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La población teme que vuelva el reino del horror talibán
Como en Irak, el Pentágono ensayó una estrategia de saturación en Afganistán. Sin embargo, la insurgencia ultraislamista de los talibanes, fuertemente implantada en amplias zonas del país, amenaza con un nuevo asalto al poder.
Con su inicio fijado oficialmente para el mes próximo, la transición comenzará en siete provincias y distritos que representan el 25% de la población del país y que figuran en su mayoría entre los más seguros. En ellos, la OTAN cederá a las autoridades afganas el liderazgo en materia de seguridad, pero mantendrá efectivos para apoyar a las fuerzas nacionales.
El objetivo es que a finales de 2014 las autoridades afganas se hayan hecho cargo del control y sean capaces de gestionar en todo el país.
«La transición en términos de seguridad pinta muy bien», asegura un responsable de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) que pidió no ser identificado.
Según una fuente, son otras áreas como el buen gobierno, el estado de derecho y el desarrollo económico y social las que plantean más dificultades y en las que más avances se necesitan en los próximos dos o tres años.
El Gobierno del país es de la misma opinión y considera que el crecimiento de sus Fuerzas Armadas está listo para compensar las futuras reducciones de tropas internacionales.
Sin embargo, pese a ese optimismo, reforzado por el éxito de la ofensiva contra la insurgencia durante el pasado invierno boreal, los afganos no las tienen todas consigo.
«La transición creó el sentimiento (entre la población) de que la ISAF se va a ir y los talibanes recuperarán el poder», aseguró el director del Centro para la Investigación y los Estudios Políticos de Afganistán, Haroun Mir.
Según explicó a un grupo de periodistas internacionales desplazados al país el ministro afgano de Defensa, Abdul Rahim Wardak, esos miedos se derivan del abandono que sufrió Afganistán durante los años 80 y 90 del pasado siglo y que terminó por convertir el país en un campo de batalla.
La preocupación se reafirma con el aumento de la actividad insurgente en las últimas semanas y con el inicio de la retirada de las tropas estadounidenses, previsto para este verano boreal.
Según datos de la ONU, mayo fue el mes más sangriento para la población civil afgana en los últimos cuatro años.
Las acciones se extendieron además a zonas habitualmente tranquilas, como Herat (oeste), una de las ciudades incluidas en la primera fase del proceso de transición.
Cinco personas murieron y 40 resultaron heridas el pasado 30 de mayo en un inesperado ataque contra una base de las fuerzas internacionales en la zona, bajo mando militar italiano.
«Tenemos indicios de que los insurgentes van a tratar de desestabilizar las zonas T1 (aquellas incluidas en la primera fase de la transición) y de que van a buscar atentados espectaculares», asegura un mando militar neozelandés destacado en una de esas áreas.
El ataque en Herat deja, sin embargo, una lectura positiva para la OTAN, pues en él las fuerzas afganas fueron capaces de enfrentarse a los terroristas sin apoyo extranjero, al igual que hicieron en los últimos atentados registrados en Kabul.
En este sentido, los responsables de la Alianza insisten una y otra vez en que la transición no significa pacificación, sino dotar al Ejército y a la Policía afgana de capacidad suficiente para hacer frente por sí mismos a las amenazas.
De hecho, altos mandos de la ISAF consultados aseguran que el nivel de violencia se mantendrá a lo largo de este año y creen que la insurgencia buscará grandes atentados después de haber perdido sus bastiones en el sur del país en las ofensivas lanzadas el último año por la coalición internacional.
La población es de la misma opinión, según asegura Mariam Safi, directora de Investigaciones del Centro para los Estudios del Conflicto y la Paz de Kabul.
«El año próximo será peor que éste en términos de inseguridad, al igual que el actual está siendo peor que el pasado», asegura.
El gran desafío para el Gobierno y para la OTAN pasa por seguir acumulando éxitos contra los insurgentes en el campo de batalla y evitar que la población perciba opciones de victoria para los talibanes.
En paralelo, todos coinciden en la necesidad de avanzar en el desarrollo de un país arrasado por las luchas, pero con potencial para crecer y, por qué no, levantarse de la guerra y convertirse en una segunda Corea del Sur, según explica un responsable militar estadounidense.
Agencia EFE


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