, sobre este tema, terminada una «Introducción a la alquimia». Y estoy trabajando con Leandro Pinkler una edición de «La tabla de esmeralda», un texto muy breve atribuido a Hermes Trimegisto, que suele remontarse al dios egipcio Toth. Y un libro personal y filosófico sobre «La vocación personal».

Entrevista de Máximo Soto

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