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La Novicia porteña vence en lo musical
Laura Conforte, sucesora de Julie Andrews en la versión local de «La novicia rebelde». Los mejores momentos son los musicales.
Aunque se trate de un producción menor -en cuanto a diseño visual y coreográfico- y evidencie numerosos baches en el desarrollo de la acción dramática, podría decirse que esta versión porteña de «La novicia rebelde» afronta dignamente el desafío de ser comparada con la inolvidable película de Robert Wise «The sound of music» que en 1965 tuvo por protagonista a Julie Andrews y desde entonces quedó grabada a fuego en el imaginario popular. Se ha dicho que este film «de culto» figura entre los de mayor recaudación en la historia del cine (luego de «Lo que el viento se llevó» y «La guerra de las galaxias»).
En la presente adaptación escénica lo que realmente vale son las canciones, traducidas al español con bastante fidelidad y sin que sus melodías hayan sufrido mella alguna gracias a la acertada dirección musical de Gerardo Gardelín. Basada libremente en las memorias de María Von Trapp, la historia de amor de esta institutriz de espíritu libre y vocación musical más que religiosa, transcurre en Austria poco antes de la Segunda Guerra Mundial (cuando la Alemania nazi empezaba a proyectar sus garras sobre los países vecinos).
María se enamora de un viudo, el capitán de navío Von Trapp, que la contrata como institutriz de sus siete hijos, entre los cinco y diecisiete años de edad. Todos se rinden a sus pies, pero en este musical remozado (el original data de 1959) tienen más prioridad los aspectos ideológicos que los vínculos afectivos.
La obra divide a los personajes en patriotas y hitlerianos. De esta manera la Baronesa Schraeder -rival de María en el corazón del capitán- ya no se aleja de éste por descarte amoroso, sino por cuestiones políticas. Dicho enfoque exigió otras tantas modificaciones: escenas suprimidas, líneas de texto que cambiaron de emisor y varias canciones que saltaron de un cuadro a otro. Todo esto afectó notoriamente el desarrollo dramático del conflicto central. Ahora María es aceptada por los niños sin ningún resquemor y el capitán pierde su coraza afectiva demasiado rápido.
Laura Conforte («Rent») es una muy buena cantante y en su papel de María Rainer rebosa simpatía y vitalidad. A Diego Ramos, en cambio, se lo ve incómodo como Von Trapp, sobre todo cuando debe entonar temas tan exigidos como «Edelweiss». El mejor desempeño vocal corresponde al coro de monjas, encabezado por la cantante lírica Patricia González, a la que el público ovaciona con fervor. A falta de una buena dirección actoral, el resto del elenco no tiene mayor lucimiento; a excepción, claro está, del adorable grupo de niños y adolescentes que acompaña a la protagonista como su mejor partenaire. Escucharlos cantar junto a ella «Do-Re-Mi», «Mis cosas favoritas» («My favourite things») despierta una emoción que, sin que uno lo espere, atrapa por la nuca. Tal como sucede con los mejores recuerdos de infancia. Publicitado como un espectáculo para toda la familia, es conveniente que los niños que asistan a las funciones vespertinas vean antes la película y se interioricen del contenido de las canciones. La obra dura más de dos horas con un intervalo de quince minutos.


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