“La psicología argentina perdió el tren por sectaria”

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El doctor en biología Diego Golombeck pasó de contar «cómo unos miles de millones de neuronas originan el pensamiento, las emociones, los sueños, ese misterio que somos nosotros mismos» en «Cavernas y palacios. En busca de la conciencia en el cerebro», que acaba de publicar Siglo Veintiuno, a escribir sobre «Las neuronas de Dios». Con una extensa obra de investigación y difusión de la ciencia, donde están programas de TV como «Proyecto G» (Encuentro), Golombeck escribe también obras de ficción. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué cambió en el estudio del cerebro, que según Emily Dickinson, a quien usted cita, es «más amplio que el cielo y más hondo que el mar»?

Diego Golombeck: Todo. Los años 90 fueron los de la década del cerebro, pero los cambios de los últimos 20 años son más que los de los 20 siglos anteriores. Hay quienes dicen que no vamos a llegar a entender del todo el vínculo entre el cerebro y la conciencia. Se supone que una cosa es el cerebro, lo material, y lo otro lo intangible que nunca vamos a entender.

P.: Y no es así...

D.G.: No. Estamos lejos de entenderlo, pero de a poco encontramos, si no causas, al menos correlatos: con el amor, las emociones, los estados de ánimo, las tomas de decisiones, que se relacionan con actividades del cerebro. Es tentador decir que ésas son las causas, que cuando se ve la foto de una persona que se ama se prende una parte del cerebro, y que esa parte causa el amor. Pero no hay que caer en esa tentación. Saber que ésa es la correlación no es poco. Empezar a mapear el cerebro, a saber qué pasa cuando falla una parte. Antes se creía que las neuronas que morían no se regeneraban, pero hoy sabemos que existen áreas del cerebro donde eso ocurre. Quizá eso ayude a sanar enfermedades que se suponían incurables.

P.: A diario se lee sobre el cerebro por enfermedades como ACV o Alzheimer.

D.G.: Oliver Sacks dice que la palabra favorita de la neurología es «déficit», porque todo lo que entendemos del cerebro es cuando anda mal, cuando hay una lesión o hay algo degenerativo. Es poco lo que sabemos del cerebro feliz, normal. En eso avanzamos. Somos nuestro cerebro. Cuando una enfermedad lo afecta, nos afecta a «nosotros». Una amnesia afecta los recuerdos y uno es sus recuerdos.

P.: ¿Qué es lo que más lo ha impresionado de los avances de los estudios del cerebro?

D.G.: Lo que se llama la neurociencia cognitiva, que trata de entender cómo entendemos. Dentro de esto hay un gran mundo. Está el fenómeno de la percepción, al que los filósofos clásicos se dedicaron desde siempre. Podían hablar de la percepción del mundo, el afuera, la caverna, pero ahora empezamos a tener sustrato; comprendemos que mundo es en realidad una construcción que, a partir de estímulos reales, hacen nuestros sentidos y nuestro cerebro. Por lo tanto no es que hay un mundo o no hay ningún mundo, hay múltiples universos de acuerdo con los múltiples cerebros que pueden percibirlo. En cuanto a la conciencia, lo más nuevo tiene que ver con las transiciones, con los límites. No hay dos estados, conciente o inconciente, hay grises que van desde el estar despierto a estar en coma, y en el medio se puede estar en estado vegetativo, de mínima conciencia o, simplemente, dormido. ¿Qué le pasa al cerebro dormido? Las transiciones entre la conciencia y los distintos estados en los cuales está alterada, o estamos inconcientes, es fascinante, y recién ahora nos formulamos la pregunta, aunque no sea aún la adecuada. Las nuevas técnicas de la neurociencia nos permiten ver cómo formularla.

P.: Usted propone «más William James y menos Lacan» ¿Qué pasa con el psicoanálisis?

D.G.: A James lo tenemos totalmente olvidado. La Argentina es un extremo porque la psicología es puramente clínica, y dentro de la clínica hay una escuela que es el psicoanálisis. Es un extremismo. Pero hay cambios. Hay dos bandos enfrentados: los psicoanalistas y los neurocientíficos, con críticas bastante fundadas en ambos casos, y críticas también espurias. Pero hay un terreno común muy fértil. Hay pruebas que dicen que el cerebro es plástico, maleable. Es cierto que no aparecen nuevas neuronas en el cerebro adulto, salvo en algunos lugares (y eso es una novedad). Pero esas neuronas van cambiando todo el tiempo. A medida que el humano se desarrolla sus neuronas cambian; los psicofármacos modifican la plasticidad de las neuronas pero lo nuevo es que la palabra, base de la psicoterapia, también la modifica a las neuronas. El nuevo concepto es que el cerebro no un sustrato inmaterial sobre el que se puede trabajar desde el psicoanálisis o desde donde fuera. Al cerebro se lo puede abordar desde diversos enfoques: desde la palabra, la psicoterapia, la farmacología, desde la cirugía, eventualmente. Tendría que haber un terreno común, que en este momento no está. Se siguen caminos opuestos y se puede perder el tren.

P.: ¿Y los psicólogos se actualizan?

D.G.: La psicología argentina perdió el tren por el sectarismo extremo que tuvo. No sé si un psicólogo argentino puede charlar con colegas en el exterior en un congreso de psicología. Podrá ir a un congreso de psicoanálisis, especialmente de una vertiente freudiana, lacaniana. Pero en un congreso de psicología no va a tener interlocutores, y eso es grave para el desarrollo de una disciplina. Avanzó mucho un tiempo, y fue importante especialmente para sectores urbanos del país. Pero ya está, ese avance hay que capitalizarlo y mirar hacia adelante, a lo que las neurociencias, la psicología cognitiva, conductal, la psicología en sentido amplio puede dar sobre el cerebro. Estamos en camino, pero aún hay muchos recelos de ambos lados, y tenemos que romper tabúes.

P.: Dado que cita a san Agustín, ¿cuando se investiga el cerebro qué pasa con el alma?

D.G.: Podría decir, como militante de la ciencia, que el cerebro y el alma son lo mismo. Luego de que Francis Crick hizo la estructura de ADN y profundizó en biología molecular, dijo: «ahora me voy a dedicar a un problema realmente importante, el cerebro y la conciencia», y llamó a su libro «La búsqueda científica del alma». Y empieza diciendo algo que hoy, veinte años después, ya no es revolucionario: las emociones, la risa, los recuerdos son el conjunto de miles de millones de neuronas en el cerebro. Es un poco reduccionísta pensarse así. El alma, o la conciencia, que son equivalentes, es una propiedad emergente del cerebro. La conciencia se puede entender como el alma porque es el sentir que estamos vivos, la percepción del mundo, y hasta la acepción moral también es el resultado de la actividad de millones de millones de neuronas. Y en tanto propiedad emergente, que se basa en un sustrato material pero es otra cosa, no puede estudiarse con el microscopio. No estamos en una versión dualista donde hay un cerebro material y un fenómeno espiritual intangible, eso ya está superado, salvo para una visión religiosa. Lo que entendemos metafóricamente existe en el sentido de que hay una conciencia que es el resultado de la actividad de las neuronas. Si las neuronas cambian, el alma cambia. Si las neuronas cambian por nuestra experiencia, nuestros recuerdos, una pastilla que receta el médico o una enfermedad, cambia el alma.

P.: ¿Cómo ve, entonces, lo religioso?

D.G.: Es un tema que me interesa mucho. Es mi próximo libro, «Las neuronas de Dios». No se trata de ciencia versus religión, sino de la ciencia de la religión: ¿por qué somos religiosos después de tantos siglos de saber que se trata de mitos, algo que aceptan los mismos religiosos? ¿Por qué sigue existiendo el concepto de Dios? Estamos cableados para eso. Si la evolución ha seleccionado el concepto de lo sobrenatural alguna ventaja adaptativa debe tener. Lo valioso es que podamos mirarlo desde afuera, desde lo estrictamente biológico, y tratar de entenderlo. Me vengo preguntando: ¿dónde está Dios en el cerebro? ¿Por qué personas que tienen un foco epiléptico de pronto tienen visiones místicas? ¿Por qué algunas personas que rezan o meditan tienen una sensación efectivamente espiritual? ¿Cómo hablaban con los ángeles Juana de Arco o William Blake? Me parece fascinante entenderlo, en vez de decir que son supercherías. Eso es algo que se viene a pasos agigantados dentro de la ciencia del cerebro.

Entrevista de Máximo Soto

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